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Ideología

Reseña de Marc Casanovas sobre el libro Fragmentos descreídos de Daniel Bensaïd. Copio y pego desde Izquierda Anticapitalista.

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De los viejos fragmentos al nuevo mosaico: por un retorno de la razón estratégica. Sobre Fragmentos descreídos de Daniel Bensaïd.

Marc Casanovas

“Las relaciones de clase y de género constituyen, en efecto, el único hilo rojo que permite jugar al salta-fronteras, fundir las armaduras identitarias, superar el estrecho horizonte de la “preferencia” familiar, nacional o comunitaria. Frente al desasosiego y al malestar de esas pertenencias de repliegue, de esos postigos vacíos y de esas puertas cerradas a cal y canto, la lucha de clases preserva la posibilidad de conjugar y de ligar en un combate común singularidades reconocidas y respetadas”
Daniel Bensaïd, Fragmentos descreídos

En su ya célebre ensayo sobre mayo del 68, Kristin Ross explica que uno de los síntomas más claros de la despolitización de la memoria del 68 y su reducción a “revolución cultural” se puede rastrear a partir del auge de los discursos anti-tercermundistas que han proliferado sobre todo a partir de los años ochenta entre los “nuevos filósofos” como André Glucksmann.

Estos discursos, poco después de echar raíces en la industria mediática y editorial, se expandieron, cual enredaderas, a una velocidad vertiginosa en el clima propicio de amnesia histórica que les ofreció la nueva y arrogante sociedad de consumo de la era Reagan. Y encontraron su corolario lógico en lo que hoy se llama “choque de civilizaciones”. En estos nuevos discursos, el viejo etnocentrismo colonizador vuelve bajo la forma elitista de un retorno a la ética y la cultura frente a la política. La vieja Europa y “Occidente” vuelven a sus tradiciones, a sus valores y a sus esencias “universales y democráticas” frente al no occidental, el cual representa la alteridad absoluta; la barbarie que sólo merece la compasión, el castigo o la ayuda de Occidente.

Como explica Alain Badiou, este retorno a la ética encubre un proceso de despolitización de la sociedad y legitima las nuevas formas de racismo e imperialismo que, bajo el discurso de los derechos humanos, nos ofrecen un nuevo “sujeto universal” Kantiano geopolíticamente escindido:

“¿Quién no ve que en las expediciones humanitarias, las injerencias, los desembarcos de legionarios caritativos, el supuesto Sujeto universal está escindido? Del lado de las víctimas, el animal despavorido que se expone en la pantalla. Del lado del benefactor, la conciencia i el imperativo. ¿Y por qué esta escisión pone siempre a los mismos en los mismos papeles? ¿Quién no siente que esta ética volcada sobre la miseria del mundo esconde, detrás su Hombre-víctima, al Hombre-bueno, al Hombre-blanco?” (Badiou, Alain., La Ética, p.37)

Durante los sesenta, en cambio, en las metrópolis, para sectores muy importantes de la población, la relación con el “Otro” colonizado se sustentó principalmente en una relación política. Donde “el Otro” era visto como un ser autónomo y racional con voluntad política, con aspiraciones e ideas propias que podían ser criticadas, discutidas y compartidas. La solidaridad con las luchas de Argelia, Vietnam, Cuba, el Congo… permitieron la absorción de sus ideas y aspiraciones, lo que a su vez representaba inevitablemente un proceso de ruptura con los sistemas y las estructuras “culturales” que hasta ese momento configuraban la propia “identidad” de mucha gente en las metrópolis: el Estado capitalista, el imperialismo, el consumismo, los partidos tradicionales… y, por tanto, esas aspiraciones fueron también asumidas y catalizadas por las revueltas en las propias metrópolis.

Pero esta apertura hacia el “Otro” de los sesenta no se daba tan solo respecto a los países que luchaban contra el imperialismo, sino dentro de las propias estructuras sociales de las metrópolis, con el “Otro” interior: el proletario, el inmigrante, las mujeres, los desheredados…

Hoy, con todo el ruido del culturalismo y las políticas de identidad, parece que pasamos por alto este factor político fundamental: los mayores ejemplos de “apertura hacia al Otro”, de comprensión “intercultural” del siglo pasado, los encontramos en el internacionalismo revolucionario de los años 20 y 30; en los 60 y 70 y, finalmente, en los nuevos movimientos antiglobalización que desde Chiapas a Génova, pasando por Bolivia, Ecuador, Venezuela o las manifestaciones contra la guerra de Irak, inauguran un nuevo ciclo de luchas; una nueva posibilidad de actualización del espacio de lo común; de una solidaridad no degradada a eslogan publicitario asistencial y compasivo, sino percibida como una comunidad de intereses y de objetivos frente a un enemigo común.

Marx contra Heidegger

En su libro “Pensar tras el terror” Susan Buck-Morse señala cómo el lenguaje está siendo apropiado hoy por los discursos del poder de un modo muy particular, que acaba negando su utilidad como herramienta para la crítica y la cognición social.

Morse denuncia que la actual apropiación “ontológica” de los discursos y las imágenes no permite juicios de verdad respecto a la práctica de los mismos. Así, cuando se dice: “Estados Unidos, Europa, Israel…son civilizados y por tanto no violan los derechos humanos” se está entrando en el terreno ontológico e irracional de la identidad y la “diferencia”, ya que bajo esta forma de discurso, hagan lo que hagan estos países, es por definición respetuoso con los derechos humanos, pues la forma de “ser” de estos países es respetar los derechos humanos.

Como señala Morse, muy distinto sería si invirtiéramos el orden del discurso: “Si el estado de Israel no viola los derechos humanos es civilizado”. “Si…entonces…” es una forma de discurso que, como se puede ver, admite juicios de verdad o mentira; se puede verificar si el discurso se amolda a la realidad de los hechos o no.

Esto, lejos de ser un simple juego de palabras, lo que pretende señalar es que resulta urgente recuperar una epistemología materialista geográfica e histórica frente esta “jerga de la autenticidad” que parece que se está apoderando de todos los discursos a derecha e izquierda.

En este retorno a Heidegger, parece que la pregunta por el origen, por el “Ser”, proporciona la explicación a todos los conflictos sociales sin el engorro de la historia y la política. De este modo, como señala Bensaïd, cualquier analista a sueldo de la OTAN (o desde la izquierda como en el caso de Michel Onfray), puede teorizar la incompatibilidad constitutiva del “ser” musulmán con los valores de igualdad o libertad, y definir el Islam como extrahistórico y “estructuralmente arcaico”…

Sin embargo, como explica Bensaïd siguiendo al Marx de La cuestión judía, no hay que buscar: “más el secreto del musulmán en los versículos del Corán, sino en las relaciones poscoloniales de la época de la mundialización liberal y de las revoluciones técnicas en la biología o la comunicación. No en un texto original, sino en el desarrollo histórico. No en el Ser inmutable, sino en las diferenciaciones del devenir”.

Diferenciaciones que, precisamente, como señala Aziz Al-Azmeh, en el caso de algunos islamismos políticos, se parecen sospechosamente a la imagen del musulmán construida por el orientalismo europeo. Y es que uno tiene a veces la sensación de estar leyendo una novela de E.M Forster o visionando Lawrence de Arabia cuando ve las crónicas del telediario sobre Oriente Medio. Como dice Frederic Jameson: “seguramente ello refleja la transformación propiamente posmoderna de la etnicidad en neoetnicidad, en la medida en que se lleva el aislamiento y la opresión de los grupos al reconocimiento mediático y a la nueva reunificación por la imagen”.

Ahora, esta pregunta por el “Ser”, con la inestimable ayuda de la crisis, ha permitido construir la imagen de los “auténticos europeos”, que desde Alemania hasta Francia, desde España hasta Italia, desde Holanda hasta Suiza, pasando por Dinamarca, han “descubierto” por fin sus orígenes humanistas y democráticos y reaccionan con “firmeza” y “responsabilidad” frente musulmanes, gitanos, inmigrantes y pobres varios (pues son “estructuralmente arcaicos”, “esencialmente patriarcales” e incapaces de “integrarse”).

Pero, como señala Bensaïd, esta pregunta por el “Ser” (con sus extravagantes neurosis por el origen) en muchas ocasiones no es ajena ni a la izquierda social ni a los oprimidos que reproducen como en una pesadilla los peores clisés del multiculturalismo liberal.

Es por ello que Bensaïd propone una “autonomía de apertura”, una “solidaridad crítica” entre los dominados que permita trascender y evitar este tipo de dispositivo entre los movimientos sociales y la máquina culpabilizadora que le acompaña, que acaba introduciendo la paranoia y el “pecado” en todas partes: “¿pero es acaso necesario ser negro para combatir el racismo, judío para combatir el antisemitismo, mujer para denunciar el sexismo y homo para denunciar la homofobia?  Instalarse en la sospecha recíproca generalizada no contribuye demasiado a romper el círculo vicioso de la dominación. […] Se trata de hacer un llamamiento a la resistencia y a la acción, exigir para empezar un examen previo de las conciencias y la confesión pública de la parte sombría que cada cual lleva dentro es un mal comienzo”.

Internacionalismo o barbarie

Así pues, en Fragmentos descreídos, Bensaïd apela a la tradición histórica de un universalismo “en proceso” para romper con esa dialéctica del amo y del esclavo en la que los oprimidos y la izquierda “nos resignamos a dar vueltas en el círculo de la reproducción colonial”.

Frente los mitos identitarios en los que “la opresión se convierte en un asunto de filiación y se insinúa entre los oprimidos una forma perniciosa de derecho de sangre en detrimento de las solidaridades por construir”; frente las idolatrías de los poderosos que convierten la razón en razón de Estado y sus discursos de humanismo y universalismo en las palabras tiernas que un sádico profiere ante sus víctimas mientras les arranca la piel a tiras… Frente a esto, Bensaïd nos propone apostar por una razón estratégica, una política profana de situación donde la universalidad, la justicia, la igualdad, la emancipación de la mujer, el comunismo… sean a la vez proceso y horizonte regulador. Señala las carencias, la necesidad de pensar las solidaridades por construir desde cada opresión específica y las tareas concretas de cada situación necesarias para una humanidad emancipada de los propios mitos que la subyugan.
Así, por las páginas descreídas de Bensaïd pasan personajes revolucionarios y descreídos de mitos identitarios varios como Franz Fanon: “Aun conociendo perfectamente el uso colonial del universalismo abstracto, Fanon pretende asumir plenamente el universalismo inherente a la condición humana […] La negritud es un camino, no una meta. A través del daño particular, quiere tender hacia lo universal” (p. 116).

Malcolm X: “fue abatido por los asesinos. Fue el desenlace lógico de un recorrido que le había conducido, en pocos meses, de la comunidad racial y religiosa a un internacionalismo universalista. Su evolución, era, sin duda, demasiado inquietante para muchos” (p. 131).

Edward Saïd y Michel Warschawsky, palestino y judío respectivamente, apostando uno y otro por la alternativa binacional frente al apartheid y la nación étnica impuesta de forma criminal por el Estado de Israel: “Los israelíes y los palestinos están demasiado inextricablemente mezclados como para estar separados, incluso aunque ambas partes reclamen hoy esta separación. A condición de razonar en términos de ciudadanía más que de nacionalidad, la coexistencia, en un país desembarazado del etnocentrismo y de la intolerancia religiosa, de dos comunidades que gozaran de derechos políticos iguales sobre una tierra común sería un cambio concebible. Y necesaria. Ya que, fueran quienes fueran sus autores, una limpieza étnica seguiría siendo una limpieza étnica” (p. 100).

O el militante Abdellali Hajjat respondiendo a la doxa bienpensante liberal a propósito de las causas de explosión social de las banlieues: “Las causas de este furor popular son sociales y políticas, y no étnicas y religiosas. No se trata de una falta de integración, palabra que ya no tiene ningún sentido hoy en día, en la medida en que tiende a privilegiar la peligrosa batería de explicaciones culturalistas” (p. 165).

En definitiva, Fragmentos descreídos es un libro imprescindible y de una enorme actualidad que intenta descodificar los conflictos de un mundo en descomposición cuyos pánicos identitarios, convulsiones polémicas en torno “civilizaciones” y “religiones” y repliegues autoritarios son síntoma de una crisis de modelo y también de paradigma para pensar alternativas a dicho modelo: “hay que explorar la posibilidad de una política más allá del paradigma clásico y sus categorías. Hay que estar a la escucha de los choques de acontecimientos y de las experiencias fundadoras susceptibles de despertar la razón estratégica de su gran letargo”.

Un nuevo internacionalismo debe ser levantado, nuevas mediaciones políticas entre lo particular y lo universal deben constituirse, pues el fin último de una comunidad universal que es el comunismo deviene una necesidad objetiva y concreta cuando la universalidad abstracta del capital tiende a fagocitarlo todo.

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“No nos podemos “reconocer” [reconnaître] (ideológicamente) en estas pinturas. Y es porque no podemos reconocernos [reconnaître] en ellas que podemos, en la forma específica que proporciona el arte, aquí la pintura, conocernos [connaître] en ellas… Cremonini, de este modo, prosigue la vía que fue abierta para los hombres por los grandes pensadores revolucionarios… que comprendieron que la libertad de los hombres pasa, no por la complacencia de su reconocimiento [reconnaissance] ideológico, sino por el conocimiento [connaissance] de las leyes de su servidumbre, y que la “realización” de su individualidad concreta pasa por el análisis y el dominio de las relaciones abstractas que los gobiernan. A su modo, a su nivel, con sus medios propios, y en el elemento no de la filosofía o de la ciencia, sino de la pintura, Cremonini ha tomado el mismo camino”

Louis Althusser, “Cremonini, Painter of the Abstract ”, en Lenin and Philosophy and Other Essays, trad. Ben Brewster, New York, 1971, pág. 230, cursiva en el original (trad. esp.: “El pintor de lo abstracto”, en Louis Althusser y otros, Para una crítica del fetichismo literario, selección e introducción Juan M. Azpitarte Almagro, Akal, Madrid, 1975).

Tomado del ensayo de Michael Sprinker “Relaciones Imaginarias: Althusser y la estética materialista”.

Sin tiempo para escribir, como se habrá podido notar. Pero me gustaría, al menos, recomendar algo que nos ayude a entender la que probablemente es la operación económico-ideológica del verano: la iniciativa de Bill Gates y Warren Buffet para donar la mitad de su fortuna a causas humanitarias, y para convencer a otros multimillonarios para hacer lo mismo.

La realidad, o las noticias (como sabemos, no necesariamente lo mismo) parecen surgir a veces como una ilustración de la teoría. Versión animada de una conferencia de Slavoj Zizek en Londres, hace unos meses.

La charla completa se puede ver aquí.

Por cierto, que la RSA ha comenzado una muy recomendable serie de resúmenes animados de charlas. Os dejo con una de David Harvey, sobre la crisis del capitalismo:

No me suelen gustar ciertos tipos de mitificación del 68. Sin embargo, en la presente situación, creo que podríamos aprender algo muy simple, y muy importante, de las imágenes que aparecen más abajo: la necesidad de la movilización. No esperar a que “nuestros” “representantes” digan lo que queremos: decirlo nosotros mismos, en las calles. Algo como lo que explicaba Josep María Antentas , hace unos días, en RNE. Algo como lo que están haciendo en otras partes.

Crystal Stilts, “Departure” (Vía La Escuela Moderna)

I discern a subtle stream
Converging in the quiet
Just behind the silence
My mind has slipped inside it
I can feel a past being fed me
A second hand future’s misled me
Second hand futures misled me
I feel a fate being fed me
To devour my memories
In a single sitting
Seems the only means
The only means befitting
A reunion with my beloved
A reunion with the sun
A reunion with the stars
A reunion with the sun
Though i know
Endless dawn awaits
Still I rotate at the gate
To watch my life escape
Never turning as it runs
My reunion with the sun
Never turning as it runs
I discern a subtle stream
Converging in the quiet
Just behind the silence
My mind has slipped inside it

“New plebiscitary and authoritarian political forms, which Poulantzas calls “dominant mass parties,” subtly replace the classical parliamentary system and legal-formal bureaucracy. These organizations are characterized by their subservience to the executive, and within the state apparatus their major function is to “unify or homogenize the state administration; to control and propel (in the direction of general government policy) the cohesiveness of its various branches and sub-apparatuses” (Poulantzas 1978, 233). Simultaneously, new mechanisms, deployable by the executive alone (media manipulation and foreign policy adventures), displace the “interest-aggregatory” functions of older parliamentary parties. The dominant mass parties operate as transmission belts of the state ideology to the popular masses and as a means of manipulating consent from the electorate through plebiscitary tactics. The sum total of all these developments—state intervention in the economy, crisis of democracy, dominant mass parties—represents a shift, within the limits defining its relative autonomy, of the capitalist state from its democratic toward its authoritarian pole.”

Robert Paul Resch: Althusser and the Renewal of Marxist Social Theory, University of California Press, 1992.

(Para Megan y Manuel).

Materiales para un replanteamiento de las estrategias de la izquierda. En esta ocasión, Thomas Frank, autor del conocido What’s the Matter with Kansas?, entrevistado por Amador Fernández-Savater hace unas semanas para Público.

Lo copio y pego aquí, pero recomiendo visitar Fuera de lugar, el blog de Fernández-Savater en Público, donde suelen aparecer entrevistas muy interesantes.

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“Los políticos de izquierda ya no entienden la furia de la gente común”

Versión completa de la entrevista con Thomas Frank aparecida el sábado 20 de marzo en Público. No hubiera podido hacerla sin la ayuda de Tomás González (¡gracias, Tom!).

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Thomas Frank es periodista y escritor. Colabora regularmente en la revista Harpers y en The Wall Street Journal. Fundó en 1988 el periódico satírico-político The Baffler. Su único libro traducido al castellano es ¿Qué pasa con Kansas?, sobre cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos. Justo después de las elecciones de 2008 y de la victoria de Obama, ya le entrevistamos para Público.

EEUU parece el mundo al revés: en la mayor crisis del capitalismo salvaje, la izquierda en el gobierno es incapaz de reformar nada y movimientos ultraconservadores de base toman la calle con mucha fuerza. Es la lucha de clases invertida. (Tomamos nota en España.)

¿Por qué han sido tan tímidas las reformas planteadas hasta ahora por Obama?

Lamento decir que la respuesta es muy sencilla: se debe al poder del dinero en la política estadounidense. El sistema está pervertido de tal manera que complica enormemente la posibilidad de cualquier reforma importante. Y no me refiero sólo al poder de los lobbies financieros, aseguradores o farmacéuticos en Washington (que obviamente es muy fuerte), sino también a que el proceso electoral cuesta mucho dinero en este país. Y ese dinero sólo puede venir de un sitio: la gente rica. Y a los ricos no les gustan los políticos que sueñan con grandes “soluciones” públicas a los problemas que ha causado el sector privado. Esta es la terrible fuerza que define el consenso político en EE.UU.

¿Y los demócratas se han plegado a ese consenso?

Sí, absolutamente. Se esfuerzan en convencer a Wall Street de que son de fiar. Y aceptan en su mayor parte el programa de desregulación de Reagan y de hecho, en algunos casos -la banca, las telecomunicaciones, el libre comercio- han ido más lejos de lo que se atrevió Reagan.

¿Cómo entender la fuerza actual de la línea dura ultraconservadora?

Es algo que no acabo de comprender. El sistema conservador (lo que los europeos llamarían “neoliberalismo”) de desregulación y Estado reducido a la mínima expresión ha fallado claramente. Es la conclusión obvia a la que han llegado montones de libros que se han publicado analizando la crisis financiera. Y sin embargo los ultraconservadores vuelven por todas partes con fuerzas renovadas. Realmente sus representantes han logrado apropiarse del descontento popular, para convertirse en las figuras icónicas de esta crisis financiera; y prometen que, una vez regresen al poder, ¡nos traerán más desregulación, recortes de impuestos y un Estado aún más reducido!

¿Cómo lo han logrado?

Por un lado, se sienten más cómodos interpelando públicamente a la furia popular que los políticos de izquierdas. Los políticos de izquierdas ya no parecen entender la furia de la gente común; es una emoción ajena a ellos. Por otra parte, la derecha está mejor organizada y financiada, hay infinidad de grupos en Washington que trabajan en la construcción de movimientos de base. Mientras tanto, los movimientos de base en la izquierda, es decir, los sindicatos y los movimientos de trabajadores, han continuado su decadencia bajo la presidencia de Obama. Los demócratas, al abrazar la globalización, han permitido la aniquilación de su movimiento social de base. ¿El resultado? En amplias regiones de Estados Unidos no hay ninguna presencia progresista, ninguna argumentación que oponer a la ideología ultraconservadora.

Hablando de movimientos de base, ¿qué es el Tea Party?

El Tea Party es un movimiento de base ultraconservador que utiliza como referencia el “motín del Té” contra los británicos del siglo XVIII. Es un fenómeno surgido en la recesión, que organiza concentraciones (tea parties) en diferentes ciudades para denunciar los rescates de grandes empresas, los impuestos y el tamaño del Gobierno. Su fuerza procede del hecho de que es prácticamente la única reacción de protesta contra el salvamento estatal de Wall Street. Ha conseguido amplificar el lenguaje de protesta de la derecha: la defensa del americano medio, el resentimiento contra las “élites” progresistas, las fantasías victimistas de persecución estatal a ritmo de country, etc. Acusa a Obama de ser una especie de agente socialista o comunista y repite a menudo que, de hecho, no es un estadounidense de pura cepa (en referencia a su nacimiento en Hawaii de padre keniata).

¿Y cuál es su relación con el Partido Republicano?

Los participantes en las tea parties suelen insistir en que no apoyan a ningún partido, que están en contra del sistema bipartidista y que rechazan tanto a George W. Bush como a Obama. Hablan de sí mismos como de un levantamiento popular contra “los políticos y los partidos” que se han vuelto “corruptos, sobornables y elitistas”. Pero es evidente que no existían cuando Bush era presidente y entre sus líderes encontramos el típico reparto de conservadores de Washington: Grover Norquist, Dick Armey y otros importantes representantes republicanos. El comodín de esta baraja es el popular presentador televisivo Glenn Beck, un hombre de la derecha más extremista que utiliza su programa diario para ilustrar sus variadas y asombrosas teorías conspiratorias. Los miembros de las tea parties suelen ser devotos seguidores del programa de Beck y reproducen sus peculiares explicaciones sobre el funcionamiento del mundo. Es un movimiento contra el poder moldeado y pulido por un grupo de personajes conocidos sobre todo por su habilidad para hacer uso del poder.

Hablas de “lucha de clases invertida”.

Independientemente de otras consideraciones sobre Obama, salta a la vista que procede de los círculos de profesionales liberales, mientras que los participantes en las tea parties son claramente miembros de la clase obrera. Según un perfil que publicó el New York Times, muchos de ellos (como también los votantes de Massachusetts que arruinaron la mayoría de los demócratas en el Senado) han sufrido en sus carnes la recesión: “Las familias destrozadas por el paro, las viviendas embargadas y los fondos de pensiones mermados quieren saber ahora por qué les ha ocurrido esto y buscar a algún culpable”. Todo es cuestión de clases, de lucha de clases. Este es el tema eternamente olvidado en la política estadounidense, la verdad que los conservadores asumen (dándole un sentido muy particular) y que los demócratas no pueden reconocer (para no asustar a los mercados). Así que la historia se repite: la economía de libre mercado se hunde en la recesión y sus víctimas se arrodillan a los pies de la bandera del libre mercado.

Es la misma historia que usted cuenta a propósito de Kansas en su libro.

Como dije en aquel libro, ahora la balanza del descontento se inclina en una única dirección: hacia la derecha más extrema. Si despojan a los habitantes de Kansas de su estabilidad laboral se afilian al Partido Republicano. Si los expulsan de su tierra, lo próximo que sabremos es que se manifiestan frente a clínicas abortivas. Si los ahorros de toda la vida de la gente de Kansas sirven para hacerle la manicura al consejero delegado de una gran multinacional, seguramente la gente acabe uniéndose a la John Birch Society [organización fanática anticomunista de los sesenta] Pero si les preguntas sobre los remedios que proponían sus ancestros (sindicatos, medidas antimonopolio, propiedad pública), es como si les hablaras de la Edad Media.

¿Te refieres a la historia del movimiento populista que también aparece en el libro, verdad?

Sí, el movimiento populista duró un tiempo a lo largo del siglo XIX. Aquellos populistas arremetieron contra el poder de los monopolios y las altas finanzas, y fueron descalificados por los guardianes de la ortodoxia del mercado tal como hoy: anarquistas y comunistas con mono de obrero, profetas del fin de la civilización. Generaciones de historiadores han echado por tierra los estereotipos sobre el movimiento populista original. Ahora sabemos que el programa político de los populistas no era el apocalipsis, sino una serie de medidas sensatas, que luego se impondrían, como el impuesto sobre la renta y las elecciones directas de los senadores. En realidad, el populismo fue el nombre de la democracia en funcionamiento. Pero los ultraconservadores se han apoderado de su lenguaje. Este tipo de populismo derechista ya no asusta a los mercados, porque contribuye a extender su credo. Es la ortodoxia de los mercados con acento de granjero.

La New Left Review, referencia fundamental de la izquierda más académica y teórica, cumple cincuenta años. Entre sus editores y colaboradores se cuentan Perry Anderson, Robin Blackburn, Stuart Hall, Tariq Ali, Terry Eagleton, Fredric Jameson, Eric Hobsbawm, Mike Davis, o David Harvey, por decir algunos. En este nuevo número se unen su primer editor, Stuart Hall, y su actual editora, Susan Watkins, para hacer un balance del pasado y un bosquejo de futuro.

Stephan Collini, en The Guardian, hace un repaso a la trayectoria de la revista.

Como lector más joven, esa larga trayectoria, por razones obvias, me supera ampliamente. No puedo valorar las fases, los giros, los cambios que sucesivas décadas, flujos y reflujos de movimientos, auges y caídas, han ido trayendo a la NLR, ya que mi conocimiento de todos ellos, cuando lo hay, es prácticamente libresco. Pero quizá pueda hablar de lo que la NLR es hoy, o ha sido estos últimos años. Había leido algunos artículos por internet (recuerdo el importante “Renovaciones” de Anderson, en uno de esos momentos – muy polémicos – de cambio de la revista), pero creo que el primer número que compré, hace unos seis años, fue uno en el que había un artículo de Mike Davis. Entonces yo no sabía quién era Mike Davis, ni que aquel artículo era en realidad un largo fragmento de lo que dos años después se publicaría bajo el título de Planet of Slums. Pero sí he recordado, desde entonces, el comienzo de aquel texto:

“Sometime in the next year, a woman will give birth in the Lagos slum of Ajegunle, a young man will flee his village in west Java for the bright lights of Jakarta, or a farmer will move his impoverished family into one of Lima’s innumerable pueblos jovenes. The exact event is unimportant and it will pass entirely unnoticed. Nonetheless it will constitute a watershed in human history. For the first time the urban population of the earth will outnumber the rural. Indeed, given the imprecisions of Third World censuses, this epochal transition may already have occurred”.

En ese momento me enteré de qué iba aquello de la globalización. No es que no tuviera ni idea, claro. Pero en ese momento, como se dice con mi verbo favorito en inglés, lo realicé. Como realicé, asimismo, que la mayoría de cosas que había leido en la prensa acerca de la globalización solían oscilar entre la tontería (inútil) y la superficialidad (interesada).

Ese párrafo inicial de Davis resume la que creo que es la mejor cualidad de la NLR: ofrecer un análisis más a largo plazo, condensar – como suele hacer Perry Anderson, tanto en la NLR como en la London Review of Books – meses y años de noticias en unas páginas para poder observar las estructuras, los procesos, los patrones, muchas veces tan difíciles de ver, que sostienen eso que llamamos actualidad. Esto es, hacer el trabajo de pensar: el trabajo intelectual en el mejor sentido del término.

Es muy posible que para un lector más mayor la NLR ha derivado a una versión más suave, una línea de marxismo light o ni siquiera marxista en muchos de sus colaboradores actuales. A otro posible lector, un lector externo, no militante, digamos, quizás esa accidentada trayectoria resumida por Collini le parezca una demostración más de la incoherencia, el sectarismo y las modas de la izquierda. Seguramente ambos tengan parte de razón, pero creo que ese tipo de cambios y evoluciones es, por otro lado, el simple resultado de ser, como la NLR ha sido, verdadero testigo de la historia. O precisamente, algo más que un testigo. En cualquier caso, de pocas revistas, de cualquier tendencia, se puede decir eso.

Es un simple aniversario, pero quería aprovecharlo para hacer este pequeño agradecimiento y animar, a quien no conozca todavía la NLR, a leerla. La edición en español puede verse aquí.