Carlos Fernández Liria: Los diez mandamientos y el siglo XXI.

Copio y pego desde El hijo rojo este artículo de Carlos Fernández Liria publicado en El Viejo Topo de este mes. Lo leí ayer, y creo que es una buena reflexión para cerrar el año, muy acorde con estas – tan cristianas – fechas, y en las que todos – o quizás algunos – tendemos al recuento del año y al propósito de enmienda (moral). Quizás a muchos les parezca demagógico y tremendista, pero ilustra (y explica) bien algunas cuestiones importantes , propias de este tiempo en que vivimos: la relación entre moral y política, la acción y la responsabilidad individual. Me ha recordado, por otra parte, a muchas discusiones con amigos -algunas de ellas estos mismos días-, y por eso lo pongo aquí. Para seguir discutiendo.

Recomiendo imprimirlo y leerlo tranquilamente. Tal vez sea mejor no leerlo antes de esta noche, sino ya en el nuevo año.

Feliz año nuevo a todos. Pasadlo bien.

ACTUALIZACIÓN (25 enero 2009) : Pego aquí la nota que Fernández Liria incluía al principio de su artículo en su publicación en El Viejo Topo. Cuando busqué el artículo por internet no encontré la nota, y no tenía tiempo para copiarla. Ahora veo que la han publicado en Izquierda Anticapitalista. Bastante significativa. Y explica, por cierto, la estructura quizá un tanto redundante del artículo (proviene de una conferencia).

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Carlos Fernández Liria: Los diez mandamientos y el siglo XXI.

Nota aclaratoria: Este artículo es la transcripción de una ponencia que pronuncié el 25 de julio de 2006 en uno de los Cursos de Verano de El Escorial (“Occidente: Razón y Mal”) organizado por la Universidad Complutense de Madrid y patrocinado por la Fundación del BBVA. Estaba previsto publicar las ponencias del curso en un libro financiado por esta Fundación. Durante ya casi dos años mostraron todo tipo de reticencias para la publicación de mi artículo, alegando que no se trataba de censura ideológica, pues mi intervención había carecido de “rigor académico y de seriedad científica”. Para no perjudicar a los otros autores que participaban en el libro, accedí varias veces a practicar la autocensura, limando expresiones coloquiales y suavizando el tono en la versión escrita de mi ponencia. Pero finalmente, han dejado claro que el libro no saldría si yo no retiraba mi contribución. Hacía año y medio que estaba deseando quedar liberado de mi compromiso, de modo que me alegro de poder publicar por fin este texto por otras vías. Lo grave no es el tiempo que se me ha hecho perder (desdichadamente el tema está lejos de quedarse anticuado). Lo grave es que esta anécdota es un síntoma fatal que anuncia un futuro muy nefasto para el mundo académico y la Universidad pública. El proceso de Convergencia Europea en Educación Superior, lo que se llama el “proceso de Bolonia”, se articula sobre la subordinación de toda financiación pública a la previa obtención de una financiación privada. Así, en lugar de financiar el mundo académico con criterios científicos, independientemente de la autoridad del mercado, se financia con dinero público tan sólo aquellos proyectos que interesan al mundo empresarial. Somos muchos los que llevamos advirtiendo que esta mercantilización de la Academia supone el colapso de la Universidad pública a medio plazo. Mi “competencia científica” y mi “rigor académico”, por ejemplo, tendrían que haber sido juzgados exclusivamente por los organizadores académicos del Curso (o por los miembros del tribunal de oposiciones con el que gané en su día la libertad de cátedra en tanto que profesor Titular de la UCM). Repugna a la idea misma de Academia que una institución privada, un Banco, tenga algo que opinar al respecto. Sin embargo, esta es la situación que se está generalizando con el proceso de Bolonia: la financiación privada tendrá en adelante la última palabra en el mundo académico, condicionará los planes de estudios, los proyectos de investigación, la distribución de departamentos, facultades y escuelas. La Convergencia Europea es el equivalente de una reconversión industrial en la Universidad. Es difícil entender cómo puede haber quien no lo vea claro2.

Para ilustrar la anécdota con la Fundación del BBVA, he preferido dejar el texto lo más parecido posible a la versión original del evento, respetando el estilo oral de la intervención. Esta anécdota es un síntoma fatal que anuncia un futuro muy nefasto para el mundo académico y la Universidad pública.

(Ponencia pronunciada en los Cursos de Verano de El Escorial 2006: “Occidente: Razón y Mal”).

En tanto que se cree en Dios, es plausible hacer el Bien PARA ser moral. La moralidad se convierte en un cierto modo de ser ontológico e incluso metafísico que nos es posible alcanzar. Y como se trata de ser moral a los ojos de Dios, para alabarle, para ayudarle en su creación, la subordinación del hacer al ser es legítima. Pues, practicando la caridad no servimos más que a los hombres, pero, siendo caritativo, servimos a Dios. (…) Es legítimo ser el más bello, el mejor posible. El egoísmo del Santo está justificado. Pero que muera Dios, y el Santo no será más que un egoísta: ¿a qué sirve que tenga el alma bella, que sea bello, sino a sí mismo? A partir de este momento, la máxima “actúa moralmente para ser moral” está envenenada. Lo mismo que “actúa moralmente por actuar moralmente”. Es preciso que la moralidad se supere hacia un objetivo que no sea ella misma. Dar de beber al sediento no por dar de beber, ni para ser bueno, sino para suprimir la sed. (…) [La moralidad] debe ser elección del mundo, no de sí.

Jean Paul Sartre[1]

Nuestro tema es “Occidente: Razón y Mal. El mal en la política”. Hay que comenzar constatando una desorientación moral muy profunda. Esto es algo que podemos apreciar fácilmente con tan solo que pensemos en lo que a mí me parece un misterio insondable. Diez millones de votantes del PP apoyaron la invasión de Iraq argumentando que Sadam Hussein disponía de armas de destrucción masiva. El misterio, lo que a mí me parece el enigma moral más profundo de lo que llevamos de siglo, es que ahora que se sabe que jamás hubo en Iraq armas de destrucción masiva, y ahora que, además, se sabe que siempre se supo que no las había (ahora que se sabe que Bush, Blair y Aznar mintieron) de todos modos, esos diez millones de votantes van a seguir votando al PP (y muchos más millones a Blair y Bush).
Se trata, como digo, de un misterio misteriosísimo que, por cierto, nosotros tenemos la obligación de abordar, pues para eso nos pagan a los profesores, investigadores, becarios y catedráticos de ética. Nuestra obligación, si es que queremos cumplir con nuestra profesión, es abordar la cuestión de qué ha ocurrido con la consistencia moral contemporánea para que ocurran esas cosas tan extrañas: tiene que haber algo muy mal planteado en la manera en que entendemos los mandamientos para que nuestra conciencia moral haya enfermado hasta los límites nihilistas que traspasan todos los días nuestros medios de comunicación.
El delirio moral en el que estamos sumidos es sólo comparable al descalabro que causó la Iglesia católica durante el franquismo en la conciencia de los españoles. Cuando yo era pequeño, era pecado ver Lo que el viento se llevó, y los adolescentes, según los padres de la iglesia, iban al infierno por masturbarse. Sólo una secta de psicópatas puede perder hasta ese punto el sentido de las proporciones, pues en esa misma época se consideraba cosa discutible si también deberían ir al infierno los policías de la dictadura argentina que (en el cumplimiento de su deber) violaban, torturaban y desaparecían a no pocos de esos adolescentes abocados a las llamas del infierno.

Para ser realistas, hay que decir que la Iglesia no ha recuperado demasiado el sentido de las proporciones. Aplicando sus peculiares parámetros, el papa Woytila, al que ahora quieren canonizar, le daba la comunión a Pinochet y medio excomulgaba a los teólogos de la liberación, dejándoles con el culo al aire en una situación en la que muchos de ellos no tardarían en ser asesinados. Tan sabia decisión se tomó por consejo del cardenal Ratzinger, nuestro papa actual[2].
Ahora bien, no cabe duda de que el papel de los medios de comunicación respecto del nihilismo contemporáneo es mucho más importante que el de la Iglesia. Los periodistas y los intelectuales mediáticos son los nuevos sacerdotes y obispos de este mundo secularizado en el que se ha vuelto imposible distinguir el bien del mal. Y algo de responsabilidad tendremos también en el mundo académico.

Probablemente, como consecuencia del bloqueo a Iraq a partir de la primera guerra del golfo, murieron un millón y medio de personas inocentes. Cerca de un millón más han muerto a causa de la guerra y de la destrucción de infraestructuras. El país está sumido en una guerra civil y sembrado de uranio empobrecido.

En Iraq las embarazadas ya no preguntan al médico si es niño o niña, sino si viene o no con malformaciones. La gravedad de todo esto sólo es equiparable a la gravedad de que todo esto esté ocurriendo mientras conservamos nuestra tranquilidad de conciencia. Probablemente el nihilismo nunca había llegado tan lejos entre nosotros ni había gozado de tanta impunidad.

Ni siquiera en esa situación tan vehementemente denunciada por Hannah Arendt, lo que ella llamó “el colapso moral de la población alemana”, una población que más o menos sabía y no quería saber que sabía de la existencia de Auschwitz y que con su indiferencia y su banalidad se hizo cómplice del holocausto.

Los campos de concentración sobre los que se levanta nuestra tranquilidad de conciencia europea son demasiado grandes para rodearlos con alambradas. Nos sale mucho más rentable rodearnos nosotros mismos de alambradas: encerrarnos en una fortaleza inexpugnable, materializar con púas y cuchillas la “solución final” de nuestras leyes de extranjería, y dejar que la economía internacional se encargue por sí sola de perpetrar el exterminio. No es sólo que esto salga mucho más barato. Es que sale muy rentable, tan rentable que sus efectos superan con mucho la audacia de los surrealistas. La realidad se ha convertido en un chiste, en una broma de mal gusto. Según el último informe de Naciones Unidas, por ejemplo, resulta que el 1 % de la población adulta del planeta acapara el 40 % de la riqueza mundial, mientras que en el otro extremo el 50 % de la población apenas cuenta con el 1 % de la riqueza. Cuando lees estos datos piensas que están equivocados. Claro que, según un cálculo elemental, para que una de las 2500 millones de personas que subsisten al día con 2 dólares diarios, llegara a amasar, con el sudor de su frente, una fortuna como la de Bill Gates, tendría que estar trabajando (ahorrando todo lo que ganara) 68 millones de años.

Otro chiste: por un anuncio de zapatillas deportivas Nike, Michael Jordan cobró más dinero del que se había empleado en todo el complejo industrial del sureste asiático que las fabricaba. Por supuesto que para que un absurdo tan abyecto se encarne en la cruda realidad de cada día hace falta administrar mucha violencia, cortar el planeta con muchas alambradas, deslocalizar poblaciones, descoyuntar, en definitiva, el cuerpo entero de la humanidad.

Es muy sintomático que Hannah Arendt esté hoy día tan de moda. Los estantes de las librerías están repletos de libros de Arendt, se cita a Arendt en el Parlamento, tenemos a Arendt hasta en la sopa. A todo el mundo le resulta interesantísimo que un pueblo entero, el pueblo alemán, colapsara moralmente en los años treinta del pasado siglo XX. En cambio, se lee muy poco (de hecho, ni siquiera se le traduce demasiado) a Günther Anders, quien fuera, por cierto, su marido. Anders se ocupó más bien de denunciar la continuidad de ese colapso moral entre nosotros, en la conciencia occidental en general. Lo que le preocupaba era que nos habíamos vuelto analfabetos emocionales y que eso nos abocaba a una abismo moral en el que todos nos hacíamos cómplices de un holocausto cotidiano e ininterrumpido.

A mediados de los ochenta, Anders renegó del pacifismo en el que había militado toda su vida de forma tan activa y argumentó que la única solución era la violencia. “Hemos hecho todo lo posible por convencer al mundo y está claro que no vale de nada”. “El mundo no está amenazado por seres que quieren matar sino por aquellos que a pesar de conocer los riesgos sólo piensan técnica, económica y comercialmente”. La economía capitalista ha llevado el planeta a un callejón sin salida[3].

La situación es tan grave que, hoy día –plantea Anders- el recurso a la violencia por parte de los movimientos antisistema debe considerarse, sin más, legítima defensa. Estamos amenazados, la población mundial está amenazada de muerte, por vulgares hombres de negocios con aspecto inofensivo. “Considero ineludible que nosotros, a todos aquellos que tienen el poder y nos amenazan, los asustemos. No hay que vacilar en eliminar a aquellos seres que por escasa imaginación o por estupidez emocional no se detienen ante la mutilación de la vida y la muerte de la humanidad”. Estas citas están sacadas de un libro titulado Llámese cobardía a esta esperanza, que publicó una editorial marginal[4] que, por supuesto, no ha gozado de la fortuna comercial de los editores de Hannah Arendt. Günther Anders explica el insólito fenómeno de la tranquilidad de conciencia contemporánea aludiendo a lo que el llama “el desnivel prometeico”[5]. Es la idea de que, actualmente, somos capaces técnicamente de producir efectos desmesurados con acciones insignificantes. Aprietas un botón y una bomba cae sobre Hiroshima y mata a 200.000 personas. La desproporción entre la acción y sus efectos es tan grande que la imaginación se desorienta. Es imposible, por otra parte, vivir emocionalmente la muerte de 200.000 personas. Los seres humanos estamos hechos para sentir la muerte de un ser querido, incluso de bastantes seres queridos y no queridos. Pero el número 200.000 no nos dice nada emocionalmente.

Hannah Arendt contaba que, durante su juicio en Jerusalén, el genocida Eichmann explicaba con naturalidad que su trabajo consistía en aligerar el ritmo de la cadena de exterminio de judíos. Así pues, desde su punto de vista, era un éxito laboral el que, gracias a ciertas mejoras técnicas en la rutina del exterminio, se lograra eliminar 25.000 personas al mes, en lugar de 20.000. Ahora bien, en una ocasión en que unos testigos le acusaron de haber estrangulado a un muchacho judío con sus propias manos, Eichmann perdió los estribos y se puso a gritar desesperado que eso era mentira, “que él nunca había matado a nadie”. Estrangular a una persona es insoportable para una conciencia moral normal, administrar la muerte de un millón de personas es pura rutina. Pero el problema es que siempre estamos ya, lo queramos o no, apretando esos botones que producen efectos demasiado grandes para nuestra capacidad de imaginar y de sentir.

Susan George comparaba a los ejecutivos que teclean pacíficamente en su ordenador del Fondo Monetario Internacional con los pilotos de un B-52 que aprietan los botones de un tablón de mandos para dejar caer toneladas de bombas sobre una población civil. Probablemente los pilotos no pueden representarse fácilmente el desajuste que hay entre la insignificancia de su gesto sobre el tablero y la desmesura de sus efectos, ahí abajo, sobre la ciudad bombardeada. Con mucha menos razón, el ejército de ejecutivos que deciden sobre las medidas económicas que se aplican a lo largo y ancho del planeta (y el ejército de periodistas e intelectuales que les hacen el juego), no están en condiciones de hacerse cargo moralmente de este “desnivel prometeico” entre “su trabajo”, rutinario y pacífico, y el océano de miseria y de dolor sobre el que están produciendo sus efectos. Anders responsabiliza a la complejidad de la técnica y la industria de este “desnivel prometeico”.

Yo diría que no se trata tanto de una cuestión de complejidad técnica como de una cuestión de complejidad estructural. Sea como sea, su intuición es acertada. Cuando la voluntad está separada de sus efectos por una complejidad muy grande, la voz de la moral se desconcierta por entero. En general vivimos en un mundo tan complejo desde un punto de vista técnico y estructural que todas nuestras acciones, incluso las más aparentemente insignificantes, tienen unos efectos colaterales imprevisibles. Dicho brevemente: estamos sumidos en una situación en la que no hay manera de saber lo que estás haciendo cuando haces lo que haces.

Por supuesto, en estas condiciones, la voz de la moral no sabe a qué atenerse. Es demasiado complejo distinguir entre el bien y el mal. Voy a poner un ejemplo. Tengo aquí unas páginas de El País[6]. Son del 2 de septiembre de 2001, publicadas a todo color en la sección de los domingos. La gente debió de leerlas mientras lavaba su coche o desayunaba con su familia, a la salida de misa o durante una comida campestre. Quizás sintieron que su conciencia caía en un abismo ético… o quizás no sintieron nada. No se trataba de un panfleto de extrema izquierda, de esos que se leen con escepticismo. Era El País, un reportaje sobre la guerra del Congo, por cierto que muy bueno, de esos que se cuelan de vez en cuando en los medios. El titular de la noticia decía: “Según Naciones Unidas, el tráfico ilegal de coltan es una de las razones de una guerra que, desde 1997, ha matado a un millón de personas”. En las minas de coltan en la República Democrática del Congo, se nos decía, trabajan niños esclavos. Los ejércitos de Ruanda y Uganda se disputan el tráfico de este mineral sumiendo el país en una guerra civil en la que nadie quiere pensar.

El caso es que este mineral es vital para el desarrollo de la telefonía móvil y de las nuevas tecnologías. Por ejemplo, la escasez de este mineral había provocado otro efecto dramático: la videoconsola Play Station 2 tuvo que posponer su lanzamiento al mercado, provocando grandes pérdidas de beneficios a la casa Sony.Mirado fríamente, es insólito que eso salga un día en El País y al día siguiente todo siga igual. Es incluso enigmático.

El otro día decían (también en El País) que los muertos de la guerra del Congo se calculan ya en cuatro millones. Mientras tanto, la videoconsola Play Station 2 ya se quedó anticuada y los móviles siguieron desarrollándose vertiginosamente desde ese domingo en que salió la noticia. No es fácil saber hasta qué punto tenemos las manos manchadas de sangre cada vez que llamamos por el móvil o que nuestro hijo juega a la videoconsola. Sin duda que estamos metidos hasta las cejas en el entramado estructural que genera esas guerras. Sin embargo, llamar por el móvil es llamar por el móvil, no matar a nadie. Y por supuesto, dejar de llamar por el móvil tampoco va a salvar la vida a nadie. El móvil, bien mirado, es un invento magnífico ¿quién puede negarlo? Si cuando llamo por el móvil estoy teniendo una oscura e imprevisible relación intangible con no sé qué conflicto sangriento de África, la culpa, desde luego, no la tiene el móvil, ni yo por utilizarlo. No podemos evitar ser piezas de un engranaje muy complejo, en el que todo está ligado entre sí por caminos imprevisibles que nadie ha decidido. Esta complejidad, es cierto, hace que, como decía Günther Anders, nunca podamos estar seguros de lo que estamos haciendo cuando hacemos lo que hacemos. Nunca podemos estar seguros de los efectos indirectos de nuestra acción directa, como dice Franz J. Hinkelammert[7].

El problema es que cuando el mundo alcanza un determinado nivel de complejidad, la máxima de no violar los mandamientos se convierte en una receta envenenada. La propia moralidad se transforma en la gran coartada de un mundo criminal. Todo el mundo llama por el móvil y todo el mundo revienta en el Congo sin que nadie viole los mandamientos. Nadie tiene la culpa de que el mundo se haya convertido en algo tan complejo. En esta complejidad insondable, por ejemplo, se amparan los votantes del PP para considerar que algo bueno tendrá incluso algo evidentemente malo, como la invasión de Iraq. Al final, todo será para bien. Hay cosas que parecen muy dañinas para los seres humanos, pero que son muy buenas para que vaya bien la economía. Y no hay que olvidar que los seres humanos dependen a vida o muerte de su economía. Conviene, por lo tanto, hacer las cosas que convienen a los que tienen la sartén por el mango de la economía internacional. Conviene, pues, apoyar la política de los Estados Unidos, y vuelta a empezar, así con cualquier tema imaginable.

Mientras tanto, todo el mundo puede vivir con la conciencia tranquila: hasta donde nos llegan las narices, no se ve que nadie haya violado ningún mandamiento. Y sin embargo, por muy complejo que se haya vuelto en este mundo distinguir el bien del mal, hay una cosa que seguro que es mala, y esta cosa es, nada más ni nada menos, el hecho mismo de que exista un mundo así. Si vivimos en un mundo en el que “es imposible saber qué es lo que realmente estás haciendo cuando haces lo que haces”, entonces es que vivimos en un mundo muy malo.

El lema de los movimientos antiglobalización –“otro mundo es posible”, “otro mundo tiene que ser posible”– se convierte en un imperativo ético insoslayable. Es insoportable vivir en un mundo en el que basta meter los ahorros en una cuenta corriente de Caja Madrid para tener que preguntarte con cuántas ignominias y matanzas estás colaborando sin saberlo. Es intolerable un mundo en el que te tienes que alegrar de que en España se fabriquen bombas de racimo, pues al menos en eso parece que sí que somos competitivos a nivel internacional[8].

Sin duda alguna, el concepto más interesante que se forjó en la reflexión ética y moral del siglo XX fue el concepto de “pecado estructural”. Este concepto era la columna vertebral de la llamada Teología de la Liberación y los que se ocuparon de pensarlo eran fundamentalmente curas, obispos, cristianos de base que estaban directamente comprometidos en cambiar un mundo injusto y criminal. Mientras ellos se jugaban la vida y daban de lleno en la diana del problema ético de nuestro tiempo, la filosofía académica de izquierdas y de derechas estaba completamente en la Luna, haciendo tonterías con los textos de Deleuze y de Foucault, ideando genialidades para poner a discutir a Rawls con Habermas, a ver si así descubrían la pólvora, y, también, cómo no, leyendo a Rorty y cositas de parecido calado. En este mundo las estructuras matan con mucha más eficacia y de forma mucho más masiva que las personas. La capacidad de ser inmoral que tienen las personas es casi patética comparada con la inmoralidad de las estructuras.

En estas condiciones, la cuestión moral pertinente es qué responsabilidad tenemos respecto a las estructuras. La pregunta ya no puede ser ¿qué puedo hacer yo para no violar los mandamientos en ese mundo que no llega más allá de mis narices? En un mundo en el que las estructuras violan los mandamientos con una eficacia colosal e ininterrumpida, es inmoral limitarse a respetar los mandamientos… y las estructuras. El primer mandamiento, por el contrario, atañe a nuestra actitud respecto de las estructuras. Y para responder a esta cuestión, en primer lugar, hay que responder a esta otra ¿en qué consisten esas estructuras? ¿De qué son estructuras esas estructuran? Así pues, en primer lugar, deberíamos estar todos estudiando economía.

El primer mandato moral debería ser: ponte a estudiar economía y no pares hasta que no averigües en qué consiste este mundo. Y mucho cuidado con dejarte engañar por la Escuela de Chicago, que de eso también eres responsable. Si, por ejemplo, acabáramos por concluir que la economía mundial puede ser llamada con rigor y sentido la economía capitalista, lo que no cabe duda es que nuestra máxima responsabilidad moral, inmediatamente después, sería volvernos comunistas (al menos si llegamos a la conclusión de que ser comunista es la manera adecuada de combatir el capitalismo).

Por supuesto que ese fue el camino que, muy a menudo, siguió la Teología de la Liberación en Latinoamérica[9], el camino que tanto escandalizó al cardenal Ratzinger. Una serie de obispos latinoamericanos, de pronto, pusieron toda su red de catequistas a estudiar economía, especialmente, crítica de la economía política. Pusieron a todos sus feligreses a leer El capital y a estudiar marxismo. Lo demás se dejaba ya a la conciencia de cada uno. Aunque no por casualidad la conciencia de cada uno aconsejaba montar una guerrilla para combatir el sistema capitalista.

El ejercito zapatista del subcomandante Marcos, por ejemplo, no cabe duda de que se montó desde la red de catequistas de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. En un mundo en el que las estructuras son mucho más inmorales de lo que jamás pueden llegar a serlo las personas, la cuestión crucial no es saber en qué medida somos piezas de ese engranaje estructural o en qué medida podemos dejar de participar en él.

Esto es lo que a veces sugería Günther Anders, pero no es ni mucho menos suficiente. Dejar de llamar por el móvil no vale absolutamente de nada y dejar de consumir coca-cola, de casi nada. Puede que negarse a trabajar en la industria del armamento valga para algo si se consigue que ese gesto sirva de propaganda a los programas políticos pacifistas. De lo contrario, ese gesto no sirve más que para que corra un puesto la lista de parados que esperan a trabajar en cualquier cosa y a cualquier precio. Retirar el dinero de una cuenta de Caja Madrid si sospechas que esa entidad invierte dinero en la producción de armamento no sirve de nada si luego es para meterlo en el Banco de Santander, es decir, para confiar en el humanitarismo de un sujeto como Emilio Botín. Y tampoco es buena idea esconder tu birria de sueldo debajo de una baldosa.

La verdadera cuestión moral es qué responsabilidad tenemos en que determinadas estructuras perduren y qué estaría en nuestra mano hacer para sustituirlas por otras. Es obvio que eso pasa por la acción política organizada y no por el voluntarismo moral que intenta inútilmente apartarse de la maquinaria del sistema. No es a fuerza de no mover las fichas o de moverlas lo menos posible como se consigue dejar de jugar al ajedrez, si eso es lo que se pretende. Para dejar de jugar al ajedrez y comenzar a jugar al parchís hay que cambiar de tablero. Si no, lo único que se logra es perder el juego, y el juego del ajedrez, no del parchís.

No sé si se capta el mensaje: vivimos en un mundo tan inmoral que no tiene soluciones morales, aquí no valen más que soluciones políticas y económicas muy radicales. Y la única cuestión moral relevante que todavía tenemos sobre la mesa es la de qué tendríamos la obligación de estar haciendo políticamente para que el mundo dejara de jugar en este tablero económico genocida. La cuestión no es la de si puedo beber menos coca cola o llamar menos por el móvil para participar lo menos posible en esta matanza. La cuestión es cómo y de qué manera atacar los centros de poder que la generan. Mi responsabilidad en la matanza no es la de llamar por el móvil. Mi responsabilidad es la de aceptar vivir en un mundo en el que llamar por el móvil tiene algo que ver no sé con qué guerras en el continente africano.

Es el mundo lo que es intolerable, no nosotros. Pero sí es intolerable que aceptemos de brazos cruzados un mundo intolerable. Es grotesca la indiferencia que ha habido en la reflexión ética de los medios académicos europeos y estadounidenses hacia el concepto de “pecado estructural” y, en general, respecto a toda la filosofía de la Teología de la Liberación. Se trataba de lo único interesante que parió el siglo XX en el campo de la ética, pero la Academia estaba demasiado ocupada en intentar comprender a Derrida y en hacer el payaso con el dilema del prisionero. Para ser justos, hay que recordar que mucho antes de que la Teología de la liberación planteara el problema, lo teníamos ya abordado con mucha contundencia en la historia de la filosofía por filósofos como Jean Paul Sartre o Bertolt Brecht.

Claro que Sartre no está tan de moda como Hannah Arendt, porque Sartre era comunista, así es que se le lee bastante poco actualmente. Sartre había explicado muy bien por qué la elección moral no tenía que ver con elegirnos buenos a nosotros mismos, sino con elegir un mundo bueno. Elegir ser bueno en un mundo en el que no se necesita pecar para vivir de la injusticia que se comete sobre los demás, es, sencillamente hacerte cómplice, no de un crimen, sino, como decía Anders, de “todo un sistema de crímenes”

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[1] Cahiers pour une morale, Editions Gallimard, Paris, 1983, pág. 11.
[2] Ratzinger, J. Libertatis nuntius Instrucción sobre algunos aspectos de la “teologia de la liberación” (Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 Agosto 1984) / “Presupuestos, problemas y desafíos de la Teología de la Liberación.” Paramillo 5 (1986): 574-580. También en La Segunda, Santiago de Chile, jueves 5 de enero de 1984, pp. 15-16; Tierra Nueva 49/50 (abril-julio 1984): 93-96 / 95-96. Edición digital preparada por Holly Ann Hughes. Marzo de 2004.
[3] El desánimo de Günther Anders respecto al pacifismo recuerda al de Dennis Meadows en el campo del ecologismo. Meadows, como se sabe, fue el coordinador del informe del Club de Roma sobre los Límites del crecimiento, el estudio que en 1972 daría el pistoletazo de salida al movimiento del ecologismo político. Mucho tiempo después, en una entrevista de 1989, al ser preguntado si aceptaría realizar hoy un estudio semejante, respondía: “Durante bastante tiempo he tratado ya de ser un evangelista global, y he tenido que aprender que no puedo cambiar el mundo. Además, la humanidad se comporta como un suicida, y ya no tiene sentido argumentar con un suicida una vez que ha saltado por la ventana” (Der Spiegel, nº 29, 1989, pág. 118.
[4] Günther Anders, Llámese cobardía a esa esperanza, Besatari, Bilbao, 1995.
[5] Cfr., en castellano, Nosotros, los hijos de Eichmann y Más allá de los límites de la conciencia, Paidos. La obra más importante de Günther Anders es Die Antiquierheit des Menschen.
[6] La fiebre del coltan (Ramón Lobo, Diario El País, domingo, 2 de septiembre de 2001).
[7] Franz J. Hinkelammert (Berlín, 1931), economista y teólogo de la liberación, ganador del Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2005 del Ministerio de Cultura de la República Bolivariana de Venezuela, con su libro El sujeto y la ley. El retorno del sujeto reprimido, Euna, Costa Rica, 2005.
[8] Algunas referencias para el seguimiento del tema:
http://www.rebelion.or/noticia.php?id=43604
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=43581
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=44188

[9] Quizá resulte interesante la siguiente entrevista con un comandante colombiano del ELN, guerrilla que se reclama heredera del pensamiento del sacerdote pionero de la teología de la liberación, Camilo Torres: Cuatro intelectuales españoles se reúnen con el Ejército de Liberación Nacional de Colombia (Santiago Alba, Carlos Fernández Liria, Belén Gopegui y Pascual Serrano entrevistan a Milton Hernández, comandante del ELN) Cfr.: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=9100

38 comentarios
  1. reyego dijo:

    Blanco y en botella: “Para dejar de jugar al ajedrez y comenzar a jugar al parchís hay que cambiar de tablero. Si no, lo único que se logra es perder el juego, y el juego del ajedrez, no del parchís.”

  2. mario dijo:

    Estoy de acuerdo pero al reves, las estructuras no son nada sin las personas que la componen.
    Que mas da el sistema si las personas que lo componen no tienen una estructura etica interna.

    Que mas da atacar los centros de poder si las personas que lo componen salen ilesas con el mismo poder o se ponen otros centros de poder compuestos por personas que no son integras eticamente.

    No es una crisis de estructuras sino de la vision actual que tiene el ser humano sobre la vida.

    Lo bien visto es la vida hedonista ni mas ni menos, el resto son pamplinas.
    Lo bien visto es un buen coche, una buena casa y al vagabundo mirarlo con cara de pena.

    Comtemplen un rato la television y los anuncios y solo existe la libertad para dar rienda suelta a las pulsiones basicas y animales.

    Todo aquello que suene a cultivar el DOMINIO de esos pulsiones animales(ley de la selva ,competitividad capitalista, ley del mas fuerte fisicamente, ejercito, venganza) sera catalogado como retrogado, antiguo y como algo muy pesado y aburridoy como si diera algo de asco.
    Precisamente el dominio de esas pulsiones basicas de egoismo animal es lo que conlleva a la verdera libertad con mayusculas y a que florezcan las caracteristicas humanas como son la caridad, solidaridad, amor, alegria, altruismo, arte, dios…..

    Asi pues, se tendran que valorar otras visiones distintas de la vida y del fin de la vida para poder empezar con una verdadera revolucion perdurable en el tiempo.

    Toda revolucion violenta o armada dura lo que dura el violento en cuestion.

    Abogo por televisiones que condenen la violencia del lado del que venga y cultiven la concordia el poner la otra mejilla y el dialogo como el verdadero camino de la libertad y de la compresion.
    De la renuncia a la violencia surge la libertad de conciencia.

  3. reyego dijo:

    De la renuncia a la violencia surge lo que dices… y de los porros surgen estos posts.
    Madre mia…

  4. Mario:

    1. La “estructura ética interna” de las personas, como tú dices, depende de las estructuras en que las personas viven y actúan. Por lo tanto, la “visión actual del mundo” de la que hablas (o lo que otros llamaríamos “ideología”) es un producto de las estructuras.

    2. Hablar de la “violencia”, la “libertad”, el “diálogo”, etc. en sí mismos es no decir nada, y peor, es no querer entender nada.

    3. La división entre lo “animal” y lo “humano” que estableces me resulta confusa. ¿Hay ardillas que poseen canales de teletienda, dando rienda suelta a sus impulsos animales?

    No tengo tiempo de responder a lo demás, pero ése es más o menos el núcleo de mi respuesta. Me voy de viaje y no podré mirar el blog en unos cuantos días.

  5. La perpelejidad inicial de la que habla el texto es algo que comparto: cómo se puede seguir apoyando a personas que han demostrado abiertamente toda falta de ética o de moralidad o de compromiso para con la función que ocupan, en este caso puntual, estos presidentes que enarbolaron tan grandes mentiras y después como si nada.
    Ahora, cuando el texto apunta a que uno se sienta culpable por pertencer a las estructuras, que serían lo que está corrupto en sí, ahí empieza a desdibujarse todo un poco. Quiero decir, que la supuesta solución de no aceptar este mundo injusto, no es una solución ni un camino; el camino del NO no es un camino. Hay que decir sí a algo para tener a dónde ir.
    Dice que no basta con dejar de hablar por movil, hay que renegar de la estructura completa… vale, pero puesto en positivo, ¿eso qué es? ¿formar otro partido de izquierda? ¿pasar a formar parte de uno ya existente dónde no se puede llegar a acuerdos sobre cuestiones mínimas?
    Hablar de las Estructuras como algo concreto y existente es peligroso, porque las estructuras son las relaciones entre elementos, y no elementos en sí, entonces se empiezan a buscar materializaciones del concepto “estructura” y se ven cosas que no existen.

  6. creo un poco en la micropolítica de Foucault: en tus relaciones inmediatas, ¿reproduces o no las relaciones de poder? ¿impones, te sometes, te dejas explotar, explotas a alguien, te explotas a tí mismo, usas a alguien para un fin, objetualizas a alguna persona, mercantilizas tus afectos?
    Tal vez lo macro es una consecuencia de lo micro, aunque lo determine y lo condicione en mayor o menor grado.

  7. reyego dijo:

    A ver si nos aclaramos, Fernández Liria no pretende responder a “las grandes preguntas de nuestro tiempo”, ni aventurarse en ese rollo pseudofilosófico que parece tanto gusta.
    El problema que plantea es mas mundano: la idiotez de creer que el sistema es un buen sistema pero con unos usuarios nefastos. Una idiotez simple pero que es uno de las grandes mierdas del “pensamiento” politico en democracia (si no la mayor).
    Ya sabeis,la cosa esa que llaman política, que es mas fea y da para mucho menos que Foucault y las pulsiones pero bueno…

  8. pues para decir sólo eso, que te hubiera llamado a tí y a tu poder de síntesis, en vez de meter en medio a Arendt y al marido, a Sartre, y tantos rollos extra-mundanos.
    ¡Vaya totorrón este CFL!

  9. reyego dijo:

    No tengo ningún problema con el artículo de Fernández Liria, todo lo contrario.
    Pero es que leo cosas como “¿impones, te sometes, te dejas explotar, explotas a alguien, te explotas a tí mismo, usas a alguien para un fin, objetualizas a alguna persona, mercantilizas tus afectos?
    Tal vez lo macro es una consecuencia de lo micro, aunque lo determine y lo condicione en mayor o menor grado” y chico, que quieres que te diga…

  10. Por supuesto, un ídolo, una luz en el camino, una senda de sabiduría, un Norte…

  11. igualmente creo que Liria apunta exactamente a pensar en como actuar en consecuencia con una conciencia ético-política, y no quedarse sólo en un diagnóstico pasmado.
    Qué quieres que te diga, tu tono agresivo y descalificador es micropolítica, pretendes imponer un nivel de discurso burdo, de blanco o negro, descalificando al que quiere expresarse de otro modo, ridiculizando al que intenta decir algo que no tienes ganas de interpretar.
    Allá tú, macho.

  12. reyego dijo:

    me aburro.
    Perdona por haberte objetualizado

  13. Da igual, no me tomes en serio, que estoy muy loco

  14. reyego dijo:

    A mi tampoco jeje

  15. Más cháchara resumible, a los intelectuales que sólo ejercen como tal y lo convierten en profesión les falta capacidad de síntesis.

    Con perdón.

  16. estoy de acuerdo en que el texto de Liria se ramifica de más y terminas perdiendo lo principal.

  17. Por cierto, respecto a Luis Almirante Brown, no sé si conoces a Luis Alberto Spinetta, que es la inspiración del personaje, su banda de principios de los 70, Pescado Rabioso, tiene un disco que se llama Artaud, de ahí el título del sketch, “Artaud para millones”

  18. No es una mala definición para divagar.

  19. Por cierto, respecto a Luis Almirante Brown, no sé si conoces a Luis Alberto Spinetta, que es la inspiración del personaje, su banda de principios de los 70, Pescado Rabioso, tiene un disco que se llama Artaud, de ahí el título del sketch, “Artaud para millones”

  20. ¿quién habrá sido el miserable que habrá asentado la idea de que la síntesis es siempre una prioridad?

  21. habrá, habrá….

    Expresar una idea haciendo alardes de retorica y/o dando datos que poco aportan al concepto, datos que son poco más que intentos del autor de lucir todo su conocimiento del tema, cuando todo esto ocurre….se podría llamar masturbación y exhibicionismo Don Pablo.

    Son ganas de exhibirse, no de comunicar.

    Rodear de palabras el concepto sólo de servir a facilitar la comprensión, si no es así es mejor obviar toda la paja.

  22. Siendo de un estilo de música similar y de la misma época prefiero a estos Don Pablo:

  23. no sé si es cuetión de andar prefiriendo.
    igualmente me han molado los traperos

  24. Tiene usted razón, no es cuestión.

  25. Jucheano dijo:

    ¿Se ha leído alguien el texto con un poco de reflexión?
    Leyendo los comentarios parece que o no se entiende o no se quiere entender nada.
    precisamente estas ideas dan al traste con la ideología dominante, esa que nos han medido a “cucharones” y a la que parece que muchos no pueden renunciar.

  26. reyego dijo:

    ¿A qué ideas te refieres?

  27. El comentario de Jucheano podría encajar en cualquier post de cualquier blog.

  28. Jean-Luc Delacroix dijo:

    No sé si es posible corregir por completo el estado actual de las cosas dentro de este sistema pero tampoco sé si dentro de otro sistema no acabaríamos en lo mismo. O, si de juegos hablamos, ¿por qué cambiar al parchís cuando ya sabemos cómo jugar al ajedrez? Lo que nos hace falta es aprender a ganar. Nada ni nadie nos garantiza que, con cambiar de tablero, podamos concienciar a la humanidad. Y, en cuanto a lo de dejar de beber coca-cola o no usar el móvil, yo digo que por ahí debemos empezar. Aunque parezca una tontería y tal vez lleguemos a la conclusión de que no podemos ni respirar porque eso también contribuye a un crimen, el simple hecho de investigar sobre nuestra aportación a un sistema despiadado llevaría, siquiera en aquellos que no son del todo zombies, a actuar en contra de aquél.

    Sé que todo esto suena un tanto utópico -creer que una humanidad, que de por sí ha permitido que las cosas lleguen a este (des)nivel, de repente se despierte y diga: “¡Joder! ¿Ahora cómo le hacemos para rectificar todo esto?” Pero, como buen hijo de verdaderos hippies, prefiero mantener cierto optimismo respecto al futuro y a la humanidad. Aunque al momento no se me ocurre nada, estoy seguro que hemos hecho algo de provecho. Por ejemplo… digo… qué tal el… bueno…

    En fin, cuando se me ocurra algo…

  29. Bueno, la cuestión sería si es posible ganar al ajedrez cuando uno no ha podido previamente decidir nada sobre sus reglas y éstas, por otra parte, están dirigidas a hacerle perder una y otra vez (aunque a veces se puedan ganar pequeñas batallas y cambiar -levemente- algunas reglas -esto es, hacer reformas).
    Creo que lo mejor del artículo es que no cae en ese moralismo – tan extendido – del boicot a todo. Espero que se me entienda bien: estoy de acuerdo con el boicot como herramienta política, pero siendo muy consciente de sus limitaciones – que son muchas, como el artículo indica- por la complejidad del sistema en que vivimos. Porque lo más importante, aparte de no comprar esto o lo otro, ocurre al nivel ideológico. De ahí los dos “mandamientos” que señala Fernández Liria: 1)ponte a estudiar economía; 2) hazte comunista (opcional).
    La partida de ajedrez que ha transcurrido en los últimos, digamos, 30-40 años, ha mostrado varias cosas, y entre otras, ésta: la profunda crisis de la izquierda. No es sólo que el capitalismo haya logrado desarrollar su programa en todo el mundo, y que mientras tanto hayan caído las referencias -discutibles, pero ese es otro asunto- de la izquierda, como la URSS y similares. Eso son las consecuencias a nivel político. Pero la crisis ideológica de la izquierda es mucho más profunda: la sensación de derrota, el estupor ante la complejidad del sistema, la ausencia de propuestas y alternativas. Todas ellas la base de la actual pasividad y actitud de retirada en la que ha vivido la izquierda en las últimas décadas.
    ¿Qué hacer para salir de eso? Por supuesto, yo tampoco tengo ninguna alternativa mágica para salir inmediatamente de esta situación. Pero lo que apunta el artículo me anima. Curiosamente, la izquierda, en medio de este escenario de derrota generalizada, ha olvidado algunas de sus aportaciones más notables. Entre ellas, la teoría marxista. Que, por supuesto, no es un recetario mágico de aplicación inmediata, ni una palabra sagrada que haya que seguir a rajatabla. Pero que sigue estando vigente en algunos de sus puntos fundamentales. Y eso ya es bastante, por cierto.
    Quizá, lo que podría hacerse (lo que podríamos hacer) es tratar de volver a combatir en el nivel ideológico. Tarea difícil, por la potencia de los medios de comunicación. Pero decisiva, por la misma razón. Intentar mostrar las deficiencias y contradicciones entre el discurso democrático capitalista, y las acciones que el propio capitalismo lleva a cabo. O señalar el autoritarismo y el dogmatismo presentes en el relativismo posmoderno. O la reducción de la historia al que se dirigen.
    Y mientras tanto, por el camino, tratar de ir articulando un nuevo tipo de organizaciones capaces de volver, desde ese cuestionamiento ideológico, al nivel político. Y al nivel económico, por supuesto: al menos la crisis, con todas sus terribles consecuencias, puede servir para mostrar a alguna gente, cómo funciona de veras esto del capitalismo.
    En fin, todo esto es muy general, claro. Pero se trata de discutir (que por sí, ya es, al menos, un acto político -minúsculo, eso sí, pero algo es algo). Y en eso estamos.

  30. Jean-Luc Delacroix dijo:

    Me parece bastante coherente tu análisis del artículo, Vicente. Te felicito.

    Sin embargo, me sigo quedando atrás en una cosa. A ver si me puedes ayudar… Estoy de acuerdo con lo que dices sobre las reglas y cómo éstas están preparadas con el fin de hacernos imposible la victoria (total). Dicho esto, ¿qué crees tú que propone Liria cuando habla de la necesidad de ¨cambiar de tablero¨? ¿Acaso sugiere un golpe de estado a nivel mundial? ¿Propone derrocar al sistema entero? ¿Será, simplemente, una mala analogía de su parte? O, ¿soy demasiado bruto para entender? :p

    Respecto a lo que dices de combatir a nivel ideológico y lo difícil que es debido a la potencia de los medios de comunicación, yo digo que ahí hay que mantenerse firme. Aún es posible emitir mensajes subversivosque resulten en mejorías o reformas, relativo al sistema dominante, a través de ciertos medios (por ejemplo, tu blog y los de otros). Además, no es sólo un lujo de los privilegiados. Hace unos años leí un artículo sobre un proyecto que se realizó en África en el cual se les dió móviles a un grupo de mujeres para que éstas pudieran reportar, tras SMS, violaciones en contra de sus derechos humanos.
    Es posible modificar y mejorar el sistema usando los elementos y las estructuras del mismo. Claro, no digo que es la única alternativa, pero tampoco hay que darnos por vencidos.

  31. He pegado una nota aclaratoria de Fernández Liria al comienzo del artículo.

    Jean-Luc:
    ¿Qué propone Fernández Liria? No lo sé exactamente. Es cierto que habla de la violencia, y su mención a Günther Anders es muy interesante. Pero creo que cuando habla de “cambiar de tablero” lo hace pensando en que no es posible plantear reformas dentro del capitalismo, sino que hay que entrar en otro terreno, hay que cuestionar el propio sistema. No necesariamente de forma violenta. Pero está bien pensar en cómo se reparte la legitimidad entre unas violencias y otras.

    Sí, es cierto que es posible hacer mejoras dentro. Es cierto también que el actual sistema ofrece instrumentos que ayudan a su crítica y -quizás- transformación. Marx -qué sorpresa- dijo aquello de que el capitalismo porta las semillas de su propia destrucción. En ese sentido sí, es posible cierta mejora. Pero las mejores reformas, creo, son las que provienen de una crítica en profundidad del sistema, desde fuera del mismo. Que luego desemboquen en una simple reforma, es una consecuencia de esa crítica. Y conseguida aquella, hay que volver a ésta. Una y otra vez.

  32. Jean-Luc Delacroix dijo:

    La nota justifica siquiera el tono del artículo. Gracias por eso.

    Lo último que mencionas, me recuerda a los rizomas de Deleuze y Guattari. En fin, ya dejo de fastidiar.

    Felicitaciones por tu blog. Lo visito con frecuencia, no sólo para practicar el idioma, sino porque me entretiene el contenido. Es bueno saber que no todos los blogs son basura. Suerte y sigue adelante.

  33. Bueno, no sé si recordará a Deleuze y Guattari. En realidad creo que tiene más que ver con una vieja palabra, bastante olvidada y muy denostada ahora, al parecer mucho menos sexy que el postestructuralismo: dialéctica.

    Gracias por las felicitaciones. Pasa por aquí cuando quieras, y comenta. Anima bastante saber que esto le interesa a alguien.

  34. me gustaría conocer ese lugar maravilloso desde dónde brota la crítica pura, ese lugar llamado “fuera del sistema”. Se parece mucho al Paraíso.

  35. Tienes razón, Pablo. No está bien explicado. Disculpas. Precisamente como materialista no pienso en una “crítica pura”, sino en una que surge de lo previamente existente. Por eso es cierto, no hay un lugar “fuera del sistema”. Sí que lo hay, en cierta manera, si nos referimos, en el nivel político, a organizaciones extra-parlamentarias. Creo que mezclé los dos niveles, el político y el ideológico. En cualquier caso, lo que quería decir es que no basta con plantear una crítica parcial del sistema, sino que hay que intentar conocer sus mecanismos, su lógica (Primer Mandamiento), para después criticar esa misma lógica, y no sólo algunos de sus efectos. Y después intervenir políticamente (Segundo Mandamiento).
    En el fondo, es lo que dice Zizek: la izquierda contemporánea, buena parte de ella, se ha hecho “fukuyamista”, ha aceptado seguir el juego de intentar darle al capitalismo un rostro humano. Hay que volver a la economía, al estudio en profundidad, que permita a la izquierda criticar más sólidamente el capitalismo. Sería un paso para, con el tiempo, volver a levantar una alternativa a éste. No es un camino fácil, desde luego. Pero creo que no queda otra. Lo que no podemos es seguir enumerando y lamentando síntomas aislados, luchas particulares (importantes, desde luego), sin conectarlos con otros.

  36. Yo creo que profundizando en lo económico, se llega al encuentro de la idea general de que el Estado, con intereses ajenos a la ganancia, regule la economía, en función de igualar la distribución… No hablo de algunos parches socialoides, hablo de control de la energía, del crédito y regulación de la ganancia… pero eso, ¿no termina dando lugar a la estructura de capitalismo socialdemócrata o a la fascista?
    Interludios reponedores en el devenir liberalista.
    Creo que económicamente, prescindiendo del estado, una aproximación a los ideales podría consistir en la participación del empleado en la ganancia o plusvalía, en lugar de cobrar un sueldo fijo… supongo que eso tiene que ver con la autogestión y la cooperativa, pero mientras el resto del sistema sea estrictamente capitalista, una empresa de este tipo se encuentra en riesgo permanente.
    sí, definitivamente, hay que estudiar economía… y tantas cosas más!

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