Después de la Teoría

El último número de Riff-Raff. Revista de pensamiento y cultura, incluye un dossier sobre el estado actual del hispanismo. Ha sido coordinado por un servidor de ustedes (con la inestimable ayuda de mis colegas y amigos Víctor Pueyo, Alberto del Pozo y Melissa Culver). Pongo aquí mi introducción.

Después de la Teoría: una introducción.

Vicente Rubio Pueyo.

En los últimos tiempos viene notándose un cierto clima de revisión en los estudios literarios. Esa revisión se dirige principalmente a la llamada “Teoría”: su trayectoria, sus aportaciones, y también sus carencias y sus “excesos”. En los EEUU, esta revisión adquiere los tonos y formatos habituales de la discusión académica. La academia tiende a asimilar y resolver los procesos de cambio con una peculiar y sintomática lentitud, sumamente cuidadosa. La tesis – es necesario revisar la “Teoría”, pongamos – se plantea casi siempre de forma indirecta, “oblicua”, siempre en las exquisitas formas de una estricta discusión profesional. Es decir, dentro de una determinada acotación previamente delimitada, una definición previa y ya inconsciente, asumida, de las tareas y funciones propias del académico.

Varias causas pueden explicar el surgimiento de esa revisión que comienza a dejarse notar. La más evidente es el simple relevo generacional. Los plazos de entrega de este dossier han querido que escriba esto poco antes mayo de 2008, cuando en la prensa – y sobre todo la prensa – se comienza a celebrar el 40 aniversario de aquel mítico año 1968. Esa “Teoría” es, como es sabido, un producto característico de aquella generación que ahora afronta su jubilación, y que se dispone ahora mismo a celebrar, un año más, aquel aniversario, aunque tal vez no se sepa muy bien qué celebrar exactamente. Cuarenta años después, qué duda cabe, muchas cosas han cambiado. Pero otras muchas, sin embargo, no lo han hecho.

Las generaciones posteriores, que se disponen ahora a ocupar su lugar, fueron estudiantes de doctorado en el periodo de auge y consagración académicos de aquella “Teoría” en los campus norteamericanos. Es decir, en los años 80. Una década paradójica – o no tanto, después de todo – en lo que respecta al viejo asunto de la “cuestión de los intelectuales”: mientras en los apartados campus universitarios norteamericanos no se cesaba de denunciar los atropellos de la razón occidental, y de conspirar teóricamente contra el sistema, en el gobierno se sucedían las administraciones de Ronald Reagan y George Bush (padre). Por supuesto, buena parte de esa aparente paradoja se funda en el proverbial aislamiento – expresado físicamente en la situación de los campus universitarios, alejados de los centros urbanos – de la academia norteamericana respecto al resto de la sociedad. Pero como veremos, esa desconexión no sólo se debe a causas externas a la “Teoría”.

Los años noventa asistieron al auge incontestable de los cultural studies, que proponían en un primer momento una re-politización de los estudios literarios. La concepción original de los estudios culturales que, vinculados a los movimientos obreros, había tratado de impulsar una transformación de las disciplinas humanísticas en la Inglaterra de los 60, fue transplantada a un contexto como el estadounidense que, carente de una verdadera y continuada tradición obrera – debido a una sistemática represión histórica, conviene no olvidarlo – únicamente permitía realizar ese transplante en términos de una defensa de identidades minoritarias.

Unas identidades que, en el campo de los estudios literarios, se desenvuelven en el ámbito de la representación dentro de un texto literario, cinematográfico, musical, un texto cultural, en suma. Las fronteras entre ese texto cultural y la sociedad que lo produce son difuminadas por completo, algo que en principio podría contribuir efectivamente a una mayor comprensión de la naturaleza política e ideológica de ese texto. Pero en la práctica, ese paso hacia delante suele estar seguido – como tantas veces – de dos pasos hacia atrás, del inmediato refugio del crítico en esa representación, sin querer llegar al estudio de, entre otras cosas, las causas materiales que han dado lugar a la opresión que sufren aquellas minorías y, por tanto, a aquella representación

Pero ya se sabe: una cosa es la Teoría, y otra muy distinta la Práctica. En el ámbito institucional, el cuestionamiento con que los estudios culturales se oponían a la estructuración disciplinar de los estudios literarios terminó resolviéndose con la creación de departamentos específicamente dedicados a los estudios culturales. El desafío de la interdisciplinariedad se resolvió con la creación de una nueva disciplina que dejaba intactas a las demás. La transformación radical quedó en amable propuesta de convivencia. De forma similar se ha resuelto la lucha que en un primer momento los estudios culturales plantearon frente al positivismo. Todavía puede encontrarse en muchos culturalistas una retórica de cierto tono rupturista. Pero aquella ortodoxia positivista a la que declaran oponerse hace tiempo que dejó de ser hegemónica, y tal vez ahora no llegue siquiera a constituir una amenaza, al menos en los EEUU. Son precisamente los estudios culturales los que ocupan ahora el lugar hegemónico. Una consagración todavía no del todo digerida. De ahí esa persistencia ritual – aunque cada vez menos, todo sea dicho – en cierta retórica política “alternativa”.

La identificación de una hegemonía puede descubrirse muchas veces no tanto mediante el análisis de la figura dominante, sino más bien a través de la observación del negativo de la fotografía, de los contornos que perfilan pasivamente las formas allí visibles. Como ya dijo aquel Sobrino de Rameau, sólo el poderoso puede permanecer tranquilamente sentado en el centro del baile social, mientras son los demás invitados quienes se ven obligados adoptar sus “posturas” cambiantes y siempre atentas al ritmo marcado por la orquesta. Ahora parecemos estar entrando en una fase de revisión y balance de todo este ciclo. Una revisión que llega a formularse en ocasiones en los términos de esa retórica funeral a la que los académicos tienen tanta querencia: “El Fin de la Teoría”, “la Muerte de la Teoría”[i], y sintagmas similares comienzan, lenta y discretamente, como sin querer, a hacer su aparición, de tal manera que puede decirse que predomina la sensación de cierre de una época. Un lector ingenuo tal vez esperaría, con mayor o menor grado de esperanza o entusiasmo, el surgimiento de un debate, y aguardaría con curiosidad el desenlace, las consecuencias del mismo. Pero ese lector quedaría pronto defraudado. No hay posibilidad de una verdadera discusión. Y no la hay porque quedan demasiados supuestos por cuestionar. Las declaraciones rituales acerca del fin de la “Teoría” no se dirigen a ninguna parte. En muchas ocasiones no se llega siquiera definir con claridad cuál es esa “Teoría” que está muriendo, que está llegando a su fin. ¿Y cuál es? Digámoslo ya: se trata del postestructuralismo. Es decir, el paradigma que, desde la deconstrucción hasta los estudios culturales, ha determinado toda la secuencia de aparición de modelos y tendencias críticos a lo largo de los últimos treinta años, y que hemos apuntado más arriba.

Por otra parte, la posible discusión se plantea como un educado intercambio de pareceres y opiniones individuales en torno a esas cuestiones tan abstractas, tan complejas, tan teóricas una vez más, que preocupan a los intelectuales. La literatura como objeto, y por tanto el estudio de la misma, es reducida ideológicamente al ámbito de lo privado. Se trata de una reducción presente ya en todas las vertientes del criticismo literario burgués, pero que ahora encuentra nuevo apoyo en un relativismo que tacha inmediatamente de dogmático cualquier intento de cuestionar el régimen de producción académica existente. Porque todo campo, y más en la presente competencia entre disciplinas, necesita estimular cierta actividad, cierto debate – o apariencia de debate – que permita justificar y, por qué no, ampliar sus dominios, a través de la producción de artículos – nos referimos a publicaciones -, congresos, ponencias, etc. De ahí la sucesión compulsiva de propuestas, etiquetas o nociones lanzadas a un espacio académico cada vez más semejante a un supermercado teórico en el que se acumulan tantos objetos de estudio como métodos posibles para abordarlos, así como los movimientos, las tendencias, los modelos teóricos, dispuestos para el libre – sobre todo libre, faltaría más – consumo del investigador.

Pero esa aparente variedad no es tal. Como tampoco lo es esa supuesta libertad para elegir entre los productos de aquel catálogo. Para comprobarlo basta con sugerir la posibilidad de criticar la existencia misma de ese catálogo, y apuntar a las causas de su establecimiento. Recordar, por ejemplo, las condiciones sociales y políticas, materiales, que han conducido a esta particular estructuración histórica de la academia, y que han otorgado a los estudios universitarios – y de qué manera a los estudios literarios – funciones ideológicas muy concretas: la de proveer, entre otras cosas, un espacio simbólico cerrado donde dirimir aquellas luchas ya perdidas en el plano político real. Habilitar un mecanismo de compensación para un progresismo que, mientras libera y descentra fantasmas, sujetos y textos, no ve problema alguno, por lo demás, en aceptar el resto del marco ideológico, político y económico en el que su actividad se desarrolla. Las luchas políticas se deciden, parece ser, en el lenguaje. Pero las palabras han dejado de referirse a cosas. En esta situación, el establecimiento de un debate que vaya un poco más allá de las cuestiones habituales se hace sumamente difícil. La discusión metodológica, por ejemplo, deja de carecer de sentido si el interlocutor no cree en la necesidad de comparar modelos teóricos, ya que todos son iguales.

Uno de los críticos que ha abordado la presente situación es Terry Eagleton. En su libro After Theory[ii], Eagleton realizaba un diagnóstico de la situación de los estudios literarios y de la crítica cultural en el presente momento. Ese después de la teoría, como Eagleton aclara ya desde la primera página, implica marcar inequívocamente el final de una época, la del ciclo determinado por el dominio del postestructuralismo. Y señala, por lo tanto, la necesidad de empezar a pensar en términos nuevos, de acuerdo a un análisis en profundidad de las transformaciones que el capitalismo global ha producido en todos los ámbitos: económico, político e ideológico – y en éste último se encuentran – también – los estudios literarios. Ese análisis parte de la teoría, necesita las herramientas que la teoría ofrece. Pero ya no puede ser esa “Teoría” separada de la práctica característica de un pensamiento agotado. Eagleton concluye así After Theory:

“Nunca podemos llegar a un “después de la teoría”, en el sentido de que no puede haber ningún ser humano reflexivo sin ella. Simplemente podremos quedarnos sin determinado estilos de pensamiento a medida que nuestra situación va cambiando. Con el lanzamiento de una nueva narración global del capitalismo, junto con la denominada guerra al terrorismo, bien podría suceder que el estilo de pensamiento conocido como posmodernismo se esté acercando a su fin. Después de todo, era la teoría que nos aseguraba que las grandes narraciones eran una cosa del pasado. Quizá seamos capaces de verlo, retrospectivamente, como una de las pequeñas narraciones por las que tanto cariño sentía dicha teoría.(…) Si la teoría cultural tiene que dedicarse a hacer una historia global ambiciosa, debe contar con recursos propios de los que responder, acordes de profundidad y alcance adecuados a la situación a la que se enfrenta. No puede permitirse simplemente seguir contando una y otra vez las mismas narraciones de clase, raza y género, por indispensables que sean estos temas. Necesita escapar de una ortodoxia un tanto sofocante y explorar nuevos temas: en buena medida, aquellos ante los que se ha mostrado injustificadamente tímida. Este libro quiere ser un movimiento de apertura en esa indagación.”

Del título de ese libro de Eagleton tomó el suyo la conferencia de estudiantes graduados After Theory: Hispanism at the Crossroads/Después de la Teoría: el hispanismo en la encrucijada, celebrada los días 7 y 8 de marzo de 2008 en la State University of New York at Stony Brook, de donde provienen la mayoría de los trabajos que podrán leerse a continuación. La conferencia se planteó explícitamente como una discusión en torno al estado del hispanismo, centrada sobre todo en cuestiones metodológicas. Cuestiones que, por otra parte, resulta difícil separar (al menos para algunos), de muchas otras: una metodología no es sino un producto más de determinadas condiciones materiales – políticas, ideológicas – presentes en una concreta configuración histórica. La elección del título pretendía abrir ya el debate. Y es sintomático que ese título, ese después, terminase resultando tan llamativo. Predomina en la academia norteamericana una tendencia al uso compulsivo del prefijo post. Posmodernismo, posmodernidad, posmarxismo, postfeminismo…si ese prefijo pudo haber implicado, en un primer momento, una cierta ruptura con las formas propias de un periodo anterior, ha terminado por transformarse en el vehículo último de una irremediable nostalgia, una pervivencia que no permite pensar más allá de ella. Se trata, desde luego, de una forma de pensamiento característica de una fase de transición como la que estamos viviendo: aquella que se resiste a abandonar el escenario histórico anterior. A aquel post- le han sucedido y complementado otras partículas (inter-, trans-, neo-) que revelan la insistente necesidad de permanecer a toda costa en los mismos parámetros conceptuales, con el único añadido de esa etiqueta que renueve, una vez más, el atractivo del producto.

El presente dossier recoge algunos trabajos de una orientación muy distinta a aquella. Los artículos de Víctor Pueyo, Melissa Culver y Manuel Urrutia tratan de aportar, a través del análisis y la crítica de determinados síntomas del estado de la disciplina, las posibilidades y los elementos para nuevos debates que superen el marco actualmente existente, y abran una problemática común. A ellos se suman un artículo inédito de Malcolm K. Read, profesor en el departamento de literatura hispánica de SUNY at Stony Brook, y unas conclusiones de Alberto del Pozo, profesor en Rhodes College.

Todos ellos conforman un intento colectivo y consciente de comenzar un nuevo proyecto que no ha hecho sino empezar, y del que este dossier no es más que un primer paso. La crítica y el debate son elementos irrenunciables de toda disciplina científica, y se plantean siempre desde un supuesto que hoy en día – por razones más o menos interesadas – tiende a olvidarse. Ese supuesto es la construcción colectiva del conocimiento a través de la participación. Por ello, este dossier es sobre todo una invitación a los lectores, un llamamiento a que nos ayuden en este “movimiento de apertura hacia nuevas indagaciones”. La discusión acaba de comenzar.


Notas

[i] Esta sensación de encontrarnos, de alguna manera, ante el fin de un ciclo se ve apoyada por la publicación de libros como el de François Cusset French Theory. Foucault, Derrida, Deleuze & Cía. y las mutaciones de la vida intelectual en los Estados Unidos (Melusina, 2006), o el volumen Theory’s Empire: An Anthology of Dissent. (Daphne Patai y Wilfrido Corral, eds., Columbia University Press, 2005), entre otros. La respuesta racionalista a esta situación en el ámbito filosófico ha encontrado su vehículo en libros como El olvido de la razón, de Juan José Sebreli (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2006). Son sólo ejemplos de la respuesta con que la poderosa maquinaria editorial ha empezado a metabolizar el proceso y a preparar la correspondiente mortaja de este final de ciclo – con significativo éxito de ventas en muchos casos, por cierto.

Otro índice de la presente situación nos lo ofrece el singular éxito del crítico esloveno Slavoj Zizek. Al margen de la importancia que concedamos a su obra (de hecho, tremendamente sugerente y provocadora en comparación al panorama habitual), está su calidad de síntoma: su éxito –traducido en ventas, y en fenómenos inéditos en la trayectoria de un teórico, como la producción de documentales protagonizados por él mismo, profusión de videos en Youtube, etc.- nos revela el significado que su peculiar posición ocupa respecto a la producción académica actual. Por utilizar – un tanto rudimentariamente – la terminología psicoanalítica de Zizek, el lugar que éste ocupa viene a ser el de un Ello a través del cual se expresa lo reprimido en la práctica habitual: la polémica, la denuncia del relativismo, del conformismo político. Esa expresión, no obstante, termina siendo reconducida mediante la reducción de Zizek a la condición de un figurante más – un extravagante, un cómico, un payaso – del espectáculo ideológico.

[ii] Publicado en España como Después de la teoría (Debate, 2006).

3 comentarios
  1. Alberto dijo:

    Que rojerio, dios de mi vida y de mi corazon!!!
    Me encanta la portada. Si apagas la luz, seguro que brilla.

  2. reyego dijo:

    ¡¡Ostia puta!!
    ¡¡Vaya comentario!!
    ¡¡Qué prodigio!!
    EX-CEL-SIOR

  3. Los comentaristas son los que hacen grande a un blog.

    No lo olvide cuando esté encumbrado Don Vicente.

    Arcadi Espada lo olvido, Kiko Amat lo olvido…

    Lo olvidará tambien Alaska en su increible blog mientras le toca la cola a Losantos junto con su marido.

    http://www.libertaddigital.com/index.php?action=desanoti&cpn=1276322569

    Sí, lo ha olvidado.

    http://blogs.libertaddigital.com/alaska-y-mario/

    Este es grandioso:

    http://fanfatal.blogsome.com/2008/02/01/alaska-estrena-blog-en-libertad-digital/

    Un fan de Alaska y Federico Jimenez Losantos monta un blog en homenaje a los dos reyes del glamour.

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