Gründe (5)

Jena

I. El Instituto de Filosofía esta en la Zwätzengasse. Es una pequeña casa (“como de cuento” dice una amiga) de dos pisos. Frente a la entrada, un pequeño jardín. Alrededor, casas de viviendas más altas que le dan la espalda, que parecen haber crecido indiferentes a la vieja casita, ignorando su presencia.

Jena-Institut für Philosophie

Rodeando la puerta, cuatro o cinco placas conmemorativas muestran los nombres ilustres de algunos de los que han vivido o han impartido clase allí: los Humboldt, Hegel, Hölderlin, Schiller, entre otros. Aquí, hace doscientos años, fue creado el Primer Programa del Romanticismo Alemán, durante lo que podríamos llamar una “época heroica de la filosofía”: al parecer, Hölderlin lo ideó, Hegel lo ordenó y Schiller lo redactó. Los héroes de esa época lejana permanecen ahora entre estos pasillos, en forma de bustos, sus nombres ilustres en aquellas placas.

            Asisto allí a una clase de filosofía, un seminario sobre Wittgenstein. Durante la misma, no puedo evitar pensar (ataque de mitomanía) en que estoy en las habitaciones donde una vez hablaron esas personas. Después de la clase, mi amigo Nico me explicará que el pequeño cuarto donde hemos estado fue el dormitorio de Hölderlin.

En la clase no me he enterado de mucho, mi alemán y mis conocimientos de lógica no dan para mucho, así que me he dedicado a observar a los asistentes. Frente a mí había un tipo alto, callado, con gafas, el pelo agitado, con un aspecto algo enfermizo. La discusión (lo que me entero) se hace pesada, reiterativa, no parece avanzar en dirección alguna. De repente, tengo una sensación extraña, como si todos los asistentes, incluido yo mismo, asistiéramos a un funeral, en el que algo vacío, inerte, reposase ante los ojos de todos nosotros, en el centro de la habitación.

La discusión continúa, y todo parece profundizar en esa atmósfera fúnebre, cada vez más grotesca. Argumentaciones inútiles, tipos raros, inadaptados intentando pensar y cambiar un mundo que les ha dejado atrás, que ya no cuenta con ellos, encerrados en esa casita. Prosiguen, mientras desde afuera llegan el ruido del tráfico, los giros metálicos de grúas de construcción. Debemos elevar la voz, y el debate continúa. Todos en esta clase –la imagen continúa desarrollándose ante mi- podríamos ser pacientes en un sanatorio, riñendo a gritos horribles y desencajados mientras los enfermeros nos miran entre risas: un grupo de enfermos con sus batas ridículas y sus gorros grotescos, peleando en el comedor, o durante un rato de juego, en el jardín, cuando se deja a los pacientes a su aire, para que digan sus tonterías, para que hablen en su lenguaje privado. Migajas, ruinas de la filosofía, derrota del Espíritu.

 

II. El Camino de los Filósofos conduce directamente hasta el Instituto de Neurología. Cuando digo esto quiero decir: el Philosophenweg conduce directamente, desde la Biblioteca, al Institut für Neurologie. Allí estuvo Nietzsche después del ataque definitivo, producido por su sífilis: en Turín, en medio de la calle, vio a un cochero golpear furiosamente a su caballo. Entre lágrimas, Nietzsche se acercó al animal y le abrazó. La familia decidió internarlo: mudo, con ojos grandes y fijos en algo ya invisible, ojos de loco que solo ven ya lo ya ido, su enorme mostacho ocultando una boca de la que ya sólo salía un farfullo atropellado, un lamento estéril. Pasó unos meses aquí, en silencio, no muy lejos de Weimar, donde había visto estrenarse alguna de las obras de Wagner que, muchos años antes, le habían empujado a pretender unir entre sí la música y la filosofía, a través de una escritura eufórica, desatada, vital.

Nietzsche en Jena

III. Hablo con Marcelo. Me cuenta que ha estado charlando con el Profesor en su despacho. El Profesor es un venerable anciano, un verdadero sabio, el semestre que viene será su último como docente. Marcelo le pregunta por la cuestión acerca de la cual hemos estado hablando tanto él y yo los últimos días: la imposibilidad, en nuestro campo de estudio, en la literatura y la filología, en las humanidades, en los “Geistwissenschaften”, de alcanzar un saber seguro, no mutable; la impotencia de tener, cada vez, que empezar todo de nuevo; la conciencia, persistente, de lanzar ideas perfectamente intercambiables, por insustanciales; de asistir como espectadores a un mundo que avanza sin nosotros, ya simple ornamento: entonces, ¿para qué las humanidades? El Profesor calla un momento, como si hubiese oído una pregunta familiar, una pregunta que tal vez él mismo se haya formulado alguna vez, a solas, muchas veces. “El lenguaje”, contesta, con su voz temblorosa, de niño tímido y aplicado, como permitiéndose una travesura. “Todo es lenguaje, todo está en las palabras. Ése es nuestro deber”.

 

IV. “Hier bin ich Mensch, hier kaufe ich gern” Lo pone a la entrada de la galería comercial que han abierto aquí hace unas pocas semanas. La publicidad, este tipo de mensajes que moldean nuestra experiencia cotidiana, muestra a veces una sorprendente e involuntaria sinceridad, todo se presenta con una claridad incontestable. “Aquí soy una persona, aquí compro a gusto”. Nada más que añadir. Relacionar esa frase con el clásico “Pienso, luego existo”, para pensar a continuación  -en un tono por supuesto apocalíptico- en la enorme degradación que se ha producido, en unos pocos siglos, entre una afirmación y otra, sería demasiado fácil. Pero resulta casi inevitable.

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