Desierto del tiempo. El desierto de los tártaros. Dino Buzzatti.

Reseña de próxima publicación en Eclipse. Revista literaria universitaria, Zaragoza, núm.6 diciembre 2005.

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Dino Buzzatti, El desierto de los tártaros, Alianza Editorial,
Madrid, 2004.

Vicente Rubio Pueyo

A la oportuna recuperación de Dino Buzzatti que la editorial Gadir, de reciente creación, viene realizando en los últimos meses, ha venido a sumarse Alianza Editorial con la reedición, en libro de bolsillo, de la que quizá sea su obra más conocida. Publicada originalmente en 1940, El desierto de los tártaros cuenta la historia de Giovanni Drogo, joven y prometedor oficial que es destinado a un puesto fronterizo, una fortaleza situada frente a ese desierto del que, según se dice, ha de venir el enemigo del país vecino.

Toda la novela está atravesada por un sentido simbólico que no desentrañaremos aquí. Pero sí podemos señalar la sutileza con que están tratados algunos aspectos de la historia, que hacen que la prosa, aparentemente sencilla, de Buzzatti, se eleve a un notable nivel de sensibilidad. Porque, a fin de cuentas, de lo que El desierto de los tártaros trata es del paso del tiempo, y del miedo a cómo y en qué se emplee ese tiempo nuestro.

La espera. La interminable espera del enemigo, el enemigo deseado, su llegada soñada por ser la realización del sentido a que la existencia en la fortaleza se ha visto condenada. Esa espera, ese tiempo, sólo puede ser llenado, dotado de sentido, mediante la ritualización típica de la vida militar. Pero la narración de Buzzatti no es un retrato costumbrista de dicha vida militar, o un superficial alegato contra esa forma de vida impuesta, o una denuncia (fácil y obvia, por otra parte) de la misma.

Va mucho más allá: señala la naturaleza absurda de la uniformización, la sutil y constante evaporación de la individualidad, y la mencionada ritualización como refugio desesperado frente al tiempo. Los ejercicios castrenses, los turnos, las disposiciones: hábitos, remedos de vida frente a ese desierto vacío, mudo, amenazante. La división destinada en la fortaleza, esa colectividad, parece transformarse, poco a poco, por decirlo en una expresión tópica, «en un solo hombre», un animal acorralado que necesita de esas tareas para no entumecerse, para estar siempre preparado frente al posible ataque. Ataque soñado por ser, como decíamos, la realización de una vida, del cometido que a esos hombres les ha sido otorgado.

El paso del tiempo es representado a través de sutiles observaciones. Unas veces, de manera más evidente, con una simple fórmula: «Se pasa una página. Han pasado años». Otras, por la repetición de ciertos ambientes o hechos mínimos, que dotan a la novela de una monotonía cíclica muy bien acordada con la historia, con la vida en la fortaleza Bastiani: el crujido de la madera de los muebles, cada primavera,
como si de esa materia surgiese, todavía, el recuerdo de una añorada vida anterior. Ese rebrotar tímido de la materia evoca, a su modo, el mismo tipo de añoranza que Drogo siente.

Esa espera se realiza ante ese desierto, provocando en Drogo, poco a poco, la obsesión, la completa y continuada disposición de su existencia frente a ese enemigo invisible. El propósito simbólico de la novela dispone a ésta a la manera de un escenario existencial: Drogo, Ortiz, Angustina, Monti, los soldados y oficiales de la fortaleza Bastiani componen un catálogo de conductas y comportamientos ante la
situación en la que se encuentran. En este sentido, la novela es deudora de un determinado momento histórico o, por mejor decir, de una cierta sensibilidad que comparte con muchos autores de su generación, o algo posteriores. Así, El desierto de los tártaros puede recordar, en sus escenarios, en su tono, en sus preocupaciones, a narraciones como las de Giorgio Manganelli (La ciénaga definitiva), o al Julien Gracq
de Los ojos del bosque o El mar de las Sirtes. Sin embargo, como decíamos, la narración de Buzzatti es aparentemente muy sencilla: no es tan abstracto, tan desapegado a lo concreto como el escritor milanés, ni tan distante y meticuloso como el francés. El desierto de los tártaros es un libro verdaderamente accesible, aunque esté, al mismo tiempo, penetrado de densos significados simbólicos. Un clásico.

(Nota: la editorial Gadir acaba de publicar una nueva traducción de esta obra)

4 comentarios
  1. Vicente dijo:

    S. Si no pongo nada, es porque es mo. Por qu?

  2. Vicente dijo:

    Hombre, pues gracias.

    A todo esto, espero una respuesta tuya en tu post “Ciencias contra letras II”.

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