El poema de los domingos, 2

No descanso por Navidad. Para hoy he decidido poneros un poema (sí, poema) de Francis Ponge, gran poeta francés. La mayor parte de su obra está compuesta por textos breves dedicados a los objetos más cotidianos y sencillos. Ponge fue siempre fiel al propósito que declaró en el título de su primer libro: “tomar partido por las cosas”.

Como digo, creo que es un poema, merece esa calificación (¿pero debe realmente merecerse eso?) y por eso lo pongo aquí, aunque a Ponge seguramente no le hubiese gustado un nombre tan pomposo.

Como dijo Calvino, Ponge escribe un poema sobre las puertas y los tiradores de las puertas, y uno leyendo a Ponge se siente, de repente, un privilegiado por vivir en un mundo en el que existen las puertas, o las patatas…
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La patata

Pelar una patata hervida de buena calidad es un placer de primera.

Se coge -tras haberla cortado- por uno de sus labios, entre la yema del pulgar y la punta del cuchillo agarrado por los otros dedos de la misma mano, este áspero y fino papel que se tira hacia uno mismo, para separarlo de la carne apetitosa del tubérculo.

La fácil operación deja una sensación de satisfacción indecible, cuando se ha conseguido llevarla a cabo sin demasiados tropiezos.

El ligero rumor que hacen los tejidos al desprenderse es dulce al oído , y el descubrimiento de la pulpa comestible, regocijante.

Hay que reconocer la perfección del fruto desnudo: con su diferencia, su semejanza, su sorpresa -y la facilidad de la operación- parece como si se hubiera realizado así algo justo, previsto y deseado por la naturaleza desde hacía tiempo, algo que sin embargo ha tenido a bien otorgar.

Por esta razón no diré nada más, bajo el riesgo de parecer que me contento con una obra excesivamente sencilla. Me bastaba -en algunas frases sin esfuerzo- con desnudar mi tema contorneando estrictamente la forma: dejándola intacta pero pulida, brillante y lista, tanto para sufrir como para procurar las delicias de su consumación.

…Esta domesticación de la patata por el tratamiento con agua hervida durante veinte minutos, es bastante curiosa (justo mientras escribo unas patatas se están cociendo -es la una de la mañana- sobre el horno, delante mío).

Es mejor, me dijeron, que el agua esté salada, cargada: no es obligatorio pero sí más aconsejable.

Una especie de alboroto llama la atención, es el de las burbujas de agua. Está enfurecida o por lo menos en el culmen de la inquietud. Se pierde furiosamente en vapores, babes, luego abrasa, pftute, tsita: en definitiva, está muy agitada sobre estos carbones ardientes.

Mis patatas, sumergidas aquí dentro, están sacudidas, trastornadas, injuriadas, impregnadas hasta la médula.

Sin duda, la ira del agua no es por su causa, pero ellas soportan el afecto -y no pudiendo desprenderse de este ámbito, se encuentran profundamente modificadas (iba a describir “se entreabren”…).

Al final se las deja por muertas, o por lo menos muy cansadas. Si su forma se salva (lo que no siempre sucede) quedan blandas, dóciles. Toda la avidez ha desaparecido de su pulpa: se les encuentra un gusto bueno.

Su epidermis también se distingue rápidamente, hay que deshacerla (ya no sirve para nada) y tirarla a la basura…

Queda este bloc desmenuzable y sabroso que tan sólo presta el servicio de vivir ante todo, después de filosofar.

Francis Ponge, Piezas, Madrid, Visor, 1985. Traducción de Diego Martínez Torrón y Mercedes Monmany.

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2 comentarios
  1. Vicente dijo:

    Me he acordado de Ponge hoy por esta reseña aparecida ayer en Babelia:

    Ponge, reinventar la poesía

    EDGARDO DOBRY

    BABELIA – 24-12-2005

    En 1942, Francis Ponge (1899- 1988) publicó uno de los libros capitales para la poesía europea de la segunda mitad del siglo XX: Le partí pris des choses. La traducción castellana, publicada por Monteávila en 1971 como De parte de las cosas, está agotada desde hace muchos años; pueden encontrarse en cambio sus libros más tardíos, Piezas (Visor) y La rabia de la expresión (Icaria). Cuando se publicó Les parti pris… -firmado por un poeta desconocido de más de cuarenta años sin relaciones con el mundo literario; aparecido en plena guerra mundial- tenía todo para pasar inadvertido. Sucedió lo contrario: Sartre escribió una larga reseña (incluida en Situations, I); Phillipe Jaccottet publicó un estudio de su estilo, Blanchot le dedicó un ensayo en La part du feu (1949). En 1947, Borges -de quien Ponge resulta tan cercano y tan opuesto a la vez- tradujo un texto de Le parti pris… (‘De l’eau’) para la revista Sur. Albert Camus y André Pieyre de Mandiargues participaron en el número que la Nouvelle Revue Française le dedicó en septiembre de 1956. Para ese mismo monográfico escribía el gran poeta catalán Josep Carner: “Ponge querría no sólo expresar las cosas, sino hacerlo tal como ellas mismas lo harían si no fueran inmóviles y mudas”. Ya en los sesenta, el grupo Tel Quel lo tomó como emblema: Phillipe Sollers le hizo una serie de entrevistas para la radio, luego recogidas en un muy citado volumen; años después, Derrida jugó con su nombre: lo llamó é-ponge (esponja, callo; passer l’éponge: hacer borrón y cuenta nueva).

    No es raro que el azoro estra-
    tégico con que Ponge miraba el mundo haya atraído al pensamiento de posguerra. Sartre vio en él una reacción contra “la gran charlatanería surrealista”, un intento de atrapar la inhumanidad radical de las cosas, su estado anterior al proyecto que el hombre pone en ellas. Así ambas instancias -el sujeto, el objeto- renacen tras la caducidad de todos los valores. Desnudo de palabras y saberes preexistentes, el desafío del poeta es reencontrar el nombre verdadero de las cosas. De allí el amor -la obsesión- de Ponge por los diccionarios: de hecho, sus páginas (él prefería llamarlas “textos” a “poemas”) pueden leerse como entradas de una enciclopedia potencial.

    Por una vía del todo inespe

    rada, la obra de este raro sublime, tan elaboradamente ingenuo, es la respuesta más contundente a aquella demanda de Hofmannsthal, a través de la máscara de Lord Chandos, de encontrar “una lengua de la que no conozco ni una palabra, una lengua en la que me hablan las cosas silenciosas”. Ponge muestra que ésa no tenía que ser necesariamente una imposible lengua nueva sino una renovada, limpiada de sus heces retóricas, refrescada en la recuperación sesgada de sus etimologías.

    Métodos recoge diversos tex-
    tos menores -no por ello menos asombrosos, felices y de intacta pertinencia- de los años cuarenta y cincuenta. El primero, escrito en Argelia en 1948, elabora a posteriori el programa del partido de las cosas: utilizar el magma poético “para librarme de él”, “desembocar en fórmulas claras e impersonales”, pues “nombrar la cualidad diferencial de la nuez es la meta, el progreso”. ‘El vaso de agua’ y ‘Ensayos breves’ están en la órbita del genial Cuaderno del bosque de pinos (en castellano, en Tusquets, 1976): sacan del objeto más elemental un discurso completo, una fórmula comprensiva. El libro se completa con tres transcripciones: ‘La tentativa oral’ (una conferencia acerca del arraigado error de convertir a los escritores en conferenciantes), ‘La práctica de la literatura’ (discurso en el que desarrolla su idea del poema como “eugenia”) y ‘Conversación con Breton y Reverdy’. El traductor de esta edición tiene el buen tino de anotar a pie de página los numerosos, intransferibles juegos de palabras del texto original.

  2. reyego dijo:

    Calvino tenía razón.

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