Gründe (2)

Gründe: (alemán. pl. de Grund):
fondo, suelo, fundamento, base, razón, argumento, motivo, causa.

Dos caminantes

-Pero es necesario caminar.
-¿Hacia dónde?
-No lo sé. No puedo saberlo.
-¿Y cómo puedes saber que debemos seguir caminando? ¿Por qué es esa opción la mejor?
-Porque hemos venido de algún sitio, de algún lugar.
-¿Y adónde quieres llegar?
-A un lugar mejor.

Habitación (Decoración de interiores)

En esta habitación. Nueva, desconocida, ajena. El tiempo se alarga, se adensa, va haciéndose más protagonista de sí mismo, al no encontrar nada que lo llene, que le dé una forma o finalidad concretas. Paso las horas aquí: leyendo, escribiendo, entretenido en mi mismo y, durante tramos de tiempo incoloro, simplemente absorto, mirando la pared. Mirando el tiempo pasar. Es difícil decir si, en esos momentos, me encuentro bien o mal, si es agradable para mí esa sensación, o por el contrario me produce tristeza. Más bien es un estado de indolencia, una repentina y solitaria ataraxia. Mi pensamiento se desliza, trata de encontrar algo a lo que agarrarse, hacer un hogar cálido de estas paredes, todavía mudas.

Llegar a un sitio nuevo nos devuelve a una cierta sensación de animalidad. Enjaulados, notamos de pronto en qué consisten los hábitos, las costumbres, los ritmos ocultos y cálidos de la existencia cotidiana, cómo y hasta qué punto llegan éstos a recubrirla. Decoramos una pared desnuda (una fotografía, la reproducción de un cuadro conocido), la proveemos de un sentido. Así, otorgamos a ese espacio (la habitación, la casa) el carácter propio de un hogar: los objetos, erosionados por el uso; los muebles, conformando con su disposición los movimientos y los gestos diarios, ya inconscientes; las imágenes de las que nos hemos rodeado, signos, referencias, recodos del laborar repetitivo que acogen, abrigan –hábito del pensamiento- a quien allí los trajo. Todos conforman una red de significados, señales familiares y disposiciones para el recuerdo, descansaderos para la memoria. El pensamiento, allí, se compone de recuerdos y costumbres, seguridades comprobadas, una y otra vez. Pequeñas certezas, apoyos en el caminar diario de la conciencia, como al consultar los libros familiares, o dejarse llevar por la imagen acostumbrada frente al escritorio.

Al llegar a un espacio impersonal –la habitación de un hotel, por ejemplo- intentamos construir un remedo de familiaridad: colocamos los escasos objetos que traemos, les damos un orden. Tratamos, quizá, de reproducir precariamente el lugar de donde venimos, prolongarlo en este espacio ahora vacío. Y qué reproducimos exactamente, como dijo Bachelard, sino la primera habitación que conocimos.

Un animal no podría hacer eso. Encerrado en una jaula, el león se entristece. Colocamos unas rocas, unos árboles, le rodeamos de una sabana idílica, traída de alguna postal, alguna vieja película de escenario africano. ¿Qué es para el león lo familiar? ¿Ese paisaje? ¿Una cierta textura de la tierra bajo sus garras? ¿La visión horizontal e inabarcable del horizonte?
Pero en el lugar nuevo, provisionalmente ajeno, encontramos el silencio. Al llegar todo es desconocido, indiferente. Estas paredes lisas. Nada más.

Llevo unos pocos días aquí. Mientras me voy haciendo al ritmo de las clases, el estudio, las citas con los nuevos conocidos, aprovecho los ratos libres decorando un poco la habitación. He traído conmigo algunas postales, imágenes acostumbradas. Tal vez sea un error: quizás sería mejor dejar las paredes vacías hasta ir encontrando aquí, en la nueva ciudad, otras cosas, y no reproducir, una vez más, el espacio conocido. Aunque seguramente resulta inevitable hacerlo.
Pero todo esto es obvio, evidente. Tal vez lo único interesante ahora se refiera a aspectos de una cierta formulación.

Así, deshaciendo el equipaje, pensando en qué lugar colocar esas imágenes, me he dado cuenta del sentido que algunas de ellas podían tener para mi. Supongo que últimamente ando poseído por algún tipo de pensamiento de recapitulación, como siempre ocurre tras haber hecho algún cambio importante. Haber llegado aquí implica, de alguna manera, condensar y tratar de comprender las razones que me han traído aquí.

Dos de esas imágenes, que acabo de colgar en las paredes de mi nueva habitación: la Melancolía de Durero, y Divine Abstrazione, de Alighiero Boetti. Aunque no ha sido de forma consciente, ambas –ahora me doy cuenta- están ligadas, elegidas, por dar expresión a una misma idea. Esa idea, aunque no podría considerarse una introducción a una cierta inquietud filosófica, sí supone para mí una primera conciencia de ciertos problemas, de ciertas preocupaciones y, ligada a éstos, más bien y sobre todo, una cierta actitud. Esa idea es simplemente una conciencia, muy básica, de la incapacidad del ser humano para capturar el mundo, entenderlo en su totalidad, someterlo a los límites de su ciencia, sus creaciones, su lenguaje.

Esa separación entre mundo y pensamiento, mundo y lenguaje. Y de ahí la actitud descriptiva, la contemplación, la contentación del mundo. Y la incapacidad de pasar algo más allá. En la Melancolía aparece la clásica imagen de la tristeza que produce la contemplación: el sabio, pensativo y derrotado –la cabeza baja, sostenida por la mano- mira impotente sus herramientas inútiles: se acumulan a sus pies moldes fallidos, formas geométricas irregulares. Detrás suyo –lo leí en algún sitio-, un cuadrado mágico, un juego matemático irresoluble; un reloj de arena y una balanza. Todos los instrumentos de medida derrotados, arrojados al suelo ante el horizonte, al fondo de la imagen, que el hombre contempla con una mirada de tristeza y de ira contenida.

El cuadro de Boetti me gusta por su sencillez. Sobre un fondo azul aparece en el margen izquierdo el abecedario, dispuesto verticalmente. Por todo el cuadro se dispersan, en constelaciones, signos de coma, a la manera de estrellas. “Divinas abstracciones”.

Otra de las imágenes que he colgado es un plano de Playtime, de Jacques Tati, recortada de un periódico. Encontré en ella algo que después he podido ver muchas veces: un personaje, de espaldas al espectador, contempla un paisaje. Como en El paseante, el famoso cuadro romántico de Caspar David Friedrich, aunque en esta ocasión la vista que se abre ante el personaje (Monsieur Hulot) no es un valle, o las cumbres de unas montañas, sino unas cuantas hileras de habitáculos de un edificio de oficinas, con sus empleados encerrados en cada una de ellas.

El espectador


El mundo que veo me produce escándalo. Y no se qué hacer. No hay nada que sea, en realidad, minimamente importante. Tan sólo una cosa: el dolor. El dolor humano, ajeno. Y todo aquello que permite su perpetuación. Todo el resto son abstracciones, sublimaciones, palabras.

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