W.G.Sebald: Austerlitz. Identidad, memoria, melancolía.

W. G. SEBALD, Austerlitz, Anagrama, Barcelona, 2004
Vicente Rubio Pueyo

El libro que vamos a comentar a continuación no es, en ningún modo, una novedad editorial, aunque sí lo es, relativamente, su reedición dentro de «Compactos», la colección de bolsillo de la editorial Anagrama, a finales del pasado año. Muestra final de la trágicamente interrumpida trayectoria de su autor es, tal vez, de entre sus obras, la que mejor compendia los rasgos de estilo y la particular concepción de la novela que ha hecho de Sebald uno de los autores más apreciados en los últimos años.

De un tiempo a esta parte hemos asistido a la aparición de numerosas novelas que parecen cuestionar en profundidad unos u otros aspectos y convenciones del género, por otra parte uno de los más propensos a la transformación. Autores como el mismo Sebald, o el Nobel Coetzee, son buenas muestras de ello. En nuestra lengua, las últimas obras de Javier Marías (Tu rostro mañana) Muñoz Molina (Sefarad), Roberto Bolaño o Enrique Vila-Matas, entre otros, parecen haber abierto direcciones nuevas (o no tanto) en la novela. Fenómenos o modas como la metaficción, la mezcla de géneros, y otros muchos factores parecen situarnos ante un panorama nuevo: ¿Cansancio de las formas más tradicionales del género? ¿Inseguridad ante la posición y las capacidades literarias de la novela?¿Simple moda pasajera? En cualquier caso, sí puede decirse, con cierta convicción, que en los últimos años la novela, o aquella novela más arriesgada, más conscientemente literaria, parece tender, por un lado, a la asunción de ciertos rasgos provenientes del ensayo, entre otros géneros (diario, por ejemplo), y a un tratamiento de la realidad (o a una aproximación a ella) algo distinto de lo que estábamos acostumbrados.

Es en este sentido en el que Austerlitz, junto a otras obras de Sebald, posee un evidente poder de seducción, y supone una radical novedad. La narración de Sebald parece sostenerse gracias a lo que podríamos denominar «anclajes» en la realidad. No se trata, como en una novela de corte más tradicional, de que la trama transcurra en un periodo histórico representado más o menos verosímilmente. Lo que Sebald hace es partir de lugares geográficos muy concretos (a la narración se le añaden las fotografías e imágenes de dichos lugares, un rasgo característico de Sebald, que dota a sus libros de un curioso aspecto, casi cercano -diríamos- al de un «libro-objeto», o al de un cuaderno de viajero, con billetes de metro, mapas, planos que demuestran la estancia en el lugar mencionado). El lector no puede evitar pensar en la importante dosis de documentación (arquitectónica, histórica) presente tras la narración que está leyendo. A esos lugares están vinculadas historias, otras narraciones que se irán incluyendo en la principal: el conocimiento por parte del narrador de un interesante personaje, Austerlitz, quien le cuenta, a su vez, la historia de su vida.

Pero la desgraciada vida de Austerlitz es un verdadero misterio, que atraviesa algunos de los episodios más trágicos de la reciente historia de Europa. Austerlitz es un ser desarraigado, en busca de sus orígenes. Su angustioso vacío parece surgir, pues, de esa constelación de lugares que el narrador va visitando, o donde ambos se encuentran, o que el mismo Austerlitz refiere. De ese recorrido, ese itinerario, parece brotar lentamente el rostro de la verdadera identidad de Austerlitz. De alguna manera, nos encontramos ante una historia sin personaje o, más bien, ante una historia cuyo protagonista aparece siempre en busca de sí mismo. Es de ese vacío, de ese centro invisible, de donde surge la terrible melancolía que inunda esta novela. Melancolía a la que el propio Sebald adscribió su obra desde Los anillos de Saturno.

Hay otro rasgo muy interesante en la forma de narración adoptada por Sebald: ese tejido de lugares, de personas, esos «anclajes», como decíamos antes, parecen estar extrañamente unidos a su vez por la insistencia en ciertos motivos. Una observación aparentemente banal (la penetración de la mirada de los filósofos, esos ojos siempre en busca de luz), reaparece más tarde como un eco (la oscuridad, la ausencia de visión que experimenta el narrador al entrar en el pasadizo de un castillo, o en la visita al planetario). Daré más ejemplos: la similitud encontrada entre la forma de una flor y una fortificación militar; la lentitud en sus movimientos de los empleados del balneario de Marienbad (como si viviesen atrapados en otro tiempo) resuena páginas después en la narración del visionado, a cámara lenta, del video del ghetto de Theresienstadt. ¿Ilusiones de sentido, casualidades, puro azar elevado al rango de figura que dote de coherencia a la narración? Lo cierto es que son esos detalles los que parecen sostener la ficción construida entre aquellos lugares y hechos reales y concretos. Los elementos que tradicionalmente la habrían sostenido, la creación de un mundo ficticio autosuficiente o, sobre todo, la identidad individual del protagonista, han desaparecido. De esa desaparición habla, en buena parte, esta novela.

En aquel video de Theresienstadt podemos encontrar, por otra parte, un buen ejemplo de esa obsesión de Sebald por la imagen (remarcada por la ya mencionada intercalación de imágenes en sus libros). Proviniendo de un escritor, esa recurrencia a las imágenes adquiere un sentido bastante paradójico, y que podría tener mucho, precisamente, de mirada melancólica del autor sobre su propia tarea, o sobre las posibilidades del lenguaje. Al mismo tiempo aparece la obsesión por contar: Austerlitz, cada vez que se encuentra, en medio del viaje, con el narrador, con aquel que nos está contando su historia (no olvidemos que todo lo que leemos aquí está a su vez vuelto a contar por esa presencia, casi tan misteriosa como la de Austerlitz, igualmente sin identidad, del propio narrador), prosigue con la historia de su vida sin importarle el tiempo pasado desde la última ocasión. Existe pues, una melancolía reflexiva acerca del éxito o utilidad de la narración pero, al mismo tiempo, una necesidad de ésta que parecería provenir de una lejana y difusa forma de irreductible esperanza. Todo ello parece invitar a una reflexión por el carácter, la naturaleza, diríamos narrativa, de la memoria personal: somos aquello que podemos contarnos a nosotros mismos. La identidad vendría a ser aquella voz que, repitiéndose una y otra vez, incorpora, a cada una de ellas, la memoria de sí misma.

Reflexión, pues, sobre la identidad individual, el paso del tiempo, la memoria y una de sus armas, la narración. Narración también como forma de salvamento de las vidas ajenas, un intento de preservarlas de la caída en ese otro tiempo, el tiempo del olvido, el tiempo de la presencia, ya invisible, gesto borrado, entre los vivos.

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