Entrevista: Francisco Ferrer Lerín.

No tengo ni idea de porqué no estaba todavía en el blog esta entrevista con Francisco Ferrer Lerín que una vez hice para la revista Eclipse. Revista literaria universitaria, de Zaragoza. Creo que fue en el número 6, publicado en algún momento del año 2006, ya no recuerdo ( ¿en el otoño? ). Acababa de salir Níquel, su vuelta a la escritura después de muchos años, lo que para algunos de los que estábamos por allí significó todo un acontecimiento.

Ya ha pasado algún tiempo, pero en fin, la pongo aquí. Y aprovecho así para mandarle un saludo a Paco.

Entrevista: Francisco Ferrer Lerín.

Vicente Rubio Pueyo.

No es la primera vez que se habla de Francisco Ferrer Lerín en estas páginas. En nuestro anterior número ya apareció una reseña sobre Níquel (Mira editores,2005), el último libro y primera novela de este interesantísimo escritor de trayectoria muy poco habitual. Más que una reseña, puede decirse que se trataba en realidad de una declaración de perplejidad por parte de este lector.

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) es autor de tres libros de poemas: De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (Barcelona, 1987), este último quizá no tanto un poemario como un conjunto misceláneo de textos. Estos tres libros, más una serie de textos inéditos, van a ser publicados próximamente bajo el título Ciudad propia. Poesía autorizada (Artemisa, 2006).

Ferrer Lerín reside en Barcelona durante su infancia y juventud, dedicado a diversas actividades. En un momento dado, a finales de los años sesenta, abandona Barcelona y lo que para muchos podía ser la continuación de una prometedora carrera literaria para fijar su residencia en Jaca, con el fin de dedicarse al estudio y repoblación de las aves necrófagas del Pirineo. Desde entonces reside allí, si exceptuamos un breve retorno a Barcelona, a comienzos de los años setenta, para integrarse en el equipo asesor de Barral editores.

La publicación de Níquel nos ha devuelto la figura de Francisco Ferrer Lerín, aquel legendario “padre nutricio de la generación novísima”, a un mundo literario tal vez demasiado dado a la mitificación, la mitomanía propia de quien sólo puede concebir el abandono de la actividad literaria como un gesto heroico, una suerte de sacrificio incomprensible (¿qué puede haber mejor que la dedicación de una vida a la literatura?, parece querer decirse) que sólo puede responder a un carácter extravagante, movido por extrañas motivaciones. El carácter abierto, natural y agradable de esa extraordinaria persona que es Francisco Ferrer Lerín desmiente y desconcierta a quien se acerca a él con este tipo de aproximaciones, y hacen pensar en que las razones de aquel lejano abandono de la vida literaria tal vez sean mucho más humildes y prosaicas. Y con ello, quizá, realmente más interesantes.

Es por esto que esta conversación trató de ser , en lo posible, concreta y cercana, con el fin de dar un reflejo próximo de Francisco Ferrer Lerín, y no tanto del personaje que, por unas razones u otras, se ha venido creando desde diversas instancias. Resultaba, de todos modos, complicado hacerlo, por la enorme cantidad de facetas que este biólogo, escritor, asesor editorial, jugador de póquer y excelente conversador reúne.

-Podemos empezar hablando de Níquel: ¿Cómo fue el proceso que te llevó hasta la novela? Pasaste mucho tiempo sin escribir, o tal vez escribías pero no publicabas…

No, no escribía. Cónsul salió en el año 87, pero de hecho todos los relatos y poemas recogidos allí son muy anteriores. Yo dejé de escribir prácticamente cuando me vine aquí a Jaca, a trabajar al Centro del CSIC, aunque luego volví a Barcelona cuando Carlos Barral se separó de Seix Barral, y creó su propia editorial, y me llamó para formar parte del consejo editorial. Entonces era hacia el año 71, cuando yo dejé de escribir.

Se dieron una serie de circunstancias, hace cuatro o cinco años, cuando me llamaron para dar una conferencia en Barcelona, en el Instituto Francés, dentro de un ciclo llamado “La pasión”, para el que me llamaron a mí para hablar, cómo no, de la pasión del juego. Hablé sobre Dostoievski, El jugador, todos los tópicos…Pero a raíz de aquella conferencia, que tuvo un éxito delirante, como todas mis cosas, gran respuesta popular, me abrazaron a la salida. “Has de volver, has de volver”, me decían. Además era gente que no conocía, no sabía quiénes eran, pero que parece me estaban esperando. Entonces uno de ellos me puso en contacto con Frederic Amat, un artista plástico, que además había rodado por aquel momento dos mediometrajes: uno a partir del único guión cinematográfico que había escrito García Lorca (Viaje a la luna), y otro con el único guión de Joan Brossa. Cuando se enteró de mi existencia, de la existencia de este personaje así un poco de leyenda, se puso en contacto conmigo para hacer algo juntos. Por aquellos años, una cadena local, BTV, me hicieron un reportaje que duraba una hora y cuarto, Amat vio que ya estaba todo hecho a ese nivel, y me pidió que hiciese un guión. Escribí ese guión en tres meses. Hablaron con un productor, se buscaron incluso las localizaciones, y a un actor joven, Jordi Vilches, para que hiciese el papel protagonista. Pero al final, como suele ocurrir con estos proyectos, se excedieron los presupuestos iniciales, y la idea se abandonó. Pero claro, yo tenía entonces ese guión ya escrito, y algunas personas, como Félix de Azúa y otros, me sugirieron la posibilidad de escribir una novela a partir del guión. La novela es una hija del guión. De hecho, cuando la novela está ya terminada, yo pretendo añadir, a modo de coda de la novela, el guión inicial, pero claro, yo comprendo que para un editor, eso resulta algo complicado, rebuscado. Al fin y al cabo, guión y novela tratan en el fondo de lo mismo, porque en mi literatura ha estado siempre presente el mismo tema: la búsqueda del padre.

Una vez hecha la novela, la puse en manos de una agencia literaria barcelonesa muy importante, y ellos me aseguraron que tenían en sus manos un “boom” editorial. Pasaron semanas, meses, años: fui insultado, vilipendiado, empujado, me llamaban mal catalán, etc. y ese manuscrito quedó perdido por algún cajón del mueble de la cocina, me parece.

Pero alguien luego aquí, en Aragón, me puso en contacto con Joaquín Casanova, de Mira editores, que inmediatamente apostó por mi, y la novela salió muy poco tiempo después. Después de casi cuatro años de tener la novela muerta de risa, ésta salió a los pocos meses.

-¿Cuál fue la experiencia de escritura de Níquel, o de aquel guión inicial? Al llevar tanto tiempo sin escribir, ¿qué tipo de sensaciones, de vacilaciones, tuviste?

No me costó absolutamente nada volver a escribir, y eso que nunca he escrito narrativa, y menos guiones cinematográficos. Yo supongo que tengo una especie de “don divino”, e inmediatamente, en cuanto me siento –en este caso- ante a un ordenador, viene a ser como aquello de “decíamos ayer…”, y reemprendo el ejercicio de la escritura. El ejercicio de la escritura es muy gratificante, en tanto tienes en ese momento la capacidad de modificar el mundo, mi mundo. Reconstruir, replantearse todo ese tipo de cosas que uno piensa cuando se va a la cama por las noches y no puede dormir, las cosas que te hubiese gustado hacer y que no has hecho, etc. Y todo eso luego lo puedes plasmar en una novela. Nunca utilizaré esa expresión que suelen decir los escritores, aquello de que “me he divertido mucho” escribiendo, porque creo que eso es ofensivo para el lector –un señor que paga para comprarse un libro merece mucho más que el hecho de que el autor se haya divertido-. He trabajado, y he trabajado duro, en esta novela. La novela se escribió en cuatro meses, con una serie de correcciones y cambios en fases posteriores.

Tuve un par de satisfacciones importantes con el libro. La primera de ellas es que Joaquín Casanova hizo con la novela algunas lecturas ciegas, dieron la novela a un par de personas, sin que éstas supiesen quién había escrito aquello que leían. Y estas personas me reconocieron. Teniendo en cuenta que hacía veinte años –yo ya he perdido la noción del tiempo- que yo estaba apartado de todo este asunto literario…supongo que vieron que era una cosa tan dislocada, tan enloquecida, que dijeron “esto solamente lo puede haber escrito Ferrer Lerín”. Eso me hizo cierta ilusión.

-Sobre la estructura del libro: la novela está organizada por capítulos breves, fechados, y éstos a su vez divididos en pequeños subcapítulos, de pocas páginas. ¿Esa estructura es consciente, deliberada? ¿O de alguna manera te facilitaba la escritura, al tratarse muchas veces de recuerdos personales, de historias muy distintas entre sí?

Ahí hay varias cosas. La primera quizá es que yo soy alguien a quien lo que más le preocupa en la vida es que la gente se aburra conmigo, que lo pase mal, resultar un coñazo. En ese sentido, la estructura de la novela canónica, esa estructura convencional, me asustaba un poco. Quizá yo no estaba capacitado tampoco ahora mismo para escribir de esta forma. La novela está pensada tal vez con esa estructura a la que aludes, una estructura digamos memorialística, o casi de diario, aunque a veces no respeta un orden cronológico. Está un poco pensada como una serie de relatos que fueran de alguna manera independientes. En mi próxima novela, que es deudora de ésta, esa idea se lleva ya hasta las últimas consecuencias, porque allí se encuentran ya relatos con títulos del todo independientes, aparentemente, unos de otros, aunque con un hilo que los une a todos. Níquel está pensada así: a pequeños flashes, episodios sueltos, que yo quería reflejar y acotar temporal y geográficamente.

-Hay en la novela un deseo de dar orden a una serie de elementos, algunos hechos biográficos, por ejemplo, pero además el protagonista, Pablo Amatller Moragas, muestra un gusto insistente por las clasificaciones, los diccionarios…

Bueno, eso son elementos que en cierta manera forman parte de la biografía del autor, que es a veces más un científico que un artista. Cuando la gente me dice algunas veces “Qué bien, tú que estás ahí en el campo te podrás inspirar”. A mi la naturaleza no me inspira en absoluto. Yo realmente para sentirme inspirado, todo eso de las musas y tal, necesito estar en una ciudad, cuanto más corrompida mejor. Quizá más que corrompida, sedimentada, aposentada. A mi la naturaleza me produce un placer estético, pero lo que a mi me gusta de la naturaleza, lo que yo leo en la naturaleza, es siempre a través de una visión científica clasificatoria. Cuando veo una especie animal que no conozco, corro rápidamente a mi casa a buscar en los manuales, porque no quiero que se me escape nada, y me gusta mucho clasificar esas especies. Ese gusto por las listas, por los diccionarios: no hay que olvidar que yo quise hacer mi tesis doctoral sobre los ornitónimos del Diccionario de Autoridades. Todo esto se relaciona además con el Bestiario, que por cierto va a salir en los próximos meses, acompañado de una serie de grabados de época a modo de portadillas de las diferentes secciones. En definitiva, sí, efectivamente todo gira sobre ese mundo de la clasificación, del acotamiento.

-Más tarde podemos volver sobre la naturaleza. Dentro de esa estructura fragmentaria de la novela, hay algunos textos que tú habías escrito previamente. Un artículo para El País, por ejemplo…

Bueno, son insertos. Cuando uno escribe una novela se da cuenta de que tiene, por unas razones u otras, una cierta cantidad de textos inéditos, que a uno no le molestan del todo, y que puede encajar de una manera u otra en la novela, que termina siendo algo así como un cajón de sastre. Ese texto que mencionas, El muladar, iba a acompañar unas fotografías extraordinarias de un fotógrafo alemán para El País Semanal. Al final no se pudo publicar por una serie de problemas políticos con el fotógrafo en cuestión, pero apareció tiempo después en la revista Lateral, recientemente desaparecida. Así que ese texto en concreto no es realmente inédito. Hay otros textos que sí son inéditos, o que han aparecido en prensa, pero han sido modificados después, y quedan más tarde engarzados en la novela.

-Eso a ti te sirve, además, para potenciar un cierto juego de confusión entre autor, narrador y protagonista. Los textos aparecen firmados por Ferrer Lerín, un pseudónimo del protagonista. Hay algo de juego borgiano ahí, esa atribución de textos…

Esto es exactamente así. Hay una reseña en un blog, La joie de lire, donde el autor comenta que lo que más le sorprende es precisamente eso, ese juego de los pseudónimos. No se sabe a quién corresponde ese pseudónimo: al autor, al protagonista…que se van solapando. Y ahí yo pretendo efectivamente establecer ese juego. Entre otros juegos que hay en la novela, porque ahí también hay una subtrama, que parece que no ha sido entendida, o que tal vez yo no he explicado bien, o no he querido explicar suficientemente bien. Se trata de una subtrama confeccionada a partir de “hechos casuales” que le ocurren al protagonista, y sobre las que éste tiende a preguntarse: ¿esto es fruto de la casualidad o es que hay alguien que mueve los hilos desde arriba?

-Ese es precisamente uno los puntos sobre los que queríamos preguntarte a continuación. En algunas ocasiones, el protagonista declara encontrarse, o sospechar que se encuentra, ante una “trama monumental”. Por otro lado, está el trabajo que el mismo protagonista debe realizar para ese misterioso instituto de prospectiva. Hay una cierta “teoría de la conspiración” en la novela.

Bueno, eso forma parte de un juego dentro de la novela, evidentemente. Hay que tener en cuenta que el autor de la novela es una persona educada en unos años determinados, en los jesuitas, donde la Iglesia, de la Religión y de Dios están muy presentes. Eso del ser superior, que está ahí arriba, moviendo los hilos, supongo que es algo sobre lo que se fundamenta nuestra cultura. Pero claro, como el autor resulta que es ateo, tiene que buscar esos hilos en otro sitio. En aquellos años, cuando el autor vivía con sus padres, en la Diagonal, en el piso de arriba estaba la CIA, que tenía allí una oficina. Por aquel entonces había unas antenas gigantescas en la playa de Pals, en la Costa Brava, desde las cuales se emitían programas, grabados en EEUU, para Europa del Este. Los programas llegaban a esa oficina. En la playa de Pals todavía se pueden ver esas antenas. Mi madre muchas veces se cruzaba, o subía en el ascensor con esos agentes de la CIA. Me acuerdo que solía decir: “¡Qué educados son esos espías!¡Qué gente tan estupenda!”. Así que yo, desde mi más tierna infancia, he convivido con todo esto.

Luego están estos institutos de prospectiva, que había varios. En estos centros se sabía que, en fin, Franco iba a morir, y a EEU no le interesaba que siguiera Carrero Blanco. No digo que esta gente pusiera aquella bomba, pero sí que, indudablemente, ayudaron a esto. Kissinger tuvo una entrevista con Franco y Carrero Blanco, pocos días antes del atentado. Kissinger volvió a EEUU, y se había dado cuenta de que el régimen podía sobrevivir, tal vez incluso llevando una línea aun más dura.

Estos institutos de prospectiva hacían estudios de mercado, prospectaban las posibilidades de éxito de un nuevo producto a lanzar, cosas así. Que luego el ejército, o determinadas centrales de inteligencia fuesen un paso más allá, y no sólo prospectaran, sino que digamos “empujaran” un poco la historia, para que se adelantaran un poco los acontecimientos, eso es posible. En cualquier caso, como ya te digo, cerca de casa había uno de estos institutos donde, como también cuento en la novela, se prepararon varias generaciones de profesores de la Universidad de Barcelona para venderles una imagen de los EEUU más favorable que la que entonces corría y sobre todo para preparar toda la catalanización del pueblo catalán, porque interesaba: bien, entraríamos en una democracia, pero interesaba asimismo que hubiera una espada de Damocles que pendiera sobe nuestras cabezas. Y ellos supieron, con mucha inteligencia, que los nacionalismos vasco y catalán iban a venir muy bien para eso. Íbamos a entrar en una democracia, pero íbamos a estar siempre en una situación de intranquilidad, con una ETA que ellos pudieron auspiciar en unos primeros momentos. Luego se les fue de las manos: pensaron que el nacionalismo iba a tener una fecha de caducidad relativamente corta, y ya vemos en lo que ha desembocado. Pero vamos, que todo esto existía, de una manera u otra.

-Lo que ahora nos interesa, en relación con estas cuestiones, es si se puede enfocar este aspecto de la novela desde un punto de vista político. No es que sea de las cuestiones más importantes de la novela, pero está ahí. Da la sensación, leyendo la novela, de que ésta presenta una visión sobre la Transición como algo bastante ficticio, una suerte de ficción colectiva que nos han vendido.

Sí. La novela no es política, y eso tampoco se pretende. En el sentido de literatura claramente política, quiero decir. Que la Transición no fue lo que nos estuvieron contando hace diez o quince años es evidente. Hoy, políticos de la talla de un Herrero de Miñón, un Roca, un Carrillo, etc. ya reconocen que aquello no fue así ni mucho menos. Los entonces llamados poderes fácticos, la verdadera reacción, el franquismo, siguieron durante muchísimos años. El poder, la capital, la banca, la policía, las fuerzas del Estado eran las mismas. Que EEUU interviniera en todo esto, no te quepa la menor duda. Y que en la novela, de algún modo, se puede reivindicar una revisión de ese periodo histórico, pues puede ser, pero eso no se pretende. Ahora bien, ese trasfondo está en la novela.

Luego allí está una de las grandes incógnitas de aquel periodo, que es el atentado a Carrero. Después de aquel atentado, los asesinos directos, aquellos que pusieron las bombas, fueron ya no interrogados, ni detenidos, sino que incluso se les facilitó la salida. Es decir, que probablemente no sólo estaba la CIA metida en aquello, sino que había cuerpos del Estado interesados en este asunto.

-Cambiando completamente de tema. Has criticado alguna vez, y de hecho lo has mencionado hace un rato, la simplificación literaria que suele hacerse de la naturaleza. El paisaje, los animales, vistos siempre como un pretexto para simbolizar. Creo que es una idea recurrente en ti, y está muy presente en Níquel. En ese sentido, las descripciones de lugares naturales, de animales (los buitres), resultan muy frescas, muy novedosas.

Ahí hay varias cosas. Una es que, desde la ciudad, siempre se ha tenido una nostalgia de lo rural, se ha mitificado el campo. De hecho, los primeros movimientos ecologistas, que yo prefiero llamar naturalistas, obedecían a unas razones puramente estéticas. Yo asistí a su nacimiento y hasta cierto punto fui pionero en Barcelona. De hecho, yo me entero de la existencia de buitres, esas plataformas de dos metros setenta que sobrevuelan nuestras cabezas, bastante tarde. Yo era aficionado a la naturaleza, aunque hasta entonces había trabajado sobre todo con reptiles.

Ahora va a salir una historia, te lo adelanto como primicia, en la revista Barcarola, donde cuento la que es quizá mi única experiencia homosexual, que yo tuve con un macho de lagartija. Esto es una historia fantástica, que yo no había recordado hasta hace poco. Se va a celebrar ahora algo –un centenario, no sé- sobre Ducasse, Lautreámont. Y me pidieron que hablara sobre Ducasse. Y entonces recordé esta historia. Recuerdo que un día, en una librería de viejo de Barcelona, se me acercó el recientemente fallecido Lorenzo Gomis, el fundador de la revista El Ciervo, y me preguntó sobre qué andaba buscando. Me recomendó un librito de Lautreámont, una edición de Pierre Seghers. Llego a casa, y al abrir el libro me encuentro una nota. El caso es que he llegado a un punto en que ya no recuerdo si esto es algo que ocurrió en realidad, es un producto de mi invención o lo he soñado. Pero lo que sí pasa es que en esa nota había una fecha para poco después –estamos hablando del año setenta y tantos- y una cita en el Parque de Montjuich. Yo acudo allí, espero y no aparece nadie. Pero encuentro un macho de lagartija –lacerta hispanica, un animal precioso. Yo me llevo el animal, entonces era muy aficionado a la herpetología, y convivo un tiempo con él. Con esos elementos yo construyo la historia que cuento en Barcarola.

Lo que quiero decir es que desde muy joven he tenido una relación intensa con los animales. Otro momento importante es el servicio militar, donde conozco a dos personajes clave: uno es el sargento Susanna, que me propone entrar en el servicio secreto militar, el SIM, y otro un autodidacta, que en la novela aparece como Baltasar Sistella, un ornitólogo. A mi los pájaros nunca me habían interesado, pero este Sistella me descubre los buitres. Yo me quedo impresionado: en un país como la España de aquellos años, que trataba de salir del subdesarrollo, López Rodó, el Opus Dei,…todavía sobrevuelan estos animales en busca de carroña. ¿Pero qué carroña?, pensaba yo, que era una persona absolutamente de ciudad. Y ahí entro en el mundo de la ornitología.

La ornitología yo la veo desde el primer momento desde el punto de vista estético, y sobre todo me procura un placer arqueológico. ¿cómo puede ser que estos animales todavía existan? Unos animales que a mi me retrotraen a la Edad Media, a los campos de batalla. Entonces creamos un grupo de naturalistas, y pretendemos recuperar la fauna necrófaga. Todo esto está reflejado en la novela.

En cualquier caso, son siempre unos postulados absolutamente estéticos, científicos y arqueológicos.

-En la novela el protagonista dice en algún momento: “Por la estética a la defensa del medio”.

Sí. Recuerdo que Javier Marías, que entonces vivía en Barcelona, me acompañó en algunas ocasiones. Marías, que es un poco simple pese a todo –aunque es un gran escritor-, me decía: “Pero claro Paco, tú en el buitre debes ver algún tipo de metáfora…”. Yo no veo absolutamente nada. Metáfora ninguna. Es un ir a lo concreto. Lo que a mi me interesaba realmente era pensar, creer, que los buitres seguían existiendo. Y de hecho en aquella época solía tener sueños en los que aparecían buitres sobre la ciudad de Barcelona, que terminaban metiéndose en las buhardillas al anochecer, y dormían y nidificaban allí. Esto era un sueño recurrente que tuve durante algunos años. Tiempo después esto ocurrió de verdad: un buitre se escapó de zoológico de Barcelona y estuvo merodeando por las azoteas del Ensanche. Las madres protegían a sus hijos. Tengo un recorte del Diario de Barcelona donde aparece una señora que tenía miedo de que su hijo perdiera los ojos porque el buitre se los iba a comer. Claro, ella confundía el cuervo con el buitre.

Bueno, a lo que me refiero es que mi relación con la ornitología viene del servicio militar, y siempre a través de esos postulados.

– Esta entrevista se incluirá en nuestro próximo número, dedicado al humor, tratado desde diferentes perspectivas. En Níquel el humor está muy presente: hay páginas muy divertidas, situaciones disparatadas, o a veces simples observaciones irónicas. Tienes unos procedimientos muy especiales: tu tratamiento de los personajes, de esa forma un tanto distanciada, por ejemplo. Queríamos preguntarte si efectivamente actúas así, y también, más en general, cuál es tu opinión sobre el humor, desde un punto de vista literario.

Hace mucho tiempo, en Barcelona, cuando escribí “Rinola Cornejo y el estrangulador de Boston” (texto incluido en Cónsul, n. del e.), conocí a Andrés Sánchez Robayna, que me hizo una entrevista para una revista de corte académico, llevada por los estudiantes de la Universidad de Barcelona. Nos reunimos en el Bar don Pancho (que aparece, por cierto, en la novela). Este hombre parecía muy preocupado, porque recuerdo que me decía que le gustaba mucho lo que yo escribía, pero que ¡empleaba el humor! A él le costaba entender que se pudiera escribir algo en serio, como escritor, pero al mismo tiempo intercalando esa ironía o ese tipo de pasajes. Eso es algo que se me ha repetido en varias ocasiones. Diferentes personas me han dicho que yo no llegaría nunca a ser un escritor –no sé si de verdad existen esas categorías- si no dejaba de emplear el humor. Parece que el humor es válido en la conversación, en la comunicación oral, pero nunca en la escrita, supongo que por todo aquello de que lo escrito perdura, las palabras se las lleva el viento, etc. Así, si alguien pretendiese, el día de mañana, recuperar a este o a otro escritor, que contaba estas cosas en este tono, parece que nadie se lo tomaría en serio.

-Ha habido siempre un desprecio del humor en el ambiente académico…

Sí, lo ha habido siempre. Hay una cosa interesante en eso que has dicho sobre el distanciamiento. Muchas veces las personas que usan o abusan de la ironía son personas tímidas. No son capaces de tomarse la realidad en serio porque eso les plantaría problemas. Una serie de televisión que a mi me parece maravillosa es Friends. Allí aparece un personaje que abusa continuamente del humor, hasta el punto de que los demás personajes nunca son capaces de mantener con él una conversación porque tienen miedo de que a la segunda ya les esté contando un chiste. Esto es algo que a mi me ha llegado a preocupar, porque a veces he creído que podía abusar de esto. Y como he conocido personajes como esos, personas que no eran capaces de mantener no ya una conversación literaria, sino cualquier tipo de conversación, eso me ha preocupado. Lo que pasa es que como yo a veces tampoco tengo ganas de frenarme, y tampoco quiero…

La utilización del humor para mi es fundamental, pero a veces llega un momento en que se me puede ir un poco de las manos. En la próxima novela, tal vez porque en ella se tratan algunos asuntos bastante fuertes, el humor está más buscado, más premeditado.

Ahora estoy abandonando un poco este énfasis en lo humorístico. De hecho, en Ciudad propia, el libro que va a aparecer próximamente, hay un bloque de inéditos que no voy a decir que sean trágicos, pero que entran ya en materias un tanto graves. Tal vez eso quiere decir que estoy ya cerca de la muerte, quien sabe. Supongo que el hecho de publicar unas poesías completas ayuda un poco a esa sensación. Voy a facilitaros las cosas y voy a morir pronto. Así, claro, el libro tendrá mas valor (Risas).

-¿Y ese cierto distanciamiento que muestras con lo que estás narrando, con los personajes y los asuntos que cuentas?

Tú te refieres a un distanciamiento de tipo casi científico. Tal vez. No lo sé. En cualquier caso, soy una persona que tiende a no tomarse las cosas demasiado en serio. Tiendo a relativizarlo todo. A veces he sido agredido por ello: aquí en Jaca, por eso que antes se llamaba “líos de faldas” y por cuestiones de carácter ideológico. A mi me colgaron aquí delante de mi casa un buitre muerto. Eso fue mucho peor que otras agresiones de tipo físico. También he sido agredido en Barcelona, por mi carácter no nacionalista. Sin embargo, tiendo a relativizar todas esas situaciones, incluso llego a comprender a veces a quien me agrede. Eso tal vez entre en ese proceso de distanciamiento que puede utilizar el humor para facilitar las cosas. Muchas veces, de todos modos, esto no se hace conscientemente, sino que forma parte de la manera de ser del autor. Soy así, y supongo que tiendo a ver la cara cómica de las cosas. Hay pocas cosas, de todas formas, que no permitan una aproximación humorística. Evidentemente, uno ve el telediario, y ve cosas que no hay por donde cogerlas. Pero la política más directa, la de partidos, por ejemplo, o asuntos como el del terrorismo, con un tratamiento humorístico podrían llevarse mejor.

No me refiero a la cuestión de las víctimas, por supuesto, sino al problema del nacionalismo, por ejemplo. Lo que ocurre es que el nacionalismo no tiene ningún sentido del humor, no tiene autocrítica, y es muy difícil hacer una aproximación de este tipo. Las cuestiones deben plantearse siempre en su terreno, de la forma en que las tratan ellos. Así nunca conseguiremos avanzar.

-Ya para terminar: has mencionado varias veces la próxima novela. Queríamos saber cómo la llevas, y si podías adelantarnos algo sobre ella.

Bueno, la llevo muy mal, la verdad. Cuando Níquel, como os he contado, parecía que iba a publicarse, y que iba a ser un boom, etc., me puse inmediatamente con la siguiente novela, y escribí de un tirón cuarenta y ocho páginas, en unos días. Como he dicho algunas veces, a propósito de la poesía, creo que escribo porque tengo un ruido en la cabeza, y ese ruido siempre se mitigaba en el momento en que me sentaba frente a una olivetti y expulsaba ese ruido en una especie de exorcismo, rellenando las hojas de papel en blanco. Todo esto que digo es un poco retórico, pero refleja en cierta manera lo que hay en mí de compulsivo en cuanto a escritor.

Escribí esas cuarenta y ocho páginas, y cuando vi que Níquel no salía, y que iba pasando el tiempo, me desanimé. Sobre todo porque considero que escribir es muy fácil. Lo que es dificilísimo es publicar. En condiciones. Hay gente que escribe y luego se autoedita. Creo que eso no funciona así, porque para algo están las editoriales. Y también para sacar algún rendimiento económico, que creo que es algo saludable para todos.

Ahora mismo la novela está parada. En este momento, Galaxia Gutenberg, que va a sacar próximamente el Bestiario, parece interesada. Les pasé aquellas páginas, y me dijeron que les gustaría verla terminada, con la intención, tal vez, de publicarla. El problema está tal vez en que la segunda novela, al ser deudora de Níquel, puede plantear problemas a quien no haya leído ésta. Además está el hecho de que las dos novelas estén publicadas en dos editoriales, muy distintas además.

La segunda novela recupera al hijo del protagonista de la primera, ese hijo engendrado por una felación, como recordarás. Recupera también ciertas situaciones, como Magán, donde se establece una casa familiar. Después hay una segunda parte, titulada “Barcelona”. Barcelona es mi ciudad, y voy a convertirla ahí en una especie de centro o foco de todos los horrores, toda la vileza, todo lo que es capaz de hacer el ser humano en cuanto a su poder destructivo, todo eso amparado en la gran ética ambientalista del autor, quien cree firmemente que todos los problemas del mundo están originados en la explosión demográfica y que justifican la existencia, en la novela, de estos grupos que se dedican a exterminar la raza humana.

El título de la novela, La bestia de Gevaudan, hace alusión a un suceso ocurrido creo que a finales del XVIII en el sur de Francia, cuando aparecieron cuerpos de adolescentes, de niñas y niños, destrozados, semidevorados. Se habló de un animal monstruoso, y todo aquello se mitificó. Se creó incluso un cuerpo especial de gendarmes destinado a exterminar a ese animal, y luego nunca se supo qué animal era. Se llegó a decir que era una hiena, o una pantera. Podría ser incluso que fuesen los nobles de la época, que se divertían asesinando niñas y niños, y después se deshacían de los cuerpos. Yo recupero levemente esa historia, una trama que por cierto ha sido utilizada en tiempos recientes por el cine francés. Hubo hace unos pocos años una película de gran presupuesto basada en esa historia. En mi caso utilizo esa historia a modo de pretexto: la novela habla sobre todo del Mal, la maldad humana.

3 comentarios
  1. marcelo dijo:

    mirenlo del punto de vista de cada bando y veran que todo es uno.
    no confien, todo tiene un punto con un encuentro, la verdad paresementira, y lamantira fantasia.
    todo es cierto, pero engañoso, no seremos iguales pero somos vida y eso nos hace uno con el univer

  2. reyego dijo:

    A mi también me gusta fumar, marcelo.

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