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“Adiós, clase media, adiós”.

Mayo 31, 2009 · 12 comentarios

Un artículo en la línea apocalíptica “que-viene-la-crisis-cierren-filas” inaugurada por El País hace unos meses, y que ha dado soberbias muestras como aquel reportaje que presentaba a Islandia como un futuro paisaje de Mad Max, en una pavorosa acumulación de síntomas, todos colocados al mismo nivel: préstamos del FMI, familias en bancarrota, y lo peor de todo: ¡la Orquesta Nacional sin poder hacer una gira por Asia!

(Debo este ‘insight’ a mi hermana Pepa, que tranquilizó mis nervios – “¡Islandia financiada por el FMI! ¡Perros y gatos durmiendo juntos!: ¡vamos a morir todos!” cuando le envié aquel reportaje)

La nueva “clase emergente” parecen ser los “mileuristas”: ¡hay libros sobre ellos, y hasta una película! De hecho, en el artículo no se utiliza el término “emergente”, sino “dominante”. Nada menos. “Hasta los políticos comienzan a mirar hacia ellos”. ¡Hasta los políticos! Acabáramos. “Dominantes”, ¿de qué? cabría preguntarse. ¿Con respecto a quién?

El País nos ofrece otras exclusivas: “Incluso en el periodo de mayor bonanza económica los sueldos cayeron”. Menos mal que los periodistas están siempre alerta, preparados para informarnos en todo momento (aunque ese momento sea el de hace diez años, cuando algunos “idealistas” ya habían empezado a alertar de esos pequeños detalles).

Y otra más:

“La marcada frontera que separaba la clase media de la exclusión y de los pobres se está derrumbando a golpes de pica como lo hizo el muro de Berlín, y algunos se preguntan si tal vez la caída del telón de acero no haya marcado el inicio del fin de conquistas sociales y laborales que costaron siglos (y tanta sangre), una vez que el capitalismo se encontró de repente sin enemigo”.

Aun con todo, el artículo resulta interesante como síntoma, y ofrece un par de reflexiones útiles, de la mano del periodista Massimo Gaggi y del economista Eduardo Narduzzi, autores de El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste (Lengua de Trapo):

“Nosotros hablábamos de la aparición de una clase de la masa, es decir, de una dimensión social sin clasificación que de hecho contiene todas las categorías, con excepción de los pobres, que están excluidos, y de los nuevos aristócratas. La clase media era la accionista de financiación del Estado de bienestar, y su desaparición implica la crisis del welfare state, porque la clase de la masa ya no tiene interés en permitir impuestos elevados como contrapartida política que hay que conceder a la clase obrera, que también se ha visto en buena parte absorbida por la clase de la masa. La sociedad que surge es menos estable y, como denunciábamos, potencialmente más atraída por las alarmas políticas reaccionarias capaces de intercambiar mayor bienestar por menos democracia. También es una sociedad sin una clara identidad de valores compartidos, por lo tanto, es oportunista, consumista y sin proyectos a largo plazo”.

Una descripción algo simple, entiendo: resulta muy fácil crear una macrocategoría como “clase de la masa” y meter a todo el mundo ahí. Pero sí señala la polarización que la acentuación de las desigualdades va a traer. Una polarización hacia la que la izquierda debe estar atenta. Lejos de representar una oportunidad política, esta crisis puede desembocar en un rebrote de la extrema derecha.

Sin embargo, el artículo nos tranquiliza inmediatamente respecto al surgimiento de movimientos políticos e “ideologías”:

“Puede que no sea muy romántico advertir de que, tampoco esta vez, seremos testigos de una revolución, pero es muy probable que la caída del bienestar se acepte con resignación, sin grandes algaradas, ante la indiferencia del poder político, que llevará sus pasos hacia la política-espectáculo, muy en la línea de algunas apariciones de Silvio Berlusconi o Nicolas Sarkozy, cuya vida social tiene más protagonismo en los medios de comunicación que las medidas que adoptan como responsables de Gobierno”.

¿Es un lamento? ¿Es una constatación? ¿O es un resoplido de alivio? “Política-espectáculo”. Eso tenía otros nombres: Benjamin lo llamó “estetización de la política”. Y hay otro término, relacionado con el anterior: fascismo.

En algunos de sus tramos, el artículo sí ofrece, al menos, algunos datos no por conocidos o esperables menos ilustrativos:

“El declive de la clase media se extiende por todo el mundo desarrollado. En Alemania, por ejemplo, un informe de McKinsey publicado en mayo del año pasado, cuando lo peor de la crisis estaba aún por llegar, revelaba que la clase media -definida por todos aquellos que ganan entre el 70% y el 150% de la media de ingresos del país- había pasado de representar el 62% de la población en 2000 al 54%, y estimaba que para 2020 estaría muy por debajo del 50%.
En Francia, donde los mileuristas se denominan babylosers (bebés perdedores), el paro entre los licenciados universitarios ha pasado del 6% en 1973 al 30% actual. Y les separa un abismo salarial respecto a la generación de Mayo del 68, la que hizo la revolución: los jóvenes trabajadores que tiraban adoquines y contaban entonces con 30 años o menos sólo ganaban un 14% menos que sus compañeros de 50 años; ahora, la diferencia es del 40%. En Grecia, los mileuristas están aún peor, ya que su poder adquisitivo sólo alcanza para que les llamen “la generación de los 700 euros”.
En Estados Unidos, el fenómeno se asocia metafóricamente a Wal-Mart, la mayor cadena de distribución comercial del mundo, que da empleo a 1,3 millones de personas, aplicando una política de bajos precios a costa de salarios ínfimos – la hora se paga un 65% por debajo de la media del país -, sin apenas beneficios sociales y con importaciones masivas de productos extranjeros baratos procedentes de mercados emergentes, que están hundiendo la industria nacional. La walmartización de Estados Unidos ha sido denunciada en la anterior campaña presidencial tanto por los demócratas como por los republicanos”.

Y está, claro, el caso español:

“Uno de los datos más reveladores se encuentra en la Encuesta de Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística (INE), un informe cuatrienal pero que desnuda la realidad sociolaboral como ninguna otra. Según la misma, el sueldo medio en España en 2006 (última vez que se realizó) era de 19.680 euros al año. Cuatro años antes, en 2002, era de 19.802 euros. Es decir, que en el periodo de mayor bonanza de la economía española, los sueldos no sólo no crecieron, sino que cayeron, más aún si se tiene en cuenta la inflación”.
(…)
En España, la Encuesta de Condiciones de Vida, realizada en 2007 por el INE, señalaba que casi 20 de cada 100 personas estaban por debajo del umbral de la pobreza. El último informe FOESSA sobre exclusión y desarrollo social en España, de Cáritas, resaltaba que hay un 12,2% de hogares “pobres integrados”, esto es, sectores integrados socialmente pero con ingresos insuficientes y con alto riesgo de engrosar las listas de la exclusión. Su futuro es más incierto que nunca, y muchos hablan de un lento proceso de desintegración del actual Estado de bienestar.
(…)
En España hay un dato aún más revelador del vértigo que siente la clase media cuando se asoma al abismo de inseguridad que le ofrece esta nueva etapa del capitalismo. El número de familias que tiene a todos sus miembros en paro ha sobrepasado el millón. Y peor aún, la tasa de paro de la persona de referencia del hogar -la que aporta más fondos y tiene el trabajo más estable- está ya en el 14,5%, muy similar a la del cónyuge o pareja (14,4%), cuyo sueldo se toma como un ingreso extra, mientras que la de los hijos se ha disparado cinco puntos en el primer trimestre y está en el 26,8%”.

El autor del reportaje, inmerso en la supuesta “objetividad periodística”, no puede por supuesto terminar de atar los cabos de esta situación. Y no es culpa suya. Supongo que en el otrora “diario independiente de la mañana” se recibiría mal la caida en un tendencioso señalamiento de la conexión existente entre los datos económicos (el sistema económico como fatalidad, encarnación posmoderna de la Providencia divina) y las formas políticas (decisiones – o inhibiciones, más bien – de los gobiernos elegidos democráticamente) que han llevado a esta situación.

De hecho, el autor sí llega a mencionar esa cuestión:

“Los sueldos se han desplomado pese a la prosperidad económica e independientemente del signo político del partido en el poder en los últimos años (desde 1995 han gobernado sucesivamente PSOE, PP y nuevamente PSOE). La riqueza creada en todos esos años ha ido a incrementar principalmente las llamadas rentas del capital”.

He empezado el post con bastante sarcasmo hacia el artículo. Pero ahora me doy cuenta de que quizás lo que haya allí sea en realidad un periodista luchando con el Libro de Estilo de su periódico, cuyas  últimas ediciones tal vez ya no permitan esa anticuada grosería que consistía en intentar explicar las relaciones causales entre diferentes fenómenos. El periodismo político y económico parece tomar como modelo, cada día más, a Iker Jiménez: “Nosotros sólo presentamos hechos. Después, que sea el espectador el que extraiga sus propias conclusiones”. Se suele contar aquello de la frecuente sustitución en la prensa de términos como “capitalismo” por “la economía”. Pero otros mecanismos van más allá: la omisión de las explicaciones es un arma ideológica poderosísima.

Me diréis que, por supuesto, no corresponde al periodista elaborar tal explicación. Para eso están los “expertos” (se cita a varios a lo largo del reportaje). Significativamente, no hay ninguno que aborde del todo esa conexión política. Tampoco es culpa del autor: tira de las novedades editoriales, los libros a mano. Lógico. Pero lo que quiero señalar es cómo se construye esa “lógica”. Y sugerir otra discusión, más allá de este artículo particular: ¿cuál es el papel del periodismo en este contexto de crisis? ¿Está la prensa haciendo realmente su trabajo? ¿En qué consiste exactamente su trabajo?

Este artículo de Ramón Muñoz ofrece al menos algunos datos. Nos corresponde a los lectores, efectivamente,  terminar de hacer ese trabajo. Hacer esa conexión. Y pensar sobre ella.

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Democracia.

Mayo 15, 2009 · 11 comentarios

Los mayores suelen contar aquello de la programación “casual” de espectaculares eventos deportivos y folclóricos alrededor del Primero de Mayo.Ya se sabe: un Madrid-Barça, una corrida de toros con cartel de renombre. El franquismo tenía esas cosas. Todo con tal de ahuyentar los fantasmas de una posible protesta.

Parece que nos gusta volver a los viejos tiempos. El martes por la noche fue la final de la copa del rey (sí, con minúsculas, y sin himno, por supuesto). Mientras la población asistía al triunfo del Barcelona, el Gobierno pedía al Tribunal Supremo la ilegalización de la candidatura Iniciativa Internacionalista – La Solidaridad de los Pueblos.

“La Democracia”, así como tal, con mayúsculas, no existe. Es una de esas palabras grandes, enormes, de las que gustan los políticos, las modelos y otros practicantes del idealismo filosófico. La democracia, con minúsculas, la que existe, es una cosa que se hace, se trabaja, se ejerce cada día. Es un concepto gradual, cuya medida sube y baja en función de la actuación de un estado, y de las personas que viven en él.

Partiendo de ahí, pueden darse muchos casos en que la “democracia” se ve reducida.

A. En ocasiones, en algunos lugares, unos grupos de personas limitan el grado de democracia existente en un lugar concreto, mediante amenazas, asesinatos, secuestros, atentados.

B. En otras ocasiones, es el estado el que limita el grado de democracia, a través de leyes, imposiciones, presiones, tratos de favor a una clase o grupo social (cabe preguntarse si esto último ocurre sólo en algunas ocasiones,  y no todo el tiempo).

No pretendo poner unas acciones al mismo nivel de otras. Entiendo la diferente legitimidad de unas y de otras (inexistente, en el caso A; cuestionable, pero al menos legitimada -si bien habría que discutir en qué consiste esa legitimidad, con qué medios (desiguales) se forma, etc-  en el caso B).

No hace falta decirlo, pero como parece que hoy en día hay que explicar lo obvio, lo haré: no pensaba votar a Iniciativa Internacionalista. Por muchas razones: me parece que representan algunos de los aspectos más rancios de la izquierda en España, y no estoy de acuerdo con ese énfasis en los “Pueblos”, categoría política, en mi opinión, sumamente problemática. Pero defender esas ideas, obviamente, no es un delito. Y decir tonterías, como ha hecho Sastre muchas veces, tampoco. Se puede ser uno de los dos dramaturgos españoles más importantes de la segunda mitad del siglo XX y decir tonterías. Es algo perfectamente compatible. Mucha gente, algunos con sueldos públicos, y carteras ministeriales, dice tonterías constantemente. Y no se les detiene por ello, ni se les impide presentarse a unas elecciones. Ya lo creo que no. Algunos hasta las ganan.

Os recomiendo que le echeis un vistazo al texto presentado por la Abogacía del Estado (esta puesto al margen de la noticia de Público que he enlazado). Este semestre me ha tocado dar la clase de composición, y me he cansado de insistirles a los estudiantes sobre la importancia de argumentar bien. Esto es, con argumentos, con explicaciones claras y razones. Veo que estaba equivocado. Debo de estar enseñándoles un español anticuado: en España se puede ser abogado del estado y llenar 111 páginas con terribles delitos como asistir a manifestaciones o escribir artículos.

Entre los “terroristas” se encuentran Carlo Frabetti, Ángeles Maestro o Alicia Hermida (actriz que aparece en la peligrosa serie subversiva Cuéntame).

Hoy España es menos democracia. O si se prefiere, en el estado español existe menos democracia.

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Utópico

Noviembre 12, 2008 · Dejar un comentario

“Una falsa edición de ‘The New York Times’ anuncia en su portada el final de la guerra de Irak”

“Una utópica primera página”, “esta utópica y liberal edición”… lo de liberal supongo que es un anglicismo (ideológicamente cargado, por otro lado) procedente de Reuters, fuente de la noticia. A lo de “utópica”, pues, sinceramente, no sé qué responder: anuncia, entre otras cosas, el final de la guerra de Irak, que los cascos azules se ocuparán del asunto, el cierre de Guantánamo, la creación de seguridad social pública en EEUU, carriles bici en las ciudades…y, ah, sí, el procesamiento de George W. Bush por alta traición.

Delirios, claro.

Pero sí tengo una respuesta. La que dió, hace ya muchos años, el viejo Bert:

“Si usted me dice que esto es imposible, le ruego que piense en por qué es imposible” (Bertolt Brecht)

El periódico utópico, aquí.

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La agonía de Izquierda Unida

Agosto 26, 2008 · 1 comentario

Seguimos recogiendo artículos sobre la situación de Izquierda Unida. Hoy, en Público, Juan Manuel Aragües firmaba esta reflexión que reproducimos más abajo.

Por otra parte, recomendamos visitar esta completa guía de lecturas sobre el tema.

La agonía de Izquierda Unida

Público 26 Agosto 2008

JUAN MANUEL ARAGÜES ESTRAGUÉS

Quedan lejanos los tiempos en los que una incipiente Izquierda Unida comenzaba un caminar lento pero firme en la política española. Ya casi no se recuerdan aquellos momentos en que decir Izquierda Unida era sinónimo de ilusión, de frescura, de algo diferente que venía a abrir la esperanza obturada por las políticas del PSOE. Todo aquello se truncó como se truncan estas cosas: a través de la lucha política.

La potencia política de IU comenzó a resultar peligrosa –no hay más que recordar los editoriales del ABC de la época– pues podía convertirse en piedra de toque de la política española, papel que en la Transición se había reservado a la, valga el pleonasmo para entendernos, derecha nacionalista. Era necesario acabar con IU. Y muchos se aplicaron a la tarea. La campaña de descrédito realizada desde numerosos medios de comunicación fue brutal, especialmente contra Julio Anguita. En algún editorial de prensa presuntamente progresista, se le llegó a calificar, a un mismo tiempo, de estalinista y de cursi, y se describía, con los tonos más dramáticos, los conflictos internos. Quienes asistíamos a las reuniones internas pensábamos haber asistido a reuniones diferentes a las que se describían en los medios. A ello se unió el eficaz trabajo de erosión interna desempeñado por un grupo de militantes, agrupados bajo la denominación de Nueva Izquierda, cuyos dirigentes posteriormente han visto recompensado su trabajo con cargos de alta responsabilidad
en el Estado o en el PSOE.

Si a todo esto unimos los evidentes errores de gestión que cometimos en aquellos años, las dificultades de un proyecto como IU, que pretendía una experiencia política de nuevo cuño basada en la elaboración programática colectiva y que quería dar cabida en su seno a muy diferentes tradiciones políticas y sociales, y la adversa coyuntura internacional, puede decirse que Gaspar Llamazares recibió una organización profundamente tocada y que quien suceda a Gaspar en la próxima asamblea recibirá, ya, una organización agonizante.

Izquierda Unida se muere. Sólo un milagro, bajo forma de una decidida acción política unitaria de quienes formamos parte de la misma, puede evitar el desenlace. Izquierda Unida se muere, pero su cura, paradójicamente, podría resultar sencilla. Muchas veces, los árboles no dejan ver el bosque. Izquierda Unida surgió sobre una base unitaria: un programa político común. Esa era la clave de bóveda o el pedestal que debía servir de mínimo común denominador de la organización en su praxis. Un programa de mínimos que permitiera encontrarse a comunistas, socialistas, libertarios, feministas, ecologistas y los muchos istas que surcaban IU (quiero dejar claro que excluyo intencionadamente un ismo, el nacionalismo, pues creo que una organización federal e internacionalista no puede nutrirse de ese ismo, no puede dar carta de naturaleza de izquierda a un nacionalismo cuyas derivas fascistas, en el caso del País Vasco, son un hecho). Programa de mínimos, efectivamente, pero que trasladado a la política cotidiana se convertiría en un programa de máximos. Quiero decir que la aplicación de ese programa de mínimos a la política española ya supondría de por sí una revolución.

¿Qué parte de ese programa de mínimos hemos conseguido que se desarrollara? Apenas nada, dada nuestra escasa influencia. Es decir, que lo que debería ser nuestra seña de identidad, actualizado y vuelto a hacer colectivo, continúa teniendo vigencia, y podría convertirse de nuevo en factor de unificación interna. Sin embargo, la perniciosa dinámica que arrastra a la organización desde hace años ha viciado hasta tal punto el ambiente que da la impresión de que sólo quienes lanzamos con cariño y desasosiego, desde los aledaños de IU, la mirada hacia dentro percibimos las posibles soluciones. Dentro se continúa esa perversa danza de sectores en la que los peones van saltando, unos más que otros, de posición en posición en función de intereses que poco parecen tener que ver con lo que pretende el proyecto de IU.

En estos momentos, IU no está inmersa en una lucha política, sino en una descarnada lucha de poder. Ciertamente, puede haber matices en las políticas o en algo tan sensible en IU como la política de alianzas, pero las diferencias no justifican el grado de enfrentamiento. Parece, precisamente, que esa política de alianzas esté en la base de posiciones irreconciliables. Sin embargo, quienes han dirigido la organización en esta legislatura desde posiciones de confluencia con el PSOE fueron, en otro tiempo, opositores encarnizados al PSOE; del mismo modo, quienes aborrecen esa política de cercanía han defendido candidaturas conjuntas al Senado…

IU se muere. Es preciso aplicarle una terapia programática, darle la medicina que ella misma ha recomendado como medio de regeneración de la política. Y para su aplicación es preciso una política de alianzas en la que lo táctico, lo inmediato, no desvirtúe el proyecto, la estrategia, pero, al mismo tiempo, en que la estrategia no imposibilite la influencia de IU en la política cotidiana. Es evidente que IU no puede aspirar a ser hegemónica en estos momentos y que su única opción es influir en los diferentes niveles de gobierno para propiciar políticas de izquierda. No se trata de renunciar a los contenidos políticos fundamentales de IU, sino de actuar con el suficiente pragmatismo como para influir, sin perder nuestro carácter alternativo. Lo podríamos calificar de realismo utópico o utopismo realista; es decir, intervenir en el ahora sin perder la mirada de futuro. No digo que sea fácil, pero es la opción que se debe trabajar para no diluirnos en el PSOE con una política de subalternidad y para no perder la ocasión de influir en la política cotidiana. La política es hija de las coyunturas e IU debe hacerse, de una vez, mayor y no temer dejar de ser quien es por tácticas políticas concretas. Pero ¿de qué hablo, si nos estamos muriendo?

JUAN MANUEL ARAGÜES ESTRAGUÉS es ex secretario General del Partido Comunista de Aragón


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“Sí, sí se va”

Agosto 15, 2008 · 1 comentario

Ocurrió hace unos días. Lo pongo aquí para que cada uno extraiga sus conclusiones. El pasado 25 de julio, el profesor de Filosofía de la UAM Carlos Fernández Liria fue expulsado de un debate en el programa la Ventana de la cadena SER sobre la visita de Hugo Chávez a España.

Aquí, fragmentos de la intervención de Fernández Liria.

El debate completo, aquí.

Después del suceso, Fernández Liria escribió un artículo en Público explicando la base de su argumentación.

Al margen del abrupto final de la intervención de Liria, resulta significativo que el debate esté centrado desde el principio en “la figura de Hugo Chávez”. Después, sin embargo, la periodista se escandaliza por las “alusiones personales” que Fernández Liria se supone que lanza contra el grupo PRISA.

Este no es el primer enfrentamiento de Fernández Liria con la prensa española por Venezuela (o “Chávez”, claro). Recordemos “La MUERTE de RCTV”, el melodrama-debate de la siempre vanguardista Antena 3 con motivo de la no renovación de la licencia de emisión de la cadena venezolana. Os pongo mis momentos favoritos: el comienzo y el final.

Presentación del debate

Presentación de Carlos Fernández Liria

Gran final (Ese zoom, sobre todo ese zoom. Ese rostro girado a la cámara y la decisión del realizador de enfocarlo. Eso es ideología).

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Slavoj Zizek: Los europeos quieren más Europa

Julio 8, 2008 · Dejar un comentario

Artículo de Slavoj Zizek hoy en El País.

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Los europeos quieren más Europa

SLAVOJ ZIZEK 08/07/2008

Hay momentos en los que uno encuentra tan embarazosas las declaraciones públicas de los líderes políticos de su país que se avergüenza de ser ciudadano de él. Es lo que me sucedió al conocer la reacción del ministro esloveno de Asuntos Exteriores el viernes 13 de junio, después de que los irlandeses hubiesen votado no en el referéndum sobre el Tratado de Lisboa. Afirmó sin reparos que la unificación europea es demasiado importante para dejarla en manos de la gente (corriente) y sus referendos. La clase dirigente tiene más visión de futuro y sabe más, y, si siempre siguiéramos a la mayoría, nunca conseguiríamos grandes transformaciones ni haríamos realidad visiones genuinas… Esta obscena exhibición de arrogancia tuvo su cénit en la siguiente frase: “Si hubiéramos tenido que esperar, por ejemplo, a algún tipo de iniciativa popular, seguramente los franceses y los alemanes seguirían mirándose hoy a través de las miras de sus fusiles”.

Hay cierta lógica en el hecho de que fuera un diplomático de un país pequeño el que lo dijera; los líderes de las grandes potencias no pueden permitirse el lujo de mostrar abiertamente el cinismo de los argumentos en los que se basan sus decisiones, y sólo las voces ignoradas de los países pequeños pueden hacerlo con impunidad. ¿Cuál fue su razonamiento en este caso?

El no irlandés es una repetición del no francés y holandés de 2005 al proyecto de Constitución Europea. Se han ofrecido muchas interpretaciones del voto irlandés, algunas de ellas incluso contradictorias: fue una explosión de nacionalismo estrecho y de temor a la globalización, encarnada por Estados Unidos; Estados Unidos está detrás del no porque teme la competencia de una Europa unida y prefiere tratar de forma bilateral con unos socios débiles… Sin embargo, esas interpretaciones ad hoc no tienen en cuenta una cosa más importante: este nuevo rechazo quiere decir que no nos encontramos ante una casualidad, un simple fallo, sino ante una insatisfacción que viene de atrás, que persiste desde hace años.

Ahora, tres semanas después, podemos ver dónde está el verdadero problema: mucho más siniestra que el propio no es la reacción de la élite política europea. No ha aprendido nada del no de 2005, no se ha enterado. En una reunión de dirigentes de la UE celebrada el 19 de junio en Bruselas, después de mencionar, para cubrir las apariencias, el deber de “respetar” las decisiones de los votantes, se apresuraron a enseñar su verdadero rostro y a hablar del Gobierno irlandés como de un mal maestro que no había sabido controlar ni educar como era debido a sus alumnos retrasados. Dijeron que le daban una segunda oportunidad: cuatro meses más para que corrigiese su error y volviera a meter en cintura a los votantes.

A los votantes irlandeses no se les había presentado una elección simétrica, porque los propios términos del referéndum daban preferencia al sí. Las autoridades propusieron a la gente una opción que, en la práctica, no era tal, sino que consistía en ratificar lo inevitable, el resultado de la experiencia ilustrada. Los medios y la élite política plantearon el referéndum como una elección entre el conocimiento y la ignorancia, entre la experiencia y la ideología, entre la administración post-política y las viejas pasiones políticas. Sin embargo, el mismo hecho de que no hubiera una visión política alternativa y coherente que sirviera de base al no constituye la mayor condena posible de la élite política y mediática, una prueba de su incapacidad de expresar, de traducir en visión política, los anhelos e insatisfacciones de la población.

En otras palabras, este referéndum tuvo algo peculiar: su resultado fue al mismo tiempo el que se esperaba y una sorpresa, como si uno supiera lo que va a ocurrir pero, en cierto modo, no puede creer verdaderamente que ocurra. Esta discrepancia refleja una división mucho más peligrosa entre los votantes: la mayoría (de la minoría que se molestó en ir a votar) se manifestó en contra del tratado a pesar de que todos los partidos parlamentarios (con la excepción de Sinn Fein) estaban decididamente a favor.

Lo mismo está sucediendo en otros países, como el vecino Reino Unido, donde, justo antes de ganar las últimas elecciones, Tony Blair fue escogido por una gran mayoría como la persona más odiada del país. Esta divergencia entre la elección política explícita que hace un votante y su insatisfacción íntima debería hacer sonar la señal de alarma: significa que la democracia de partidos no logra captar el humor de la población, el hecho de que se va acumulando un vago resentimiento que, sin una debida expresión democrática, no puede más que desembocar en oscuros estallidos “irracionales”. Cuando los referendos transmiten un mensaje que contradice directamente el mensaje de las elecciones, nos encontramos con un votante dividido que, por ejemplo (cree que), sabe muy bien que la política de Tony Blair es la única razonable pero, aun así… (no le puede ni ver).

La peor respuesta es despreciar esa resistencia como simple expresión de la estupidez provinciana de los votantes normales, que no necesita más que mejor comunicación y explicación. Y eso nos remite de nuevo al desafortunado ministro de Exteriores esloveno. No sólo su frase se basa en unos datos que no son ciertos -los grandes conflictos francoalemanes no estallaron debido a las pasiones de la gente corriente, sino que fueron resultado de las decisiones de las clases dirigentes a espaldas de la gente normal-, sino que además se equivoca sobre el papel de esas clases dirigentes: en una democracia, su función no es sólo gobernar, sino convencer a la mayoría de que lo que están haciendo es lo apropiado, hacer que la gente pueda reconocer en la política de su Estado sus más íntimas aspiraciones de justicia, bienestar, etcétera. La apuesta de la democracia es que, como dijo Lincoln hace mucho tiempo, no es posible engañar a todo el mundo todo el tiempo. Es verdad que Hitler llegó al poder de forma democrática (aunque no del todo), pero, a largo plazo, a pesar de todas las oscilaciones y confusiones, hay que confiar en la mayoría. Esa apuesta es la que mantiene la democracia viva; si renunciamos a ella, ya no estamos hablando de democracia.

Y es en ese aspecto en el que los dirigentes europeos lo están haciendo rematadamente mal. Si verdaderamente estuvieran dispuestos a “respetar” la decisión de los votantes, tendrían que aceptar el mensaje de la persistente desconfianza del pueblo: el proyecto de unidad europea, tal como está formulado hoy, tiene defectos fundamentales. Lo que perciben los votantes es la falta de una auténtica visión política bajo la trampilla de los expertos; su mensaje no es antieuropeo, sino una exigencia de más Europa. El no irlandés es una invitación a entablar un debate auténticamente político sobre el tipo de Europa que deseamos.

En los últimos años de su vida, Freud hizo la famosa pregunta Was will das Weib?, “¿Qué quiere la mujer?”, con la que reconocía su perplejidad ante el enigma de la sexualidad femenina. ¿No creen que el embrollo de la Constitución Europea es prueba de esa misma confusión? ¿Qué quiere Europa? ¿Qué Europa queremos?

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La izquierda española: ¿un final o un principio?

Abril 1, 2008 · 2 comentarios

Nuevo artículo de Juan Ramón Capella en Mientras Tanto.

Sólo una nota: en los últimos años estamos asistiendo al nacimiento de nuevos partidos. En España, Ciutadans o UPD, en Alemania die Linke de Oskar Lafontaine, etc. Al margen de las intenciones y objetivos que guían la fundación de esos partidos (ansias de liderazgo, contenidos políticos no del todo definidos), creo que indican que algo se está moviendo por debajo de los sistemas políticos europeos.

Además de esta constatación, más importante es el hecho de que estamos ante un complicado panorama económico que sin duda va a producir numerosas tensiones y problemas en los próximos tiempos. Por último está la situación a nivel estatal en España. La izquierda debe plantar cara, política e intelectualmente, a esta situación. Los resultados de IU, con ser desastrosos, pueden dar lugar a un proceso de reflexión que debería conducir a la fundación de un partido completamente nuevo, tanto en su proyecto como en sus estructuras.

Capella lo explica mucho mejor. Os dejo con él.

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La izquierda española: ¿un final o un principio?

Por Juan-Ramón Capella

Lo augurado se ha cumplido: Izquierda Unida ha obtenido los peores resultados electorales de su historia.

Todos los implicados en esta crisis se han lanzado a hablar de “renovación profunda”: renovación profunda del PCE, profunda renovación de Izquierda Unida. También, según noticias, en algunos ambientes, a darse palos los unos a los otros. Una profunda renovación.

Estas líneas se sitúan en otra perspectiva: esos resultados electorales significan “el final de una historia”.

El final.

Y la pregunta es si la izquierda social real de este país está en condiciones, ahora, de “iniciar una historia nueva”. No de renovar, o tratar de mejorar, sino de empezar de nuevo y de otra manera, construyendo otra cultura y otra práctica políticas, capaces de poner en actividad a todo el “pueblo de la izquierda” los días de cada día y no sólo en las citas electorales.

Final de una historia

Los lectores disponen sin duda de un manojo de explicaciones acerca de los resultados electorales de IU: desde la ley electoral —concebida desde el principio contra nosotros, pero que ha funcionado siempre— hasta el llamado “voto útil”, una consecuencia, en el fondo, de la ley electoral y del temor al PP. Explicaciones que toman en consideración desde las divisiones internas de IU hasta las prácticas políticas de este partido: el seguidismo al Psoe de Llamazares; o las inconsistencias: el Tripartito catalán, donde IC detenta el ministerio de la represión y la ejerce; o la participación en el Gobierno Vasco.

Pero todas estas explicaciones, pese a ser significativas, eluden las cuestiones de fondo principales: ¿por qué muchos trabajadores y gentes de izquierda votan enajenadamente por el PP? ¿Por qué muchos, muchos, votan al Psoe? ¿Por qué los sindicatos están a partir piñón con el gobierno central —campeón de la política neoliberal— o con los diversos gobiernos autonómicos? Ciertamente, preguntas como éstas no sirven para explicar por qué se han perdido posiciones: sirven para plantear el problema de la pérdida de influencia electoral y sobre todo social de la izquierda en los últimos veinte años e incluso antes.

Pues no se trata de preguntarse por qué los resultados electorales son tan malos, sino de preguntarse por qué no funcionan las instituciones políticas de la izquierda real de este país.

***

Este análisis no se puede hacer en una breve nota sobre lo más urgente. Para una explicación aclaratoria de la debilidad política de las instituciones de la izquierda en España habría que remontarse, en mi opinión, bastante lejos. Al menos, a la catastrófica gestión de Santiago Carrillo y su equipo durante la transición, cuando el PCE renunció a diferenciarse programáticamente del Psoe, se tragó sin más la monarquía y la bandera de Franco, proclamó la honorabilidad de los militares insurrectos, y cedió conquistas de los trabajadores en los Pactos de la Moncloa. Este pragmático cinismo, capaz de traicionar cualquier ideal colectivo, liquidó en poco tiempo el prestigio que el partido había conquistado en la resistencia antifranquista y desmoralizó a muchísimos de sus militantes.

Sobre esta base del oportunismo de la dirección del PCE les resultó fácil a los medios de masas del gobierno y del empresariado la “construcción de la identidad socialista” ubicándola en el Psoe, cuya contribución colectiva a la lucha antifranquista se puede calificar piadosamente de microscópica. Y mediocridades como Felipe González, Alfonso Guerra, Miguel Boyer, Joan Reventós, Javier Solana y tantos otros que me callo fueron presentados como oráculos por los medios de masas afines al empresariado y al Departamento de Estado norteamericano (o sea: todos de acuerdo en eso).

Es obvio que en un período de tiempo muy breve, y que coincide con los años centrales de la transición, el PCE, el partido hegemónico entre los demócratas españoles, su vanguardia y su máquina de pensamiento, su principal formación, pasa a ser un partido político secundario en la vida política, y a perder una a una las cualidades que le habían llevado a la hegemonía, las principales de las cuales eran su capacidad de producción de pensamiento político y sobre todo, por encima de todo, su práctica militante.

Una discusión seria de lo que le ocurre hoy a la izquierda debe tomar en consideración los errores cometidos.

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Con el final de la transición, esto es, con la nueva derrota significada por la entrada de España en la OTAN; con el Psoe de Felipe González en el Gobierno —el gobierno más corrupto que ha conocido la monarquía parlamentaria—; con el cambio a las políticas neoliberales puras y duras que la izquierda social no tuvo siquiera la capacidad de modular, el PCE dirigido por G. Iglesias tuvo el acierto de crear Izquierda Unida.

La creación de IU significó inicialmente un paso positivo en la recuperación de la Izquierda Social. Con la experiencia de Julio Anguita y Convocatoria por Andalucía pudo parecer que esta formación, abierta a grupos y personas no identificados con el partido comunista, se realizaba la renovación política que necesitaban las instituciones de la izquierda de este país, y que se materializaba un modo distinto de hacer política.

Hay que decir, sin embargo, que el PCE, que puso todo su empeño en fundar e impulsar Izquierda Unida, lo hizo “con red”, por decirlo así: no quiso contemplar su propia disolución en el seno de la nueva organización.

Y ésta tuvo que funcionar en medio de un marjal de cocodrilos: infiltrados del Psoe o afines a este partido en puestos incluso directivos; durísimo enfrentamiento con el gobierno a propósito de políticas inadmisibles como la guerra sucia de los Gal, y, naturalmente, la hostilidad de la prensa, siempre con el empresariado, siempre con el Psoe, o los nacionalismos, o con la derecha: siempre negándole a la izquierda social un lugar al sol en la construcción de la política de este país. Mientras tanto, políticos nacionalistas y de clase media se hacían con el control de parcelas de la izquierda, como el Psuc, para desactivarlas y presentarse como equipos compatibles con el sistema.

Otras cosas cambiaban, entretanto, y no sólo condicionantes exógenos de primera magnitud. La opción de todos los partidos por la fórmula de los “partidos de cuadros” y el abandono de la idea del “partido de masas” originó una ruptura generacional muy difícil de salvar. Muchas personas han visto en la actividad de las organizaciones no gubernamentales un punto de referencia para la transformación molecular del mundo social, en detrimento de una acción política que sólo ven en su limitado y travestido referente parlamentario y sobre todo en la superficialidad de su versión massmediática.

Por supuesto, estos cuatro apuntes no bastan. Pero señalan que hay que buscar explicaciones de fondo a la crisis específica de la izquierda social en España.

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La cuestión, hoy, es saber si IU y PCE pueden convertir este final de ciclo político en el principio de otra cosa, aliándose con todas las fuerzas e iniciativas sociales, con los grupos de acción disconformes con el sistema y con las personas portadoras del espíritu de rebelión.

No se trata de conseguir una enésima refundación de Izquierda Unida, o de buscar una refundación del PCE. Se trata de suscitar la voluntad política de crear un partido nuevo, abierto a la militancia de masas y no sólo parlamentario, definido no ideológica sino programáticamente —esto es, un partido laico, en el que puedan coincidir personas de diversas ideologías, conformes con un programa democráticamente concebido y estipulado.

Un partido consciente de que la propia forma política del partido —la institución partido— está en crisis, y decidido a experimentar y a tratar de ser un partido de masas de asociados, y no una mera organización de cuadros profesionales de la política (lo que impondrá afrontar desde el principio el problema de la profesionalización temporal en la actividad política).

Nos hallamos ahora en una situación paradójica:

Tenemos a la vez el problema planteado por Gramsci: capitanes sin ejército y ejército sin capitanes. Y lo tenemos, lo subrayo, a la vez.

Hay capitanes que han perdido su ejército. Capitanes como Llamazares, Alcaraz o Frutos, que, cualesquiera que sean sus méritos personales, han sido incapaces de mantener cohesionadas sus fuerzas. Son capitanes sin ejército en el peor sentido de la expresión: no son ellos los dotados de ideas estratégicas y capacidad de atracción para conseguir un “ejército” nuevo. Deben ser rebasados políticamente para que lo nuevo pueda nacer.

(Éste puede parecer un juicio duro, pero es sólo un juicio político, no moral; y por tanto abierto a cambiar según los comportamientos políticos.)

Pero hay también —y esto es lo más importante— un ejército sin capitanes. El de los militantes de tantas organizaciones políticas y sociales —incluida tanta buena gente del PCE y de IU—, por supuesto, pero también la multitud de personas que perciben la gravedad de los problemas para los que el empresariado y su clase política carece de respuesta, y que desean hallar un lugar de inserción en la lucha política.

Ese lugar de inserción no puede ser otro que el de un partido de nuevo cuño que anime comisiones cívicas, estudiantiles, sindicales, locales, en torno a iniciativas ciudadadanas y rurales de todo tipo, sobre los ejes centrales de la problemática social de nuestro tiempo.

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¿Es esto viable? ¿Es sólo un sueño?

La cultura política tradicional del comunismo sin duda verá con reticencia el proyecto de apostar por un gran cambio. No sólo el PCE: también otros grupos políticos menores temerán perder su identidad si apoyan a fondo un proyecto de renovación en profundidad. Porque se trata de eso: de perder una máscara, una personalidad, que ya no sirve, y aprender a construir junto con otros una máscara política nueva.

Por otra parte, siempre la construcción de nuevas identidades en la izquierda —desde la del común antepasado Pablo Iglesias, a la de las formaciones anarquistas, etc.— se han dado en medio de luchas sociales importantes, en momentos en que no podía siquiera imaginarse la apatía sociopolítica que parece caracterizar nuestro presente.

Pero los desafíos que aguardan al “partido orgánico de la izquierda social”, sea cual sea la denominación que encuentre, no son pequeños: tienen que ver ante todo con la precarización del trabajo, con el sistema de pensiones, con el dumping social, con los trabajadores inmigrantes, sus derechos y su incorporación a la lucha de la izquierda social. Hay que hacer frente y echar abajo el crecimiento neoliberal de las desigualdades.

Hay que hacer frente con desobediencia civil, con gran energía, a las políticas del sistema que nos comprometen en actividades bélicas, que violan sus propias leyes, que nos ignoran como personas; hay que hacer frente a aparatos del Estado, como el judicial, que convierten en una burla eso que se suele llamar “administración de justicia”. Hay que transformarlos de raíz.

Hay que afrontar el final de la era del petróleo barato, con la consiguiente militarización del tráfico del petróleo y materias primas; afrontar la pérdida de derechos individuales en beneficio de todo tipo de policías; hay que afrontar el cambio climático y la escasez de agua buscando soluciones razonables y cooperativas.

Hay que afrontar una lógica social que trata de desplazar siempre a mañana los problemas de hoy, agravándolos y haciéndolos inmanejables: los problemas de los residuos, de las incompatibilidades productivas.

Es necesario abordar los necesarios cambios en los modos de vida: la hiperurbanización, las formas de trabajo que incitan al uso creciente del automóvil privado. Hay que abordar el problema creado por la formación de monopolios publicitario-culturales, crear sistemas de enseñanza que al menos permitan aprender… Y también mantener o conseguir conquistas elementales: el derecho de las mujeres al aborto, la curación de las pandemias homofóbica y machista, la conquista del derecho a la eutanasia.

Eso y tantas otras cosas, por no hablar de las lacras que afligen a las poblaciones pobres. Por todo eso, y por la consciencia de que no se trata de problemas imaginarios, puede ser posible hablar de un nuevo partido de la izquierda de este país como de un proyecto, y no sólo como un sueño.

Porque no podemos abandonar todos esos problemas a la gestión de los empresarios y de sus partidos afines, el Psoe, el PP y los nacionalistas de derechas. Porque no podemos limitarnos a incidir marginalmente sobre ellos, ni menos aún podemos mendigar. Por eso es imperativo, aunque parezca hoy difícil, decir adiós a lo viejo y crear entre todos algo nuevo.

Ponte a pensar.

Luego hablamos.

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George Carlin

Marzo 28, 2008 · 1 comentario

Despues de Zizek, seguimos con otro filósofo, o con otro humorista: el gran George Carlin. Hace poco estrenó un especial para la HBO donde, entre otras muchas cosas, hablaba sobre el sistema educativo estadounidense:

Otras reflexiones de Carlin: sobre la salvación del planeta, los desastres naturales, los políticos y las elecciones, las diferencias o la guerra (la del golfo, la primera, aunque con los mismos nombres).

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Cinco años…

Marzo 16, 2008 · 1 comentario

de esta trágica estupidez:

Recuerdo haber leido por aquel entonces este editorial de Le Monde que describía bastante bien el significado de aquel momento para uno de sus protagonistas:

Aznar, el tercero de la foto

Le Monde / PARÍS (29-03-2003)En la foto, sus dos compañeros aparecen serios; él es el único que sonríe (…). La foto oficial, tomada el 16 de marzo en las Azores, en la minicumbre previa a la guerra, fue un simple ejercicio rutinario para Bush y su aliado británico Blair, pero era para José María Aznar el símbolo de la plenitud de su carrera (…).

Aznar ha tenido una ‘intuición política’, confía uno de sus antiguos colaboradores: que después del 11-S ‘van a nacer nuevos equilibrios. Hay que elegir el bando adecuado: el bando americano’ (…).

Convencido de que sólo él sabe dirigir el país, el presidente se vuelve autoritario (…). Despide a los ministros a golpe de teléfono (…). La tragedia del Prestige le aleja de la opinión pública (…). Sorprende organizando una boda principesca para su hija (…). Pasada la euforia de la presidencia europea, se encuentra como ‘líder mediano de un país mediano’. (…) Él aspira a un lugar en el G-8 y desearía una Europa fuerte de la que se ve, hipotéticamente, como presidente. Pero una Europa nueva, sin el pesado fardo del eje franco-alemán. Sus desencuentros con el canciller alemán son notorios, como lo es su irritación con París (…).

Y Aznar ha elegido su bando (…). Sin embargo, ahora que la guerra ha empezado sólo se habla de ingleses y americanos, que son los que están sobre el terreno. ¿Se olvidará la foto de las Azores?

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Hace poco supe a través de Quilombo de esta entrevista al personaje.

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