El jinete polaco

El jinete polaco, de Rembrandt

El jinete polaco

John Berger 

El País, sábado, 17 de febrero de 2001.

¿Qué epitafio se pondría usted en su tumba?

Me hizo esta pregunta cuando me paré su lado en el semáforo. La hizo con suavidad. Observé que iba conduciendo descalza, los pies desnudos en los pedales.

“El jinete polaco”, respondí

¿Es eso un poema?

No, es un cuadro.

¿Un cuadro?

Sí, un cuadro de Rembrandt.

¿Se pueden utilizar los nombres de los cuadros como si fueran citas?, inquirió levantándose el dedo índice a la nariz.
El semáro se puso en verde. ¿Por qué no?, dije. Cerré el visor del casco y arranqué diciendo adiós con la mano. Por el retrovisor la vi agitando la mano a su vez.

Algunos historiadores del arte afirman que este cuadro no es obra de Rembrandt. Pero ni a ella ni a mí nos importa este dato; a quienes les importa es a los directores de los museos y a los coleccionistas.
Fue Abraham Breduis, el compilador del primer catálogo moderno de la obra del maestro, quien redescubrió este lienzo hace unos cien años en un castillo al sureste de Polonia. Así relata Breduis su hallazgo:

“Cuando vi pasar delante de mi hotel aquel magnífico carruaje y me enteré por el portero de que era del conde Tarnowsi, quien se había prometido unos días antes con la condesa Potocka, que iba a aportar al matrimonio una dote considerable, no podía imaginarme que este hombre era además el afortunado propietario de una de las obras más sublimes del maestro”.

Bredius abandonó hotel e hizo un largo y difícil viaje en tren (se queja de que durante muchos kilómetros el tren avanzaba a paso humano), que le llevaría al castillo del conde en las proximidades de Tarnow. En la colección de pintura que alojaba el castillo reparó en un lienzo que representaba a un jinete y que atribuyó sin vacilar a Rembrandt, considerando que se trataba de una obra maestra que llevaba un siglo olvidada.

Nadie puede precisar hoy qué representaba este cuadro para el artista ni cuál era su relación con el retratado. El capote es típicamente polaco -¿un kontusz?. Como lo es también el tocado. Ésta podría ser la razón que le llevó a comprarlo al noble polaco que lo adquirió en Amsterdam en el siglo XVIII. No obstante, Rembrandt coleccionaba ropajes y pertrechos de toda Europa e incluso de Asia y a veces les pedía a sus modelos que se los pusieran. Antes de arruinarse poseía un extenso vestuario de teatro. Así que el jinete no es necesariamente polaco.

La primera vez que vi el cuadro en la Frick Collection de Nueva York, donde había ido a parar en los años veinte del siglo pasado, pensé que podría ser un retrato de Titus, el hijo bien amado de Rembrandt. Me parecía entonces (y aún me lo sigue pareciendo hoy) que representaba una partida. Pero si la fecha (1656) atribuida al cuadro es correcta (se trastocan con mucha frecuencia), para entonces su hijo Titus tendría sólo quince años y el jinete representa unos dieciocho como mínimo. Aun así me resulta difícil sacarme de la cabeza la convicción de que no sólo se trata de una imagen de un hijo abandonando el hogar paterno, sino también de que la vemos a través de los ojos del padre.

Una tesis más académica sugiere que el retrato podría haber sido inspirado por Jonaz Szlichtyng, un polaco que en tiempos del pintor era considerado un héroe rebelde entre los círculos disidentes de Amsterdam. Szlichtyng pertenecía a una secta nacida en el siglo XVI, que seguía al teólogo italiano Lebo Sozznisi. Lebo Sozznisi procedía de la ciudad italiana de Siena y negaba que Cristo fuera el hijo de Dios, pues si lo fuera, la religión dejaría de ser monoteísta. Por consiguiente, si Jonaz Szlichtyng inspiró el cuadro, es posible que lo que tengamos ante nosotros sea una figura semejante a la de Cristo: un hombre, sólo un hombre, que montado a lomos de su caballo se dispone a enfrentarse a su destino.

Recientemente hice unos cuantos dibujos del cuadro. No son copias exactas, sino interpretaciones libres. Es la mejor manera de aproximarse a una pintura.

El mes pasado estuve en Génova -ciudad de juristas, ladronzuelos, ancianas, jardineros y marinos- y allí hice dos dibujos del Ecce Homo de Antonello da Messina; cuando llevaba como una hora dibujando se me saltaron las lágrimas. En otras ocasiones, cuando dibujas obras de otros tienes la sensación de haber tocado, durante una fracción de segundo, la energía que corrió en su momento por el brazo del pintor al pintar ese cuadro. Y por alguna razón para mí inexplicable, he descubierto que esto me ocurre con más frecuencia cuando estoy dibujando con mi torpe mano izquierda.

Cuando intenté dibujar El jinete polaco me sucedió algo más. El cuerpo del jinete empezó a susurrarle a mi propia experiencia física de conducir motos. La postura del jinete y la del motorista son, por supuesto, muy distintas, pero la atención y la expectación son semejantes. La forma de agarrar las riendas con la mano izquierda -su firmeza, su naturalidad- es la misma que la de la mano izquierda en el manillar cuando no se está usando el embrague. La rodilla pegada a la silla, -o al dep󳩴o de gasolina- El círculo de la puntera levantada, el peso del pie en el estribo un poco más atrás es igual que el círculo de la puntera una fracción de segundo antes de frenar. También reconozco la colocación de los hombros, esa forma de prepararse para el viento cuando se gana velocidad, y la manera de sentarse sobre las nalgas, esperando la sacudida de la criatura debajo. Puede que algún día se le ocurra a algún fabricante de motos llamar El Jinete Polaco a uno de sus modelos. De todas las motos que han existido, tal vez la que más se ha aproximado sea la larga y curvilínea Brough Superior Alpine Sport (1926).

A estas alturas debe de estar claro para todo el mundo que estoy enamorado de este cuadro. Amo al jinete como lo amaría una mujer; amo su coraje, su insolencia, su vulnerabilidad, la fuerza de sus muslos. Amo el cuadro como lo amaría un niño pues es el principio de un cuento contado por un abuelo. Amo el caballo como un jinete, un jinete que ha perdido su propio caballo y ha encontrado otro; el que ha encontrado tiene ya muchos años y está acabado -los polacos llaman szapa a estos rocines- pero es un animal que ha demostrado su lealtad. Finalmente, amo la invitación del paisaje y allí donde me llevará.

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5 comentarios
  1. reyego dijo:

    La moto que tanto gusta a John Berger:

  2. reyego dijo:

    El cuadro me parece muy feo y soso (mis gustos en arte son limitados y extraños) pero John realiza las criticas de tal manera que me gustaría que la pintura me entusiasmara igual que a él.
    Me gusta que escriba sin pedanterías pero tampoco para idiotas; creo que aleja la pintura de ese elitismo patético que le es tan propio.

  3. Vicente dijo:

    Gracias. Estoy de acuerdo: una de las cosas que me gustó inmediatamente de su estilo es su sencillez, pero al mismo tiempo es muy sugerente. Por otro lado, para una persona plásticamente impedida como yo (nunca he conseguido dibujar nada decente) la descripción del acto de dibujar resultó un descubrimiento, poder entender cosas de la pintura que nunca había conseguido comprender del todo. Uno puede leer sobre un cuadro, conocer datos, pero lo que a mí me resultaba difícil era captar realmente el “acto de pintar”. Todo eso lo explica muy bien en “Algunos pasos para una pequeña teoría de la visión”.

    Por eso, y por otras cosas, tengo un enorme sentimiento de agradecimiento hacia Berger.

  4. Norberto dijo:

    Entré en el sitio porque estoy leyendo “Aquí nos vemos” y quería ver “El jinete polaco”. Me llama la atención que en el libro aparecen algunos fragmentos identicos a los del texto publicado, pero la totalidad es diferente. M pregunto si el texto pertenece a otra obra de Berger.

  5. Pawel dijo:

    Hola! El jinete es necesariamente polaco. Lo se porque puedo verlo en espejo. Soy polaco y tengo una cara como el. Algien me lo dijo tambien.

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