Pastoral, una novela posrealista.

Aquí una reseña de un servidor publicada en Riff-Raff, nº35 (Otoño 2007).

Pastoral, una novela posrealista.

Ángel Gracia, Pastoral Zaragoza, Prames, 2007.

Pastoral, primera obra narrativa de Ángel Gracia (Zaragoza, 1970) es, desde luego, una novela. Pero es una novela hecha a partir de materiales diversos. Tracemos brevemente la trama del libro. El narrador-protagonista, un joven aragonés estudiante de literatura en Jena (Alemania), regresa a casa para pasar las vacaciones de verano. Una vez allí se entera por sus padres de la muerte de su abuelo, sucedida unas semanas antes. Esta noticia inicia un doloroso proceso introspectivo en el protagonista, que le conducirá a la realización de un proyecto personal: un viaje en bicicleta por la comarca del pueblo de su abuelo –Longares-, para recorrer los parajes en los que éste vivió, y en donde el propio narrador pasó su infancia. Este mero resumen del libro nos indica ya la presencia de algunos elementos interesantes. Apuntemos por ahora dos: el mencionado proceso introspectivo, por un lado, y el hecho de que la novela se plantee como un regreso al espacio familiar –el pueblo de los antepasados- del narrador.

Un narrador –cuyo nombre nunca llegaremos a conocer- que es consciente de ese doble sentido que alberga su relato. De hecho, éste es definido por él de formas diversas a lo largo de su desarrollo. En una ocasión lo denomina como una “carta a mi mismo” (p. 80). En otro momento habla de su viaje como “un viaje por el tiempo y el espacio de mi familia” (p.94). De esas dos declaraciones podemos extraer algunas pistas del sentido complejo, no unitario, de Pastoral. Porque ambas nos remiten a sendos géneros literarios que van más allá de los elementos narrativos convencionales. Por un lado, la escritura diarística, cercana a las memorias o incluso a la confesión; por otro, la literatura de viajes, si bien este viaje no transcurre por ningún país exótico, sino que supone un retorno a un espacio conocido, el espacio de la infancia.

Tras esta constatación, una crítica centrada en la apariencia retórica de los géneros trataría seguramente de describir a continuación los pasajes en que esas diferentes modalidades se combinan o contraponen, para concluir –una vez más- con la habitual invocación a la “hibridez” de la novela como “género mestizo”. Tal vez expondría posibles fuentes –variante clásica, al modo histórico-positivista- o localizaría elementos susceptibles de ser situados en una red intertextual –variante posmoderna. Pero tales ejemplos de crítica, atrapados en un análisis mecánico, no alcanzarían aquello que conforma el núcleo de Pastoral –y de tantas otras obras de la literatura contemporánea-, las profundas cuestiones estéticas que en ella se ponen en juego.

Hemos apuntado el carácter complejo de Pastoral, su combinación de diversas formas literarias. Yendo un poco más allá de la mera adscripción genérica de la obra, podemos decir que dicha combinación se encarna en las diferentes modalidades discursivas que se irán haciendo predominantes a lo largo de su desarrollo. La acción y, por tanto, la narración en presente de dicha acción, irá disolviéndose paulatinamente, para quedar reducida a la sucesiva exposición de los recuerdos del narrador. Su lugar será ocupado por la descripción (de los lugares que el protagonista recorre en su viaje, por ejemplo) y, sobre todo, por la reflexión (suscitada por los recuerdos que esos lugares convocan, y el conflicto personal del narrador al enfrentarse a aquellos).

Este predominio de la reflexión, junto a otros elementos que ya hemos apuntado, nos lleva a considerar a Pastoral una novela posrealista. El posrealismo, según algunos teóricos, podría ser una posible denominación –provisional- para describir la nueva estética de nuestro tiempo, una vez superado y agotado el horizonte realista, y que puede sintetizarse en la fórmula “tradición y reflexión”. Es decir, la combinación de elementos estéticos prerrealistas y de un mayor énfasis en el discurso interior del personaje, frente a la fórmula “experiencia y originalidad” característica del realismo. Se han localizado al menos dos vías de surgimiento de esta nueva estética: el posrealismo idílico y el posrealismo de la crisis. De ambas corrientes, como veremos, participa Pastoral. Del posrealismo idílico toma la tendencia a la recuperación de ciertos elementos idílicos y folclóricos, reintegrados ahora en un contexto nuevo. Del posrealismo de la crisis proviene, por otra parte, el sentido del desarrollo de la conciencia individual del protagonista.

Retorno al idilio

En el mismo comienzo de Pastoral podemos encontrar elementos claramente idílicos, lo que da una idea de su importancia. La novela se abre con una dedicatoria: “Para mi familia, los vivos y los muertos” y una cita (del Walden de Thoreau): “En cierta época de nuestra vida tendemos a considerar cualquier lugar como el posible emplazamiento de una casa”. Ese es el sentido, profundamente idílico –mucho mas allá de la acepción reductora tan extendida del término- de Pastoral: construir una reflexión sobre la familia, sostenida sobre el deseo de fundación de un hogar.

Como hemos visto Pastoral es en buena parte un libro de viajes . Un viaje, en este caso, por “el tiempo y el espacio de [la] familia” del narrador. A lo largo de ese viaje en bicicleta el narrador podrá revivir el tiempo y el espacio de su infancia, transcurrida en parte en un mundo que ahora presenta señales de descomposición al verse amenazado por la aparición de cambios –económicos, sociales- que han comenzado a transformar las costumbres y el lenguaje de los pueblos. Esa tensión introducida por los cambios puede verse en algunos momentos de Pastoral, en las diferentes observaciones que el narrador va vertiendo durante su recorrido. Veamos algunos de ellos.

A lo largo de su viaje, el protagonista asiste a la transformación de la fisonomía de los pueblos. Entre las casas humildes han surgido los ostentosos chalets de los “nuevos ricos”, aquellos campesinos que sin trabajar la tierra se han enriquecido gracias a las subvenciones. La zona recorrida por el narrador –el pueblo de Longares y alrededores- es una zona de producción de vino, que contempla ahora la aparición de los “enoturistas”. El turismo y el refinamiento comercial del vino han sustituido a la producción tradicional, sublimando este alimento cotidiano a la categoría de articulo de lujo. En otro pueblo el narrador encuentra restos de un “botellón” en unas ruinas. Es un pequeño ejemplo de un efecto de la llamada “globalización”: las marcas de las botellas vacías son las mismas que las que el protagonista y sus amigos consumen en Alemania.

El lenguaje es otro de los aspectos en los que más se nota esa tensión. Por un lado, el narrador se recrea en la recuperación de palabras populares, localismos, expresiones típicas de la zona. Frente a este lenguaje popular el narrador nota la aparición de un lenguaje oficial. Ejemplo de ello es la aparición de los dos agentes de la Guardia Civil (p.73) que alertan al ciclista del peligro que corre al viajar en bicicleta, debido a la “peligrosidad asociada a la densidad del tráfico en la zona”. Es en el lenguaje, por otra parte, donde se hace patente también la tensión entre las dos educaciones recibidas por el narrador. El lenguaje popular y familiar frente a otro lenguaje, el debido a su formación universitaria, de cuyos términos académico-burocráticos –“monstruosos”, como los denomina el narrador- trata de aislar a sus padres.

El entorno rural en el que Pastoral se desarrolla conoce todavía las tensiones entre un mundo tradicional y la presencia de instituciones históricas. Un pastor puede ser detenido, por ejemplo, por dejar pastar a sus ovejas e un terreno militar. El pastoreo, un oficio en extinción, puede sin embargo pervivir gracias a fenómenos actuales como la inmigración, como mostrará en otra parte el narrador.

Pero en cualquier caso, este mundo familiar, el mundo donde el protagonista pasó su infancia, está en proceso de desaparición debido a estas violentas e inevitables transformaciones. Sin embargo, sobreviven todavía algunos elementos. El narrador recoge en cierto momento algunos relatos y leyendas de la zona escuchados en su infancia. Son viejas historias ocurridas en un tiempo indeterminado: pastores transformados en rocas por un rayo, milagros, pequeñas leyendas locales que explicaban -o explican- a los lugareños el origen de objetos y lugares de sus alrededores. Se trata de un resto quimérico, perceptible todavía en este entorno rural.

El humor es otro elemento importante. El narrador, al detenerse en el bar de un pueblo, escucha los chistes de los parroquianos: muestras de un “humor salvaje [que] no es cruel, sino cómplice, una forma de reírse juntos de la muerte”(p.56). De nuevo podemos hablar de restos folclóricos: un humor popular, pegado a la materia, consciente de la brevedad de la vida.

La actitud del abuelo ante su propia muerte es otro ejemplo. El narrador recuerda a su abuelo, la resignación silenciosa con la que aguardaba el fin de su vida, sin entender las prescripciones médicas sobre la comida y la bebida, ese deseo posmoderno y narcisista de “querer vivir eternamente” (p.23). Y también su enfrentamiento a la muerte de su esposa: “Quisieron forzarlo a tomar un sedante, pero se negó, como si quisiera afrontar el dolor con la claridad primitiva del instinto, con la única fuerza de lo irracional”(p.10). Así, el abuelo es ofrecido como un modelo contrapuesto a la actitud contemporánea hacia la muerte.

Estos tres ejemplos muestran que Pastoral nos ofrece una visión regeneradora del idilio. Como han señalado algunos autores, el idilio se adapta mal al realismo. El tiempo histórico del realismo no permite –o dificulta extremadamente- la pervivencia del tiempo familiar propio del idilio. Éste se ve condenado, por tanto, bien a caer de lleno en el sentimentalismo, bien a asistir a su propia descomposición. Es el caso, por ejemplo, de los cuentos de El llano en llamas, de Juan Rulfo. Pero en Pastoral, como acabamos de ver, podemos encontrar una presencia positiva, regeneradora y productiva del idilio que permite situarse en un lugar externo, alejado de la sociedad actual, para introducir algunas cargas críticas hacia la misma. Al mismo tiempo, esta perspectiva regeneradora permite al narrador superar su crisis personal. La irreparable muerte del abuelo, por ejemplo, lamentada primero, pasa a conducir al narrador a la realización de su proyecto, ese viaje en bicicleta, que le permitirá finalmente salir del estado de crisis en el que se encuentra. Es ante la tumba de sus abuelos donde el protagonista se decide a hacer ese viaje, estimulado por una pregunta: “Mis abuelos pertenecieron en vida a este lugar y muertos son ya tierra de su tierra. ¿De dónde soy yo?” (p.42). Es una pregunta por la identidad, enmarcada por completo en la problemática idílica. Sin embargo, y como veremos, esa preocupación por la identidad supera la visión individualista a la que estamos acostumbrados.

Una crisis personal

A su vuelta al hogar familiar, el narrador-protagonista de Pastoral entra en un intenso proceso introspectivo. Este proceso se inicia con la constatación, por parte del narrador, de la separación existente entre él y sus padres. Su estancia en Alemania para la realización de los estudios de doctorado -sobre Hölderlin- le ha otorgado una formación, una educación radicalmente distinta de la de sus padres. En realidad, como más tarde recordará el narrador, esa separación, esa conciencia de soledad respecto a su entorno ya había comenzado a formarse en su infancia: era un niño raro, perdido en sus lecturas, apartado de otros niños del pueblo. La noticia de la muerte del abuelo, por otra parte, acelera ese proceso de introspección y, como hemos señalado, conducirá al narrador a la realización del viaje. A lo largo de éste podrá reflexionar y dotar de un sentido a sus recuerdos.

Esos recuerdos de infancia están fuertemente marcados por la conciencia de la soledad. Soledad por el apartamiento del protagonista respecto a los otros niños –esos niños que le llaman “gafotas”, “cuatroojos” (p.31). Pero también soledad por la ausencia de hermanos, una de las ideas más recurrentes a lo largo de todo el relato. En un momento dado, el narrador recuerda una pregunta que solía hacerse de niño, al pensar en el tema de una homilía del cura de su pueblo: “por qué no había tenido hermanos Jesucristo”. El personaje de Germán, amigo del protagonista –“el hermano que no tengo”(p.24) es especialmente importante en este sentido. Entre ambos se da una amistad fraterna, basada en el humor y la confianza, y celebrada con un gran banquete hacia la mitad del viaje del protagonista. El propio nombre de Germán, por otra parte, remite a esa idea de hermandad. Hacia el final del libro todos esos motivos recurrentes son explicados con mayor claridad, ya directamente. El narrador confiesa haber necesitado siempre un “otro yo al que dirigirme”, haber pensado siempre en un “hermano gemelo perdido”(p.105). El narrador siente una constante necesidad de diálogo, de comunicación, de conversación. Ese deseo se refleja también en la visión que da de sus amigos en Jena –Martin, Serra, Tejada, Vincent. Amigos, eso sí, algo distintos, unidos por intereses culturales y literarios comunes, que forman una “comunidad secreta” (p.16).

La identidad del narrador se encuentra, como podemos ver, escindida entre dos polos en apariencia irreconciliables. Está, por un lado, su familia en el pueblo, los recuerdos de la infancia. Por otro, su formación universitaria, con sus lecturas y con sus experiencias radicalmente distintas. Pastoral es, en buena parte, la narración de una crisis personal que desembocará en la conciliación de ambas identidades, en una síntesis reintegradora y mutuamente iluminadora de ambas. En ese sentido, la idea de escisión, de carecer de una identidad completa, entera, es recurrente a lo largo de toda la novela.

Pastoral oscila, como hemos visto, entre la narración de los recuerdos y la reflexión en torno a éstos por parte del protagonista. En dicha reflexión aparecen con frecuencia referencias literarias –Hölderlin, Confucio- debidas a las lecturas del narrador. Lejos de tratarse de un –tan habitual hoy en día- juego “metaliterario”, basado en una concepción fetichista –y un tanto enfermiza- de la literatura, y en el consiguiente uso compulsivo de citas de unos u otros autores, dichas referencias se integran completamente en la trama y en el desarrollo individual del protagonista.

Están, por ejemplo, las reflexiones en torno a Hölderlin –objeto de la futura tesis doctoral del narrador. Éste medita sobre algunos episodios de la vida del poeta romántico alemán: su estancia en Jena, que terminaría conduciendo al autor de Hyperion al aislamiento y la locura. Esa reflexión se vincula a la ya mencionada búsqueda de la amistad, de la comunicación, por parte del protagonista. Así, Hölderlin sirve al narrador como ejemplo negativo, aviso de lo que le puede ocurrir si se aísla. Hacia el final del relato, por otra parte, se reproduce el poema de Hölderlin “A mi venerada abuela”. El narrador declara comprender ahora completamente el sentido de ese poema: el conocimiento literario, libresco, se encuentra ahora, por fin, integrado, asumido en la experiencia vital. Otro ejemplo son las alusiones a Confucio a lo largo del viaje en bicicleta. Los lugares, las personas que irá encontrando, son relacionados con fábulas y diálogos de Confucio. De nuevo, no se trata de una cita estéril y muestra, por otra parte, los vínculos de la obra de Confucio con géneros populares como la anécdota. De Confucio proviene, por otra parte, una cita que condensa el sentido último de Pastoral. Un cazador de pájaros le cuenta a Confucio lo difícil que le resulta capturar a los pájaros más viejos. “Cuando están juntos, si los viejos se dejan arrastrar por los jóvenes, entonces se captura incluso a los viejos; pero si los jóvenes toman como modelo a los viejos, entonces resulta imposible atraparlos” (p.103). De nuevo encontramos un elemento fuertemente idílico: el respeto a las generaciones pasadas, la necesaria continuidad establecida a través de las diferentes edades.

Ese proceso de reintegración de diferentes elementos de la identidad del narrador encuentra un paralelo en la relación de aquel con su propio cuerpo. Cada vez más sumergido en ese mundo tradicional, irá abandonando ciertas concepciones respecto a su vida, a su formación, y también dicotomías que al principio parecen preocuparle, como la consabida oposición entre cuerpo y “espíritu”: “Me avergüenzo de mi cuerpo, que persiste en sus rutinas como si nada hubiera sucedido”(p.27). Más tarde se recriminará por no guardar el ayuno en ese viaje que le sirve como duelo a guardar por el abuelo. Pero esos reproches irán desapareciendo para finalizar, a mitad del camino, en su encuentro con Germán, el amigo con el que se reúne para celebrar un verdadero banquete. El duelo y el lamento dejan paso a la risa, la comida y la bebida, una vez adquirida la conciencia de una dimensión festiva de la existencia, que sabe –y así lo celebra- de la brevedad de la vida y de la cercanía de la muerte. De esta manera, el narrador podrá experimentar la superación de las inseguridades y de la conciencia de escisión que le atormentaban al comienzo de su viaje. La persistente noción de su separación, de su aislamiento respecto a sus seres queridos, y la conciencia de sentirse “incompleto” dejarán su lugar a un sentimiento de comprensión y asunción de la propia identidad, compleja, múltiple y, al fin, plena.

Una celebración del diálogo

Pastoral presenta, como hemos visto, un mundo en proceso de desaparición. Sin embargo, dicho proceso, si bien es presentado de forma crítica, no cae en la idealización de un determinado modo de vida. No busca una relación patética, basada en la mera identificación con el pasado, o en un lamento estéril por una pérdida inevitable. Pastoral no cae en esos errores: su narrador pretende “dejar a un lado el duelo y sustituirlo por la nostalgia, que está construida también de desolación, pero que al menos conserva una sombra de felicidad”(p.25). Una aproximación como la que hemos comentado conduciría únicamente a una reducción del pasado en el presente, un monólogo que, desde nuestro tiempo, eliminaría todo aquello que otros tiempos, otras formas de vida –como la vida rural, frente a la propia de nuestra sociedad, eminentemente urbana- pueden todavía enseñarnos. Si es que somos, claro está, todavía capaces de dialogar con aquellos. De los peligros ligados a nuestra actual incapacidad de relacionarnos con el pasado alerta Pastoral en sus tramos finales.

Como hemos intentado señalar en el primer apartado, Pastoral logra extraer elementos idílicos que poseen todavía capacidades críticas -¿no es toda crítica, al fin y al cabo, un intento de diálogo?-, ofreciendo un lugar distinto desde el que observar algunos problemas de la sociedad posmoderna en la que vivimos: el narcisismo individualista, la actitud ante la muerte, la descomposición de las relaciones familiares. Si el idilio está en el origen de los géneros patéticos, su recuperación posrealista, al haber superado la preocupación por la formación de una identidad unitaria –frente a otras identidades en pugna- logra escapar del patetismo. El protagonista-narrador de Pastoral no está preocupado por crearse una identidad. Más bien adquiere la conciencia de poseer una identidad compleja, formada por diversas experiencias, ambientes, tiempos y educaciones, que trata de conciliar.

Pastoral es una celebración del diálogo. Un diálogo establecido entre diferentes tiempos y modos de vida, entre partes aparentemente opuestas de una misma personalidad. Pastoral es, en suma, la narración de una reintegración posible de lo diferente en un todo complejo y completo, entero, regenerado gracias a ese retorno a la infancia, a la recuperación de una primitiva sabiduría del cuerpo, a la celebración de la vida a través de la risa, de la conversación y de la amistad.

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