Revisionismo

Falto (una vez más) a mi intención de no poner más artículos de El País (parezco un vulgar esbirro prisaico). Hoy ha aparecido en esas páginas este artículo de Jordi Gracia sobre las consecuencias del revisionismo que están llevando a cabo gente como Pío Moa y César Vidal. Puede ser interesante para iniciar una discusión.

Jordi Gracia, como podéis ver ahí abajo, es autor de La resistencia silenciosa, recomendable libro sobre la vida cultural bajo el franquismo. No estoy muy de acuerdo (desde mi humilde punto de vista) con algunas de sus opiniones, pero el libro resulta de muy grata lectura, está magnificamente escrito.
——————————————————————————————Gallos de pelea

Jordi Gracia es profesor de Literatura Española de la Universidad de Barcelona y autor de La resistencia silenciosa (2004).

EL PAÍS – Opinión – 17-12-2005

El efecto más temible del actual extremismo neofranquista de algunos historiadores es la réplica extremista neoantifranquista. Se alimentan mutuamente y pueden echar a perder parte de un terreno de lucidez ganado poco a poco en el espacio lento y habitualmente pudoroso de los historiadores. La historiografía académica puede estar empezando a sentirse obligada a plegar veles y detener el camino emprendido de comprensión integral del franquismo con grises por todos los sitios, grises de los de verdad y grises de los otros: matices y sutilezas, ajustes y límites, contradicciones y concesiones razonadas. Eso comportaría un asunto mucho más grave: romper la inercia que había consolidado la cultura española para tratar de comprender la complejidad del siglo XX completo. Sobre todo en el ámbito de la historia política, pero no sólo en ella, los profesionales pueden empezar a pensárselo mejor y sentir la tentación de regresar a las viejas posiciones duras, marciales, de la edad de piedra y la lealtad política a los vencidos y derrotados. Por decirlo a la brava: el neofranquismo de Pío Moa está propiciando una nostalgia de las viejas banderas de la izquierda en historiadores profesionales, en articulistas sensatos urgidos de dar respuesta rápida y actual a la irresponsabilidad de profesionales de la propaganda en su sentido duro, el de la propaganda como mercado de la mentira, la propaganda política como maniobra de disolución de la verdad. Existe la tentación de pensar que los neofranquistas de la cuerda de Pío Moa o de César Vidal necesitan un escarmiento, y ese escarmiento consiste en volver a poner las cosas en su sitio y dejarse de monsergas comprensivas para condenar sin paliativos -o con paliativos de poca monta- a quienes anduvieron cerca del régimen, en el núcleo duro, en el blando, en la periferia y aunque llegasen a salirse.

Es un efecto psicológico explicable. Cuando el historiador de una cierta izquierda razonable no maximalista ha hecho el esfuerzo de razonar lo que pasó por las cabezas de quienes nutrieron el franquismo, con sacrificio de la propia querencia instintiva y en favor del decoro historiográfico (y del conocimiento), resulta que llegan los neofranquistas y se suben a la parra del puro desbarre, alimentando de nuevo la legitimación de la guerra y su prolongación política con argumentos estrictamente filofranquistas. De golpe y porrazo volvemos a las andadas de buenos y malos, y desaparece la capacidad de enterarse de veras de cómo funciona un sistema político y cultural complejo, donde una abyecta construcción política sometió a un sinnúmero de personas reales y no sólo súbditos numéricos o figurantes ciegos. Las banderías reaparecen para dejar yermo el espacio de la inteligencia, que no puede conformarse con esa mendacidad interpretativa, porque la inteligencia no maneja banderías.

El efecto de contaminación de esos propagandistas de la momia de Franco se basa en un mecanismo perverso en el que la inteligencia no debería caer, o del que debería precaverse. Aludo al tránsito que emprende la razón desde el ámbito moral hacia la razón política cuando se trata de historiar. Los deberes del historiador pertenecen al campo de la moral, pero el acoso de los sentimientos políticos -y la cólera ante los embustes difundidos masivamente- puede dar al traste con el decoro historiográfico, con la integridad interpretativa. La convicción de fondo es que el contraataque será más efectivo e impedirá ceder ese espacio ponderado donde se mueve la ecuanimidad, el matiz lento y contextualizado, todo ello tan poco ágil y tan poco rentable como gallo de pelea. La inercia general de esa dinámica lleva a un pésimo paso: el de renunciar a la calidad historiográfica en razón de su inutilidad (inutilidad propagandística), sin advertir que nunca va a cumplirse ese efecto real en los lectores de Pío Moa o César Vidal, porque ninguno de ellos va a aprender nada en los libros de Santos Juliá, Enrique Moradiellos o Julián Casanova. De manera que el peldaño último de la escalada de degradación podría ser todavía más insensato e improductivo: perder por el camino de la rebatiña la ansiedad de satisfacer horizontes explicativos más complejos que los de la bandería, perder las ganas de saber mejor y enterarse sin escrúpulos de conciencia (política) de lo bueno y de lo malo, de lo menor y lo mayor, y darle sentido en una interpretación coherente y no banalmente torera.

Porque todavía puede tener un último efecto nocivo entre los historiadores ese estrellato de los neofranquistas de la historia: la deslegitimación implícita de todo aquello que no estuviese en los círculos más duros de la resistencia antifranquista, todo aquello que no cayese en la proximidad del PCE, en las ilusiones armadas del FLP o los ramales más enérgicos del PSOE. Cuanto se movió en unas medias tintas demócrata-cristianas, o socialdemócratas, o vaga y tibiamente liberales, se deslegitima en razón de su blandura, como si de hecho hubiese sido una forma de complicidad franquista, cuando en rigor y sin tapujos, pudo ser una opción política legítima aunque escasamente seducida (y puede que escarmentada) ante los proyectos revolucionarios que animaron las grescas de los jóvenes opositores de los años sesenta y setenta.

Todo junto podría llevar a un resultado catastrófico. No sólo no se habría conseguido arrancar ningún alma de cántaro de las zarpas guerrilleras de Moa o Vidal, sino que se habría arruinado la decencia historiográfica en plena democracia. No sólo habrían obtenido grandes éxitos de difusión, sino que casi podrían jactarse de haber alcanzado sus últimos objetivos militares. Deberíamos ser capaces de aguantar el envite sin miedo y con razón, o mejor, con Ángel González, sin esperanza y con convencimiento.

Anuncios
13 comentarios
  1. Algo tan parcial, no merece ser leído. Me duelen los ojos.

    Es repugnante que haya historiadores de derechas y de izquierdas. Es asqueroso que el PP haya mentido en el 11-M y que haya dicho la verdad en el mismo país y en el mismo momento. Por mí, les pueden dar por el culo a todos. Y como me toquen lo de comer por sus abstracciones de mierda, fundo un grupo terrorista.

  2. Vicente dijo:

    Contundente, sí señor.

    Bueno, a mi el artículo no me parece tan parcial. De hecho es, digamos, un llamamiento a los historiadores a no caer en el enfrentamiento con las posiciones de Moa y Vidal. Me parece realmente moderado, tal vez demasiado moderado, añadiría.

  3. Sí, sí, habla de Moa y de Vidal como hablaría de sus colegas. Está claro que los respeta mucho. El típico doble-rasero de los progres que se dicen demócratas: “todas las opiniones son válidas pero las mías más”. Demostración: mi intrínseca bondad que es claramente vox populi, es decir, mi frase se demuestra por mi nombre.

  4. Vicente dijo:

    “Todas las opiniones son válidas, pero si están apoyadas por el consenso entre historiadores (de diferentes ideologías y tendencias) más”, diría yo.

    Creo que ya hablamos de Moa y Vidal. Sinceramente, creo que a nivel científico no merecen respeto alguno. A Vidal se le han localizado varias veces fuentes inventadas o distorsionadas (¿hay algo peor para un historiador?). Te puedo asegurar que en varias obras supuestamente “de izquierdas”, pues para Vidal y Moa todos los historiadores son de izquierdas, no se escatiman ni ocultan atrocidades hechas por socialistas, comunistas y anarquistas. Me remito al clásico La guerra civil española, de Hugh Thomas, un libro que, prohibido en España, consultaban hasta Ricardo de la Cierva y su círculo (los historiadores franquistas). En este sentido la producción del hispanismo inglés es notable.

    Además, creo que yerras en el blanco. Insisto, en mi opinión Gracia tampoco es ningún radical.

  5. reyego dijo:

    Estoy con vicent, el amigo jordi es cualquier cosa menos radical.

  6. Vicente dijo:

    Añado dos links sobre el tema:

    -Cesar Alonso de los Ríos critica ¡en Abc! a Pío Moa por su último libro, una biografía de Franco:

    http://www.lapaginadefinitiva.com/weblog/iwasaki/archives/001776.html (en “Diario de un aspirante a tertuliano”, estupendo blog ligado a la no menos estupenda http://www.lapaginadefinitiva.com).

    -Pío Moa responde a de los Ríos, en Abc. Su respuesta merecería unas correcciones en plan Arcadi, pero no sé si me apetece ponerme a ello, la verdad.

    Todo esto vía escolar.net

  7. reyego dijo:

    He intentado leer lo de Moa, pero es que este cerdo me supera y el cabreo me agarra cuando leo mas de 1 párrafo.
    Lo peor es que dice que escribre “como historiador”, y como tal llega a la conclusión de que la Guerra Civil tuvo 2 causas: 1934 y el Frente Popular; y para redondear lo redondísimo: Franco no se alzó contra una democracia sino contra un “proceso revolucionario” (aunque si realmente se vivía un proceso revolucionario me parece excelente).
    En fin, para no causarte problemas, Vicente, me callo lo que ya sabes.
    La pregunta es ¿qué hacemos? Existe 2 opciones: ignorar o contestar (con mucha fuerza y no solamente con un artículo respuesta).
    De todas maneras, éste es sólo uno de los numerosos problemas que trae una transición tan repugnante como la española, donde las víctimas se convierten en verdugos.

  8. Manuel dijo:

    La 2ª repçubica empezó con la quema de iglesias y conventos y asesinando a religiosos…hasta 7.000 entre 1931 y 1936. Sigue con la matanza de Asturias… y querer matar a los de la Oposición que uno se escapó pwero a Calvo Sotelo lo cogieron. Un gobierno que selecciona a un grupo, en este caso religioso, es lo que se llama fascista; o sea que la 2ª república empezó su fascismo.

  9. reyego dijo:

    Grandisimo ejemplo de revisionismo, gracias Manuel, pero te falta que además se desayunaban recien nacidos.
    No olvides avisar cuando los rojos quieran apagar el sol, que el momento debe estar cerca.
    Por otro lado, te recomiendo repasar Historia y Sintaxis, nada complicado, la de Bachillerato ya vale.

  10. Perodactilo dijo:

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: